Autor: Santamaría Ansa, Carlos. 
   La estructura del Estado     
 
 El País.    18/10/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 25. 

EL PAÍS, martes 18 de octubre de 1977

OPINIÓN

La estructura del Estado

¿Estado unitario O Estado federal? He aquí la cuestión que hoy se halla planteada en España y que, de un

modo o de otro, habrá de resolverse pronto.

Todo parece indicar, sin embargo, que en el ánimo de los gobernantes la opción está ya hecha de

antemano. Así, el ministro para las Regiones, señor Clavero, ha declarado recientemente que, frente a la

idea del Estado federal, el Gobierno y el partido mayoritario defenderán la alternativa de un Estado

unitario, compatible con amplias autonomías regionales.

André Hauriou define el Estado unitario como «una colectividad-estatal no divisible en partes internas

que merezcan por sí mismas el nombre de estados», mientras que el Estado federal será una «asociación

de estados que tienen entre sí una relación de derecho interno, es decir, constitucional, mediante la cual se

establece un superestado que se superpone a los estados asociados». ´

Salvando las diferencias necesarias, puede decirse, pues, que España fue un Estado federal desde el

reinado de los Reyes Católicos hasta el de Felipe V, y esto ocurrió, precisamente, coincidiendo con la

época más brillante de su historia. El federalismo histórico "no impidió ciertamente la realización de

grandes empresas comunes.

Después, a medida que iba decayendo, y por una serie de «saltos» sucesivos, España fue convirtiéndose

en el Estado centralizado y centralista que ahora conocemos. De estos saltos, uno de los últimos fue la

supresión de los regímenes, económicos particulares de Guipúzcoa y Vizcaya en 1939. Y si en aquel

entonces no se les echó la zarpa a los de Álava y Navarra fue, seguramente, porque las circunstancias

políticas del momento no lo hacían aconsejable. Cabe afirmar, sin embargo, que en la mente de los

«uniformadores» quedó latente la idea de que, en la primera oportunidad que se presentase, habría que

acabar también con ellos.

Así, en lugar de avanzar por el camino que había insinuado Cánovas en 1876, al decir que el régimen

foral vasconavarro podría pronto servir de modelo para un régimen autonómico generalizado a todas las

provincias, se optó por endurecer el centralismo. Privó la consigna igualitaria, fruto de la envidia y de la

pereza: «Si yo no tengo nada, que nadie tenga más.»

Como es sabido, la cosa viene de antiguo. En el siglo XVI la política antifuerista del conde-duque fue

nefanda para las nacionalidades y también para toda España, que así se veía obligada a seguir un camino

totalmente extraño a su propia naturaleza, federal y comunera. Aragón, Cataluña y Valencia quedaron

firmemente uncidas al carro unitario, no mereciendo ya el nombre de estados dentro del Estado. Se acabó,

pues, el federalismo.

Contra la política centralista, se alzaron entonces muchas voces autorizadas y, entre ellas, la del obispo de

Gerona, Juan de Palafoz, que escribía sabiamente: «Una de las causas.de la decadencia es el afán de

uniformar los reinos, aplicando a unos las leyes de otros, que es como trocar los frenos y los bocados de

los caballos; porque es necesario que las leyes sean como el vestido, que se acomoda al cuerpo, y no el

cuerpo al vestido.»

Este consejo elemental no ha sido seguido nunca y durante muchos años sobre todo en los cuarenta

últimos se han hecho todos los esfuerzos imaginables para que el cuerpo se adaptase, fuese como fuese,

al traje ideológico uniformista que se le imponía. Política de fuerza, cuyos resultados son ahora conocidos

de todos.

Claro está que no podemos olvidar la actividad de los federales de la Primera República; pero aquello fue

un gran fracaso que durante largo tiempo ha impedido el desarrollo de las ideas federalistas en el Estado

español. La república federal soñada por Pi y _ Margall nunca llegó a existir y el proyecto de

Constitución del 73 ni siquiera pudo ser discutido en las Cortes. Más aún: los lamentables sucesos

cantonales quitaron a los españoles y para muchos años las ganas de que se volviese a hablar de la

idea federal.

