Autor: Garrigues, Antonio. 
   España y el terrorismo     
 
 ABC.    03/02/1977.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 12. 

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ESPAÑA Y EL TERRORISMO

La línea de pensamiento de A B C es independiente y no acepta necesariamente

como suyas las ideas que

nuestros colaboradores vierten en sus artículos, publicados en nuestros páginas

literarias.

EL terror es mucho peor que la violencia. La violencia engendra violencia,

pero es humana; el terror es

inhumano, simplemente paraliza. La guerra es una forma de violencia, pero la

guerra, que es terrible, es

también creadora. De la guerra nacen males y bienes. Del terror no nace nada, es

absolutamente negativo,

estéril. La violencia tiene que estar sostenida, respaldada por un estado de

opinión en alguna medida,

generalizado. El violento de acción está movido por un ideal, un credo o una

pasión. El terrorista de

acción, si no empieza por serlo, acaba siendo un mercenario, un profesional a

sueldo de ese grupo

minoritario que, por su falta de base popular, no tiene más argumento ni

Instrumento para imponerse que

el crimen.

La violencia es clara; el terror es oscuro. Se puede saber quién mueve, qué

engendra la violencia. Es muy

difícil saber lo que hay detrás del terror. Esta oscuridad le hace más

aterrador. A la violencia se la ve

venir; el terror es invisible. Sorprende, mata y desaparece, y queda ahí como

una amenaza Implacable,

suspendida sobre todos, sobre cualquiera.

La violencia no se casa con nadie. El terror es capaz de los más extraños,

contradictorios maridajes. El

que los extremos se tocan, en nada es más verdad que en el terrorismo. Esta

confusión también le

favorece porque crea el recelo, la desconfianza, un clima en el que todas las

inculpaciones y sospechas,

aun las más extravagantes y calumniosas, son posibles.

Contra la violencia cabe el empleo de la fuerza, es decir, de otra violencia,

igual o superior, y contraria.

Contra ei terror, la fuerza no puede hacer nada o casi nada. Se puede

aterrorizar a ios terroristas con su

propia arma, es decir, con el mismo terror. Pero dos terrores son más, mucho más

que el doble de un

terror sólo. Es el reino del terror.

La violencia destruye y mata, pero no es esa su finalidad. La esencia del terror

es la destrucción. Es un

nihilismo del que se espera que nazca un «mundo nuevo, más puro y más perfecto.

´La pasión de la

destrucción es una pasión creadora. Es, no un ateísmo, sino un contra-Dios. • La

única excusa de Dios

sería que no existiese. Matar es hacer el bien. «¡Qué injusticia´ —exclama

Marat—, cómo no ven que yo

quiero cortar unas pocas cabezas para salvar muchas. Un terrorista puro como

Netchaiev llegará a decir

que hay dos categorías entre tos revolucionarios: los jefes y los restantes; que

éstos son como un capital

que se puede gastar, así como se puede usar el terror contra los dudosos y

engañar a los fieles y utilizar a

los revolucionarios platónicos obligándoles a realizar actos comprometedores y.

en cuanto a los

oprimidos, puesto que se trata de la *gran salvación*, se les puede oprimir

todavía más si fuere necesario,

lo que pierdan serán ganancias de /os que les sucedan.

El "porvenir*, el mañana, es la trascendencia, la esperanza de los desesperados,

de los hombres sin Dios.

El sentido de la destrucción es una apocalipsis, la promesa de «unos nuevos

cielos, una nueva tierra* En

virtud de esa ´teología´ de la destrucción-creación se puede decir que en el

terrorismo nihilista de finales

del siglo pasado y principios del XX y, sobre todo en el ruso, ha habido también

un idealismo profundo y

heroico.

El terrorismo nihilista o el mercenario, al servicio de oscuros intereses

políticos o económicos, se puede

dar y se da contra todos y cualquier clase de regímenes políticos. Hay

terrorismo en Irlanda e Inglaterra, y

en Italia y Alemania, y en Estados Unidos con el ejército simbiótico y los

grupos de satanismo y de

´gangsterismo de todo género, y en el Japón, con el ejército rojo de liberación,

y en el Medio Oriente y en

África, y en América: Argentina. Brasil, Chile, Méjico, y en la Unión Soviética

y, por su turno, en todas v

cualquier parte.

