El precio de los productros agrícolas     
 
 Pueblo.    02/06/1960.  Páginas: 1. Párrafos: 11. 

El precio de los productos agrícolas

EL conde de Montarco ha dirigido un coloquio sobre temas agropecuarios en Monasterio (Badajoz). Al

acto, según leemos, asistieron unos trescientos agricultores y ganaderos de Badajoz, Sevilla y Huelva. No

disponemos del texto completo de las manifestaciones del conde de Montarco; sin embargo, la reseña del

coloquio reproduce unos párrafos que parecen contener la esencia de lo que allí se dijo,y que exigen un

comentario inmediato.

El conde de Montarco, al contestar a las preguntas que se le hicieron sobre la actual baja de algunos

productos del campo, opinó que «los productos de bienes de consumo campesinos deben mirar hacia

afuera, a los mercados. Sólo se puede producir lo que se pueda vender a precio remunerador».

Con esta opinión creemos que todo el mundo estará de acuerdo, igual productores que consumidores.

Nadie puede pretender que ningún sector nacional produzca perdiendo dinero para el bien de los de-más.

Sería un franciscanismo encomiable, pero que dentro de las realidades económicas no tiene posibilidad

alguna de existencia.

Si coincidimos con el conde de Montarco en que los precios de los productos del campo han de ser

remuneradores, como lo han de ser los de la industria o los de los servicios, en lo que no podemos

seguirle es en las medidas que propone para conseguir dicho fin, ni en las consideraciones qué hace a este

propósito. Se expresó así:

«España tiene los precios de sus productos agrícolas en general más bajos que los demás países europeos.

Hay que pedir que los productos que dentro de España están más bajos que en el exterior se coloquen al

mismo nivel, con justa ganancia para el productor. Para los pocos artículos que no estén en condiciones

de competencia, es necesario pedir una protección aduanera, al menos similar a la que obtienen los

productos industriales.»

El párrafo se comenta sólo; pero nosotros vamos a contribuir al comentario con unas puntualizaciones.

En primer lugar, no estamos de acuerdo en que los precios de los productos agrícolas españoles, en

general, sean más bajos que en los demás países europeos.Y no estamos de acuerdo porque creemos que

para apreciar si un artículo es caro o barato no basta, con transformar su precio en moneda de otro país y

ver si da un resultado superior o inferior al que allí rige. Los conceptos «caro» y «barato» son subjetivos y

dependen no del precio fijado, sino del poder de compra de los consumidores. La única forma real de

saber si un artículo es más barato en un país que en otro es valorarlo en horas de trabajo. Si el kilo de pan

le cuesta a un jornalero en un país veinte minutos de trabajo y en otro cuarenta, no hay duda de que el pan

es más barato en el primero que en el segundo, con independencia absoluta de su valor en moneda de

cualquiera de los dos países. O dicho de otra forma más clara y menos científica: si un obrero de un país

paga el pan a seis pesetas el hilo y gana dos mil pesetas, el pan le resulta más caro que a otro obrero de

igual categoría que lo pague a ocho pesetas pero que gane cuatro mil.

Únicamente se puede pensar en igualar los precios con el extranjero cuando previamente se han igualado

los salarios.

La segunda parte de la doctrina expuesta por el conde de Montarco es aún más peregrina. Divide a los

productos del campo en dos grupos: el que tiene precios más bajos que en el extranjero y el que los tiene

más altos. Y para cada uno propone tratamiento distinto: para los más bajos, que se suban, y para los más

altos, que se sostengan con protecciones aduaneras. Y el consumidor que se las arregle como pueda.

Lo último lo añadimos nosotros, pero es la consecuencia lógica. Resulta difícil comprender que se intente

subordinar de esta forma el interés general del país al interés de una parte del mismo. Porque no es que se

proponga obtener unos precios remuneradores, con lo que ya hemos dicho que estamos de acuerdo, sino

que se intenta fijar los precios exclusivamente por el nivel extranjero, cuando resulta favorable, sin mirar

si está justificado o no mientras a esos mismos niveles extranjeros se oponen las barreras aduaneras

cuando son desfavorables. Si esta doctrina prosperara y si se aplicara también a la industria, tendríamos

que España sería un país donde ningún producto podría ser más barato que en el extranjero, mientras

algunos, muchos o todos, podrían ser más caros. Es decir, que el pueblo español estaría condenado al

subconsumo y a la escasez, incluso de aquellos productos que por donde la Naturaleza pudieran ser

abundantes y baratos.

Nosotros creemos que la tendencia ha de ser precisamente la contraria: producir en todos los sectores

mejor y más barato que en el extranjero. Que esta meta ideal no será alcanzada nunca es un hecho lógico.

Pero sólo caminando en esa dirección lograremos elevar el nivel de vida de la nación, incluidos los

propios labradores.

 

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