Ahora en este momento histórico y constituyente resultaba posible que esta idea se abriese de nuevo

paso con la ayuda de algunos grandes partidos que, al parecer, se proponían incluir el federalismo en sus

programas. Pero tampoco será así esta vez, y es seguro que no se irá al fondo del problema.

Puesto que las uvas federalistas están verdes, deberemos pues contentarnos con la fórmula que se nos

brinda que viene a ser la de un «Estado unitario regionalista».

Alguno podrá decir que los dos términos que componen esta expresión son contradictorios entre sí. Pero,

en realidad, no la son en modo alguno. El regionalismo no se contradice con el Estado unitario. Con lo

que si se contradice es con el Estado «centralizado» y más aún claro esta con el Estado «centralista».

Notemos de paso que estos dos casos son también muy diferentes entre sí y que conviene distinguirlos

claramente. La centralización es un hecho; el centralismo en cambio, una ideología dominante.

Cuando domina la ideología centralista el hecho de la centralización se convierte, por . principio, en una

nota esencial, e incluso sagrada, del Estado.

El Estado español que hemos padecido, y padecemos aún, no es solamente un Estado centralizado, sino

también un Estado ideológicamente centralista:

La adopción de la fórmula regionalista debería producir, si es . que se llevara a cabo fielmente, no sólo

una descentralización del «poder efectivo» hacia las regiones, sino también, el fin del centralismo como

ideología nuclear del españolismo. No sólo hay que descentralizar las cosas: hay que descentralizar

también las mentes, lo que, en cierto sentido, va a ser todavía más difícil que lo primero.

La palabra «regionalismo» ha cubierto hasta ahora tantas falsificaciones tanto folklore que muchos

desconfiamos de ella, temiendo que constituya un nuevo engaño y que, bajo la capa de unas instituciones

de nombres pomposos, siga escondiéndose la firme voluntad de negar a las regiones toda posibilidad de

genuino autogobierno.

Una de las falsas habilidades del régimen franquista fue precisamente la de dar pretendidas soluciones a

problemas reales mediante simples cambios de denominación.

Esto no debe seguir ocurriendo ahora: la palabra «regionalismo» debe ser interpretada en su sentido

«fuerte», como lo hacía Vázquez de Mella al declarar, en 1903, que «el regionalismo tomado en su

plenitud es un vasto sistema jurídico y no sólo una afirmación arqueológica y romántica».

Una política de autonomías debe empezar por reconocer la personalidad de las regiones así lo ha dicho

también el propio señor Clavero. Pero hace falta que ese reconocimiento no se convierta una vez más

en «palabra vacía». Personalidad significa poder de autodecisión y de autogobierno,y si no, no significa

nada.

Lo malo de la expresión «regiones históricas» es que hace pensar exclusivamente en el pasado, un

pasado glorioso, sin duda, pero pasado. Según esto, las regiones históricas serian nacionalidades muertas,

nacionalidades que fueron, pero que ya no son. No es este el caso de nuestras nacionalidades, que están

bien vivas, y que de ello dan pruebas abundantes.

En mi concepto, una nacionalidad es un pueblo con caracteres propios, casi siempre con lengua propia, y

siempre con conciencia de ser y de existir y voluntad de seguir existiendo, en línea de identidad consigo

mismo.

Pienso que en este sentido Vasconia, Galicia, Andalucía y Cataluña, y la propia Castilla sin citar a

otras son hoy auténticas nacionalidades y como tales deben ser tratadas.

Si a la palabra región se le diera este sentido profundo y vivo, todos podríamos estar de acuerdo en que la

diferencia entre autonomía y federalismo es «cuestión semántica» (Clavero) o «simple querella retórica»

(Herrero de Miñón).

Pero hasta que no lo veamos estarán «colgadas nuestras esperanzas de un sutil cabello», cumo decía

Cervantes en La Gitanilla.

CARLOS SANTAMARÍA

__________ANSA__________

 

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