Autor: Jiménez Lozano, José. 
   El odio teológico y el odio político     
 
 Informaciones.    09/02/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 6. 

EL ODIO TEOLÓGICO Y EL ODIO POLITICO

Por José JIMÉNEZ LOZANO

EL «Times» de Londres, que ha publicado íntegramente el documento redactado por

la Comisión

teológica anglocatólica sobre la autoridad en la Iglesia y que concluye con el

reconocimiento del primado

papal por parte de la Iglesia de Inglaterra, sugiere que la clásica, siniestra

expresión de «odium

theologicum», utilizada tradicionalmente para indicar el clima belicoso en que

se sostuvieron casi siempre

las discusiones teológicas se cambie, ahora, en vista del entendimiento

ecuménico, en «mansuetudo

theologica». Y, efectivamente, así habrá que hacerlo.

En realidad, habrá que dar un giro de ciento ochenta grados a muchas cosas. Los

debates teológicos han

sido con harta frecuencia tan absolutos, radicales y violentos porque los que en

ellos intervenían creyeron

estar manejando verdades absolutas y sacrosantas, como dueños de ellas; creyeron

poseer la Verdad y que

Dios estaba con ellos, y gustaban de aporrear con tan trascendentes instrumentos

la cabeza de sus

contrarios. Las guerras religiosas mismas siempre han sido las más feroces y

crueles, porque eran guerras

«santas» y sus combatientes no podían ceder ni flexibilizar sus posturas.

«Ningunas enemistades hay

mayores -decía el P. Mariana, con entera razón- que las que se forjan con voz y

capa de religión, a los

hombres se hacen crueles y semejables a las bestias fieras.»

El mismo pensamiento religioso no escapaba siempre a este talante de absoluto, y

los señores cristianos,

por ejemplo, han dado muchas veces la impresión de que lo sabían todo. Merlaeu-

Ponty decía entonces

que por eso resultaba imposible hablar con ellos, y el historiador vienés

Freedrich Heer muestra, por

ejemplo, todas las justísimas quejas de los hombres de ciencia hacia esas

maneras tan «imperiales». «Es

usted muy presuntuoso, señor -escribe Heer, que puede decirle muy bien un

científico a un cristiano-.

Es usted orgulloso y está desprovisto de modestia. Si yo fuese como usted e

hiciese juicios prematuros y

llenos de prejuicios, no podría enorgullecerme de haber llevado a cabo, ni un

solo día, un trabajo

productivo, en mi calidad de investigador y de sabio. La crítica, es decir, la

autocrítica, es mi pan

cotidiano. Pero usted, señor, está habituado desde hace un milenio a criticar a

todos los otros seres

humanos, salvo a usted mismo. Nosotros sabemos que somos miembros modestos, pero

importantes, de

esta cadena de la vida. Sabemos, a la vez, cuáles son la modestia y la extensión

de nuestros

conocimientos. Pero usted, señor, en su orgullo desmesurado, osa hablar de Dios,

del mundo y del

hombre y juzgarlos con la ayuda de algunas palabras y de algunas fórmulas vacías

de orden metafísico,

con palabras pomposas y enfáticas llenas de sentimentalismo y de una falsa

satisfacción propia.»

Así han sido las cosas, no se puede negar. Todavía hoy, el talante católico

resulta tan absoluto que,

mientras, por ejemplo, son muy escasas las «conversiones» al liberalismo o

mínima la extensión del

catolicismo liberal, muchos católicos parecen pasar casi sin darse cuenta del

catolicismo a la «Iglesia»

marxista, con su talante dogmático y absoluto, que no les permite añorar el

universo donde antes se

situaban. Es como si ese tipo de católico fuera incapaz para vivir en medio del

relativismo, y como si,

habiendo dispuesto de Dios a su antojo -Dios siempre estaba con él-, ahora

quisiera también manejar

la Verdad única en los planos sociopolítico y lo económico, o de la

interpretación de la Historia.

A principios de siglo, algunos liberales franceses propusieron «protestantizar»

a Francia, para que el

choque entre la República de nuevo cuño y los nostálgicos del antiguo régimen,

católicos en su mayor

parte, no fuera el terrible choque de cruzada y guerra santa que se mascaba, y

los europeizantes españoles

pensaron que había que «descatolizar» a España para que apareciera algún sentido

de lo laico y fuera

posible la democracia. Todo el mundo sabe muy bien que, luego, lo de Francia se

arregló con la política

de «ralliement», o acercamiento de los católicos a las nuevas instituciones

políticas y sociales, y que en

España el intento de laicización concluyó en la tragedia que todavía nos pesa,

pero también en un

laicismo paradójicamente religioso que hacía, por ejemplo, que los señores

anticlericales comieran

ritualmente un tostón el Viernes Santo, o que algunos hermanos masones llevaran

un pequeño demonio

de oro en la solapa, como una especie de escapulario confesional.

Pero las tornas han cambiado, ya decía. Las Iglesias se han abierto al

ecumenismo, y, en vez de querer

cada una de ellas reclamar a Dios y predicar que éste estaba con cada una de

ellas, pero en contra de las

demás, Le han situado en medio y se han puesto a estar ellas con El. Es lo que

Berulle llamaba los

beneficios del sistema solar de Micer Galileo Galilei para la teología. El

«odium theologicum» ya no tiene

sentido y sólo aparece como una vieja vergüenza cubierta de costras por los

siglos. Es la política la que

ahora parece haberse absolutizado, dogmatizado y hecho confesional; ahora que la

religión y la teología

se nutren de humildad y mansedumbre. Los señores políticos, en efecto, no son

otra cosa con frecuencia

que medievales frailes predicando el apocalipsis, mugrientos alfaquíes azuzando

a la guerra santa, brujos

que hablan de paraísos idiotas y que cuestan sangre. ¡Ojalá que para estos

seductores de muerte llegue

también el ecumenismo y sean capaces de transigir, dar la mano y hablar de la

vida, nunca más de la

siniestra muerte! ¡Ojalá que se «teologizaran», en seguida!

 

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