Autor: Aguirre Bellver, Joaquín. 
   Un solo susto     
 
 Pueblo.    13/01/1977.  Página: 4. Páginas: 1. Párrafos: 10. 

Por Joaquín AGUIRRE BELLVER

A mí me parece que se nos pasará el susto. Que habrá sido, simplemente, eso, un susto. Conste que yo no

me meto en política, como saben todos mis lectores, pero me asusté hasta yo. Y no porque se hubieran

aprobado o dejado de aprobar las asociaciones por ramas, que era lo que alarmaba a tantos procuradores,

sino porque estaba a punto de no entender nada, o de entenderlo todo al revés, o de sentir que perdía la

razón hasta empezar a pedir socorro, ¡socorro!, a puro grito, en medio de la solemne sesión de ayer.

VEAMOS: el Gobierno envía un proyecto de ley muy avanzado, en el que se dice que los Sindicatos se

organizarán libremente, pero por ramas de la producción; la Ponencia le enmienda la plana y suprime

estas cortapisa; se saca la cosa a votación; pierde la Ponencia, gana el Gobierno. Y se arma entonces la

marimorena. En un largo turno de oradores, a los que han votado el texto del Gobierno se pasan toda la

tarde llamándoles retrógrados, enemigos de la reforma política, antidemócratas, oscurantistas,

reaccionarios, etc. Pero, entendámonos, se lo llaman los más gubernamentales, se lo llaman casi con el

membrete oficial.

Y ellos, los partidarios de la organización por famas, callados y a lo suyo, sin abrir el pico mientras les

decían de todo. Durante el descanso me convidó uno de ellos a un cafó y me reveló su norma:

—Yo, callando y con el mazo dando. —Querrás decir, con el voto. —Bueno, eso.

AL final, sólo al final, un procurador me dio una explicación que puede valer para aclarar el absurdo:

—Aquí alguien se ha pasado de Maquiavelo.

Le pedí que me lo ampliara un poco, a ver si pescaba algo, pero adoptó un aire de sigilo muy grande y se

fue pisando la alfombra suavemente, para que no se advirtiese siquiera el ruido de sus pisadas. No me dijo

mucho, pero si lo suficiente para que yo reflexionase y me dijera que si es verdad que alguien se ha

pasado de Maquiavelo, todo es posible, señores, todo. Practicamos el maquiavelismo francamente mal y

armamos unos jaleos que no hay quien los entienda. Fui de un lado a otro preguntando por doquier:

«Veamos, ¿cuál es de verdad el texto del Gobierno?» Y se sonreían todos, hasta que me harté de que se

burlaran de mi inocencia en política y decidí callarme.

SOLIS, don José, fue el último orador de la noche. Nada más hablar él, don Gregorio López Bravo

decidió levantar la sesión. Pese a que no era tan tarde como otras veces, comprendo que la intervención

de Solís era, señor presidente, un broche de oro. Dijo Solis que lo del encasillamiento por ramas era

excesivo, y en lo tocante al otro tema de la santa tarde, la dependencia de los Sindicatos respecto a los

partidos poli-ticos, la condenó, aunque dijo que era inevitable y, por tanto, no debía prohibirse. Los

señores procuradores fueron enviados a la cama para meditar con la almohada estas palabras de don José

Solís.

ME quejaba ayer de la manía que tienen algunos de ´complicarlo todo. Tenia razón. O se deshace el

enredo o aquí va a haber algunos que, con toda ingenuidad, van a votar la propuesta del Gobierno

pensando que votan la propuesta del Gobierno. Eso les pasa por no prestar la atención debida al discurso

del señor ministro, que bien claro lo dijo, que si Gobierno apoyaba todo lo que había hecho la Ponencia.

¿Está claro? Me temo que no, por mucho que me empeñe, LA votación de primeras horas de la tarde cayó

como un jarro de agua fría sobre las almas confiadas e ingenuas de muchos. Pero, ¿cómo?, ¿que la

Ponencia había perdido por 18 contra 14? ¡No era posible! Se inició inmediatamente una ofensiva en toda

regla para tratar de enmendar el entuerto. Esperabé, que tiene unos reflejos envidiables, fue el primero en

reaccionar, hizo suyo el texto de la Ponencia y apañó votos para defenderla en el Pleno. ¡Esperabé, contra

el texto del Gobierno! Allí empezó mi tortura mental, mi no entender absolutamente nada.

A media tarde supe, por revelación de uno de los que habían votado lo de las ramas, que se preparaba una

réplica. Se encargó de hacerla Castro Villalba, con la propuesta de que en el nuevo articulo se diga que

eso de la rama será en cada caso lo que decidan que sea los trabajadores constituidos en Sindicato. Estuvo

muy bien. Se comprende que lo apoyasen tantos: Esperabé, López Henares, Escudero Rueda y, por fin,

Solís. Dijo Castro Villalba una de las dos frases sonadas de la tarde, al comenzar con la confesión de un

personaje de Joyce: «Sí, yo incendié la catedral, pero fue porque pensé que el obispo estaba dentro." A

continuación nos explicó que imponer la organización por ramas era como incendiar la catedral, aún en

ausencia del señor obispo.

LA otra frase importante de la sesión la dijo Martínez Esteneaga, el marmolista valenciano, que luego de

ponderar los quebraderos que puede traemos que los partidos políticos se pongan a trabajar en las

empresas, concedió que no quedaba otro remedio, y «al que Dios se la dé San Pedro se la bendiga. Ya

digo que creo que todo habrá sido un susto pasajero, un susto, amigos, propio del juego de la democracia.

Pero termino esta crónica con la frase de Martínez Esteneaga, en su atinada mención a San Pedro y al

Eterno Padre.

13 de enero de 1977 PUEBLO

 

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