Autor: Rojas y Ordóñez, Eduardo de (CONDE DE MONTARCO). 
   Las nuevas estructuras agrarias han de basarse en empresas de tipo moderno     
 
 ABC.    10/03/1962.  Página: 62. Páginas: 1. Párrafos: 13. 

ABC. SÁBADO 10 DE MARZO DE 1962. EDICIÓN DE LA MAÑANA. PAG. 62

LAS NUEVAS ESTRUCTURAS AGRARIAS HAN DE BASARSE EN EMPRESAS DE TIPO

MODERNO

En su último número, "Blanco v Negro" publicó el siguiente articulo, que por su interés reproducimos:

El sector agrario—no sólo en España, sino en toda Europa—se ha visto obligado a realizar una

transformación de sus estructuras para lograr un objetivo primordial: ponerse en línea con los sectores

industrial y comercial. Esto representa una verdadera revolución, pues la mentalidad y la estructura

agrarias hablan variado muy poco desde la Edad Media hasta 1950. Podrá parecer una exageración y, sin

embargo, es verdad. Salvo la división de la propiedad, que ha tenido lugar a lo largo de los años, persistía

en el campo el desprecio para todo lo que no fuera cultivar o criar un producto, desentendiéndose de todo

proceso comercial y de lo que pudiera ocurrir en los demás sectores, todo ello dentro del más feroz

individualismo. Esto había de conducir a que la rentabilidad del campo bajase, comparando la

rentabilidad actual con la que esa misma finca tenía hace un cuarto de siglo; pero si la comparación se

establece respecto a las personas que poseían el mismo capital, en dinero, hace veinticinco años, pero

invertido en una industria o comercio, entonces el quebranto de la rentabilidad actual en el hombre del

campo es fabuloso.

Para remediar esta inferioridad del sector agrario cada país arbitró su forma, que sólo podía conducir a un

régimen especial en cada nación europea, muchas veces en contradicción con el de los demás países, pero

con un común denominador: la artificialidad económica de la producción agraria, con el sostenimiento

oneroso que ello ocasionaba a cada Esta-do y la pervivencia de una mentalidad anacrónica, artesanal, del

hombre del campo, junto a la pervivencia de unas estructuras artesanales.

Parecía imposible que esta mentalidad y estas estructuras pudieran transformarse en pocos años,

acortando un proceso que en la industria y en el comercio había teñido lugar a lo largo de medio siglo.

Pero esto que parecía imposible se ha realizado gracias al Mercado Común. El Mercado Común es la obra

de unos cuantos hombres con gran visión política y económica, y también de los grandes empresarios

industriales europeos.

Como es natural, en el sector agrario europeo fueron los empresarios más despiertos, preparados e

importantes, los que se aprendieron primero la lección, y quienes apoyaron la decidida actuación de los

políticos y economistas que han tenido que reñir dura batalla, en Bruselas, el pasado mes de enero.

Porque lo que hubiera podido ser fácil acuerdo lo dificultaba el lastre de la anticuada mentalidad de la

masa campesina.

Sin embargo, el paso está ya dado, y ahora se ve la solución del problema agrario europeo al alcance de la

mano. Pero todo está basado en una radical transformación de las estructuras agrarias. Claro que esta

reforma de estructuras, en los países del Mercado Común, no es la misma que en España pretenden

realizar algunos. Porque la nueva estructura del campo se ha de levantar sobre unas empresas rentables.

Ahora bien, para que una empresa agraria reúna esa condición, es necesario que a su frente figure un

empresario capaz. Lo mismo me da que sea propietario que arrendatario. Lo que ha de ser es un

empresario de cuerpo entero. Y como en España no abundan los hombres de empresa, de ninguna manera

conviene multiplicar hasta el infinito el número de empresas agrarias. Aparte de que la empresa moderna

exige un mayor módulo,que ya no puede ser el artesanal, y por lo tanto, lo que se denominaba pequeña

explotación familiar.

