Autor: Aguirre Bellver, Joaquín. 
   Las manos limpias     
 
 Pueblo.    14/01/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 14. 

J. AGUIRRE BELLVER

Pasillos de las Cortes

LAS MANOS LIMPIAS

FERNANDO Suárez hizo anoche un discurra oellisimo. Qué delicia, señoras, escucharle mientras

avanzaba sojtre las ideas con la limpidez pro-diíüosa de quien camina sobre las aguas! fro, en el ´Diario de

Sesiones» no será posible hacerse sino una idea aproximada de lo que su discurso fue, porque un discurso

no lo hacen sólo las palabras que se han pronunciado, sino que lo hace también la emoción de los que

escuchan. Diré a ustedes que el silencio con que los procuradores lo siguieron se prolongó, después,

largamente, hasta tal punto que el siguiente orador, López Henares, tuvo que esforzarse, aunque parezca

una contradicción, porque ¿le puro silencio no se le oía. La sala estaba entregada, cada cual para sus

adentros, a librarse de las contradicciones que Fernando Suárez había despertado.

Fernando Suárez se abstiene. Según él, estas Cortes, sujetas por juramento a la declaración XIII del Fuero

del Trabajo, no pueden aceptar la tarea de la libertad sindical, que corresponde, por derecho, a las

próximas Cortes, Congreso y Senado, en tarea constituyente. Fue apabullante. Los argumentos de

Fernando Suárez tenían tanto peso, estaban allegados con tanto rigor, con tanta coherencia, que los

procuradores se veían abocados a una pregunta: ´¿Qué hacemos aquí?»

EN cuanto reaccionaron comenzaron las réplicas. Lapiedra contraatacó:

—Si el señor Suárez, de verdad, nos convence y comenzamos a decir todos «Suárez tiene razón, me

abstengo, llevaríamos a un punto muerto a la política española.

Palomares alegó que las Cortes que han proclamado la Monarquía, la libertad religiosa, la de Prensa, la de

asociación y reunión, la libertad política, ¿por qué han de sentirse incapaces para instaurar la libertad

sindical?

Alcaína se acercó a la tribuna de Prensa y me dice estas palabras:

—A mi, ¿qué demonios me importa que sea constitucional o deje de serlo, si los trabajadores lo piden?

TIENE Sartre una obra que se titula Las manos sucias- En ella, un viejo político se entrenta con la nueva

guardia de su partido, que le acusa de haber pactado, de haber transigido, y tes razona asi: «Eí supremo

servicio de un político es mancharse las manos.» Abstenerse, ahora, en estos momentos dificites y

exigentes, constituye el trueque det servicio a cambio de la pureza ante toda critica.

—¿Cómo explico yo esto a los alumnos de mi cátedra?

A lo mejor, señor Suárez, lo que resulta diticil de exolicar a los alumnos desde la cátedra es como, sin

renunciar previamente a ía orofesión oolitica. no te pusieron las manos a la tarea cuando el pueblo lo

necesitaba Hay en tos Evangelios un instante parecido, aquel en que los fariseos interpelan a Jesús acerca

de cómo consiente que sus discípulos coman en medio del camino, con las manos llenas de sudor y polvo,

cuando las leyes prescriben el lavatorio antes del almuerzo. Mire, Alcaina, por dónde la respuesta vino a

ser: *Y a mi qué demonios me importa que sea constitucional.

CUANDO bajamos en el ascensor, apretados unos contra otros, un compañero en mi tarea preguntó a

Suárez, interrumpiendo las felicitaciones que iba haciéndole Aguirre Gonzalo, qué se hacía entonces, de

aquí a las Cortes constituyentes, con el tema sindical, que tanta urgencia tiene, y Suárez le respondió que

eso era cosa de Gobierno, no de Cortes, y que. a fin de cuentas, *aqw hay muchos interesados en seguir

seis meses más». Añadió después:

—Pero esto lo digo fuera de vuestra profesión periodística, ¿eh?

Ya no valia. Eso, señor Suárez, no se dice. Porque diciéndolo se es injusto, y porque ya, durante la sesión,

había respondido a ello ese formidable procurador obrero que es Martínez Estenaga:

—Yo no hago el R. I. P. a tos Sindicatos, como el señor Martín Sanz, porque desde niño soy sindicalista,

lo seré siempre, alto o bajo, mandando u obedeciendo, y en ninguna situación me arrugó el ombligo.

PARA la belleza fascinante de las palabras y el peso de los argumentos, tuvo Estenaga, al comienzo de su

parrafada, una definición que es una delicia: —Los grandes oradores son como ios ilusionistas, que me

hacen que vea las cosas como ellos quieren, pero hay trampa, yo sé perfectamente que hay trampa.

Y con todo, señores, ¡qué gran ocasión parlamentaria! Pocas veces una abstención habrá tenido retórica

más bella. Desde el fondo de mi corazón lamento que Fernando Suárez, el hombre de proa en los debates

de la libertad política, haya abandonado la nave de la libertad sindical. Una honradez hay que concederle,

y es que fue y lo dijo. Lo mismo pudo no estar, como no se han presentado sus rivales dialécticos en

aquella otra gran ocasión, los líderes de Alianza Popular Yo censaba quf ía Alianza tendría algo que decir

en este tema, y me he equivocado.

MI homenaje pues, a los que están, primero, y sobre todo, a los que Be manchan lat manos, cumpliendo

con la suprema servidumbre de su oficio. De todas las críticas que quedan haceros, Por vuestra actitud,

por vuestras palabras, la que menos debe los eternos puritanos. tos que no mintieron necesidad de

evolucionar ni ríe desdecirse ni de contrariarse a si mismos n a sus discursos anteriores sencillamente

porque jamás arriesgaron nada.

14 de enero de 1977 PUEBLO

 

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