Autor: Madrid del Cacho, Manuel. 
   Autodisolución de las Cortes  :   
 Es la Fórmula que propone el procurador señor Madrid. Su vida quedó agotada con la reforma política.. 
   23/01/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 18. 

AUTODISOLUCION DE LAS CORTES

Es la fórmula que, propone ei procurador señor Madrid del Cacho O Su vida quedó agotada con

Ja reforma política

LA X legislatura de las Cortes, además de una apretar da actividad legislativa, ha teñid» ¿Tos importantes

cometidos constitucionales: recibir él juramento del Rey y aprobar la reforma política de cara al

referéndum.

Ambas tareas, producidas toe. ra del período de vigencia normal de su mandato, que debió finalizar en

octubre de 1975, pero que se prorrogó en dos ocasiones.

La primera de las prórrogas estaba motivada por la necesidad de culminar la labor legislativa pendiente.

La segunda prórroga, extraordinaria e inusitada y no prevista constitucionalmente, venía impuesta por la

exigencia de preparar la transición a la nueva situación política originada por e] cumplimiento de las

previsiones sucesorias.

Yo fui uno de los firmantes del escrito solicitando la primera prórroga y hoy me felicito de haberlo hecho

y de que la petición de prórroga se acogiera favorablemente en una interpretación extensiva de la nor-

mación al respecto contenida en la Ley Orgánica del Estado.

Creo que no es lícito retrasar la movióla en el acontecer histórico para ver lo que hubiera pasado de

haberse tomado un distinto camino en una determinada encrucijada.

Yo no quiero pensar en qué aporía nos habríamos encontrado de no haberse dado la primera prórroga de

la legislatura, y la muerte de Franco hubiera coincidido con unas Cortes recién estrenadas y con cuatro

años por delante, en vez "de con unas Cortes en el climaterio.

Sobre todo, a la vista del serio error del "decuius—que tuvo innumerables aciertos, pero también, como

humano, sus errores—de creer que un testamento pueda ser «na institución de derecho público, cuando

sólo lo es de derecho privado.

Una muerte gallarda

LO cierto es que las Cortes, las ultimas Cortes de Franco, culminaron su actuación con el menester casi

biológico de fecundar a la abeja reina d« la reforma política. Y ya se sabe cuál es la suerte inexorable del

zángano fecundador después del vuelo nupcial.

Las actuales Cortes, en vez de seguir sobreviviéndose a sí mismas, debieron morir entonces

gallardamente con la cicuta de Ja autodisolución o, a lo más, esperar a aprobar los presupuestos. Una

buena fecha habría sido la noche de San Silvestre del año de gracia de 1976 y así el nuevo año habría

amanecido en lo parlamentario en una atmósfera prístina y elemental como 1» primera mañana del

mundo.

Hemos de reconocer que no tuvimos el sentido del gesto o quiza no supimo^ encontrarle cauce procesal

adecuado.

Todavía estamos a tiempo. Pero no cabe la disolución de la Cámara y dudo´ mucho que ni siquiera la

suspensión de la prórroga.

La prórroga es una decisión del jefe del Estado a iniciativa de las Cortes o del Gobierno, .con el dictamen

favorable del Consejo del Reino, cuando exista causa grave y por el plazo indispensable que al efecto se

establezca. Pero una decisión ´ vinculante para la propia magistratura que la toma, qué no parece que

pueda volver de su acuerdo sobre 1» gravedad de la causa y sobre la extensión de la medida en el tiempo,

porque una y otra se habrían ponderado medi tartamente en su momento.

En cambio, nada prohibe la autodisolución.

Naturalmente que tendríamos que hacer camino al andar o, al menos, usar con imaginación del

reglamento. Con casi tanta como derrochó nuestro presidente para acuñar la fórmula del procedimiento de

urgencia, haciendo un quiebro al toro, del contrafuero, y que es posible que en el futuro sirva de modelo

procedimental si se quiere encontrar la media aritmética entre la excluyente especialización del sistema de

comisiones y Jas plúmbleas discusiones multitudinarias del viejo parlamentarismo.

¿Qué se puede hacer?

YO no veo otro "modus operandi" que el de que lo pidan cincuenta procuradores y que el presidente, dé

acuerdo con el Gobierno, lo incluya en el orden del día del primer pleno y que, en votación secreta, se

consiga el quorum de los dos tercios de procuradores presentes, que constituyan, además, la mayoría.

absoluta de miembros de la Cámara. Si para algo tan serio como la reforma política sólo se exige este

quorum, ello debe bastar para superar con la autodisolución la inviabilidad del decreto de disolución, mo-

neda corriente en todos los sistemas parlamentarios, menos en el nuestro.

Podrá argüirse que el acuerdo de disolución tomado por la mayoría absoluta de procuradores no puede

vincular a tos disidentes, por ser la renuncia al acta una decisión personal.

Pero, en primer lugar, es que no se trata de la suma aritmética de las renuncias individuales de todos los

procuradores, sino de la expresión del consenso democrático de la mayoría en el porcentaje más exigente

que conocen nuestras leyes políticas.

Y en segundo .lugar, que al renunciar la mitad más uno de los procuradores, los restantes no podrán nunca

constituirse válidamente en pleno, de acuerdo con el artículo 52 del reglamento. Con lo que, al quedar

desprovistos de toda posibilidad legislativa, cesarían de hecho no sólo por imposibilidad de cumplir su

cometido, sino también porque él propio mandato conferido devendría inexistente por falta de objeto.

Esto es ponerse en una situación límite, que no habrá de darse, pues nadie tiene derecho a dudar de la

generosidad de los procuradores tras 1» votación de la ley de Reforma Política, en la que no se sabe si se

debe valorar más a los qu« v o t a r on afirmativaoníente, sabiendo que extendían su certificado de

defunción parlamentaria, o a los que, con clara conciencia de estar en minoría y a riesgo de

impopularidad, votaron negativamente por servir a unos principios respetabilísimos.

Como se ve, pues, aunque las Cortes no pueden ser disueltas, sí pueden y deben ser el sujeto activo y

pasivo de la disolución.

Este es el último servicio que nos pide el país. Para que el Gobierno, hasta enlazar con el próximo

Parlamento, pueda seguir gobernando por decreto-ley, en una línea de agilidad y de prudencia.

Más acá de esta línea estaría la ineficacia ejecutiva; más allá, la discrecionalidad y la oligocracia.

Manuel MADRID DEL CACHO

Procurador en Cortes

 

< Volver