Pero si la reforma de las estructuras agrarias europeas se está haciendo de modo revolucionario, habrá que

enfocar, del mismo modo revolucionario, cuantos problemas estén relacionados con las nuevas

estructuras. El más importante de ellos es el social, y vamos a abordarlo decididamente, pero no con

visión anticuada, a estilo socialista del siglo XIX; vamos a plantearlo con una visión económica, como

manda la segunda mitad del siglo XX, y buscando las perspectivas del futuro.

Para ello hay que darle la vuelta al problema. A ese tremendo problema social del agro español.

Empecemos por dejar bien sentado que su solución radica en el éxito de la expansión económica del

sector agrario nacional, éxito que puede proporcionar una mayor riqueza factible de ser repartida

equitativamente entre todos los que tengan sitio en el sector agrario; ni uno más ni uno menos.

La expansión económica, en el sector agrario, no se lograra repartiendo tierras y creando pequeñas

empresas antieconómicas. El problema social del campo español es demasiado grave para acometerlo de

forma turbia y pensando en éxitos políticos. Tengo dicho hace tiempo, cuando se empezó a hablar de

reforma agraria, que este problema se debía acometer con serenidad, con meditación y con estudio, en un

ambiente propicio para ello, que no era el de la algarabía política, y tratándolo en una asamblea en donde

pocos conocen los fundamentos y la realidad del tema.

He de repetir que la solución del problema social del campo español está en lograr la expansión

económica de las empresas agrarias, lo que habrá de traducirse en una mayor rentabilidad. Pues bien:

partiendo de que sólo deberían existir aquellas empresas agrarias económicamente viables y con

posibilidad de expansión, llegaremos a la consecuencia de que deben ser empresas modernas, capaces de

competir dentro del Mercado Común, y convenientemente mecanizadas, que sólo podrán absorber una

limitada mano de obra, especializada en su mayor parte. De este modo se obtendrá que sobre el sector

agrario sólo vivirán aquellos empresarios, técnicos y obreros que pueden disfrutar de un nivel de vida

semejante al que puedan tener los que trabajan en la industria o el comercio.

Pero inmediatamente se plantea la pregunta: ¿Y qué ocurrirá con los cientos y cientos de miles de

personas que hoy aparecen cansadas en el sector agrario, y han de sobrar en él si se sigue este sistema?

Pues ocurrirá que el problema social que estas personas plantean, al no tener ocupación en el sector

agrario, es un problema nacional que no se puede resolver a base de la renta agraria. Si ahora tienen un

bajísimo nivel de vida, su elevación han de encontrarla entrando a participar, con su trabajo, en los

sectores que poseen mayores recursos y tienen posibilidades indefinidas de expansión, lo que no ocurre

en el sector agrario. En España no se pueden aumentar las hectáreas existentes (aunque pueda haber

todavía hectáreas no explotadas convenientemente y que deberán ser incluidas en un censo que debe

realizarse urgentemente) ni recargar más de lo debido la mano de obra en las empresas. Solamente en los

nuevos regadíos se podrá colocar una parte, no muy grande, de esa masa sobrante a que antes me he

referido.

En cambio se puede, y se debe, aumentar el número de industrias, y es al Estado a quien le corresponde

impulsar esta industrialización en las zonas agrarias donde haya sobrante de mano de obra (como se hace

en Francia) Pero, sobre todo, lo que ofrece unas posibilidades para la absorción del excedente de

población agraria, es el sector de los servicios. Siempre bien entendido que se tomen la expansión,

huyendo de las socializaciones en el comercio, más o menos encubiertas, que conducen forzosamente a

una burocracia caracterizada por un estreñimiento de iniciativas. La expansión de los servicios ofrece

ilimitados horizontes, y es bien impulsada por la iniciativa privada, que ahora se va a encontrar acuciada

por la competencia y por el ejemplo de otros países con los que estaremos en estrecha relación

económica. Nuestra entrada en el Mercado Común será el espolazo que necesitábamos para pasar de un

trote can-sino al galope.—Conde DE MONTARCO,

 

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