La democracia no es un antídoto contra el terrorismo. En España, gane quien gane

las elecciones, podrá

haber «Grapos de izquierda o de derecha, o de ambas a la vez, como los hay en

todos esos países donde

reina la más pura democracia. Como tampoco es un antídoto el autoritarismo. La

criminalidad, que

cambia de forma, no de sustancia, no es de derechas ni de izquierdas. Nada más

hipócrita que estas

reciprocas acusaciones. Hay que combatirla como lo que es, como una criminalidad

distinta. En esa lucha

vale más que la fuerza la ´inteligencia, pero ésta hay que organizaría con todos

los medios materiales y

todos los recursos de la astucia. Sólo cuando el terrorismo se militariza y toma

cuerpo y hace frente y se

convierte abiertamente en violencia, en revolución y guerra civil, la fuerza

tiene la última palabra.

El Estado, para combatir el terrorismo, no puede hacerse terrorista. Ni

directamente ni por las vías

paralelas de un terrorismo igual y contrario. Puede tomar medidas de excepción,

pero abiertamente y con

todas sus consecuencias. La fuerza es el privilegio y el monopolio del Estado.

Es una violencia

establecida, pero legitima si goza de una base institucional y un asenso

mayoritario. >No en vano ciñe el

Príncipe espada». Medir todas las formas de violencia por el mismo rasero,

equiparar las de un Estado

legítimamente establecido a las de la subversión, es pura anarquía. Lo que si es

cierto es que el uso de la

fuerza por el Estado no puede tener más finalidad que el restablecimiento de la

paz pública y que para ser

legitimo tiene que estar sellado por la moderación y !a templanza. Así siempre

es el poder cuando es

fuerte.

En España se está mitificando la democracia como una tierra prometida, a la que

se llega, como los

israelitas, después de cuarenta años de desierto del franquismo. Pero las arenas

del desierto han sido la

insolidaridad. Ia violencia, el radicalismo, la Injusticia social, el fanatismo

religioso y arreligioso, la

intolerancia, la indolencia, los políticos mesiánicos y el sentido mágico de la

política. Con ese mismo

sentido tradicional mágico se está presentando ahora la democracia. Pero la

democracia es mucho más

difícil que el autoritarismo. Necesita una larga educación, cosa no precisamente

instantánea. Es verdad

que el que no puede haber democracia porque el pueblo no está preparado y que.

como no está preparado,

no puede haber democracia, es un circulo vicioso. Hay que romperlo, pero hay que

tener conciencia del

esfuerzo que lleva ese rompimiento. Si no, la democracia será un nuevo desierto

político.

La guerra civil no es la causa de los males de España, sino su resultado. No

puede haber un régimen de

vencedores y vencidos, y menos de vencidos vencedores. La historia es

irreversible. Las guerras civiles

hay que superarlas, y superarlas es la última victoria, la verdadera. No se

pueden ni estabilizar ni invertir.

Hay que remontarse a sus causas y no quedarse en sus violencias y excesos. En la

guerra civil española

hubo mucho heroísmo, mucha generosidad, mucho sacrificio, mucho idealismo, mucho

anhelo de una

España mejor, más justa, más grande, más libre. Con estos materiales positivos

hay que trabajar y

construir, desechando los rencores, los egoísmos. los fanatismos y desoyendo y

desplazando a los que

tienen las manos manchadas de sangre o de corrupción.

Todo esto se puede hacer en torno a la Monarquía democrática de Don Juan Carlos.

El terrorismo rojo o

negro puede arrebatar algunas vidas. Nada más. Salvo que la gente se acobarde y

la cobardía paralice la

vida normal. Económicamente no se crea o invierte porque no hay seguridad y

porque no se crea ni

invierte todo se hace más inseguro. También hay que romper ese circulo vicioso.

Romperlo políticamente

no es cosa de hombres duros ni blandos, sino de hombres sin miedo y sin tacha.

Antonio GARRIGUES

 

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