Autor: Sopeña Ibáñez, Federico. 
   Memorias para el diálogo     
 
 Informaciones.    21/02/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 4. 

MEMORIAS PARA EL DIALOGO

Por Federico SOPEÑA IBAÑEZ

A todos n*s obliga, y bien está que se formule como lo ha hecho José Luis Yuste,

un programa que se

encarna en una realidad política de connivencia, de diálogo. No será grande,

atractiva esa política, si no se

eleva hacia un panorama incitante de «cultura como vida», panorama que falta o

que es muy pobre en las

ofertas que leemos de los partidos politicos. En el plano de la cultura y dentro

de ella en el mundo del arte

y en el más pequeño y ceniciento de la música —no es arbitraria la enumeración—.

necesitamos

desmemoriarnos de muchas interpretaciones de nuestra Historia y, al mismo

tiempo, hacer memoria viva

de lo que pueda contribuir a la comprensión y al diálogo. Costó mucho y

muchísimos disgustos predicar

antes del Concilio la necesidad de rescatar religiosamente las perdidas

esperanzas del humanismo

español, aplastadas por la Contrarreforma, cuya herencia, como «constante», era

ya insoportable peso. En

eso no nos ayudó nada la jerarquía eclesiástica y obispo con fama de abierto

trinaba cuando en aquel

Santander de la etapa de Ruiz-Giménez defendíamos esa liberación, a través de

posturas muy teológicas

del catolicismo francés: «Nada tenemos que aprender de ellos», fue su seco

comentario a mi conferencia.

Al mismo tiempo, creo que el mismo día, tomaba a chufla el que don Fernando de

los Ríos en el exilio se

apuntara como «cristiano erasmista» en el casillero de «religión». Esa cerrazón

que ellos estimaban como

patriotismo no era en el fondo más que incultura, incultura teológica heredada

de la Teología de los

manuales. Por influencia de un afortunado título de Marichalar —«Riesgo y

ventura del duque de

Osuna»—, se buscaba muchas veces la doble enunciación en contraste: lo recuerdo,

porque al hablar de

«Gloria y pesadumbre de la Contrarreforma» se encrespaban por lo segundo. Y así

se les fue de las manos

San Juan de la Cruz y tantas cosas, y suerte que algunas de ellas eran

rescatadas por hombres tan

sinceramente cristianos como Marañón, í Lo que fue la publicación, en 1952, de

un libro «comprensivo»

para el protestantismo como el de Aranguren!

He citado antes a Fernando de los Ríos: en una historia del «socialismo

humanista», historia que es

actualidad rigurosa, hay que leer y releer su libro «El sentido humanista del

socialismo». En ese libro,

pero sobre todo en un inolvidable curso sobre «Estado e Iglesia en el siglo

XVI», parcialmente recogido

en librito. don Fernando trataba unas líneas que luego serían ciencia rigurosa a

través de la gran obra de

Bataillon sobre Erasmo. Don Fernando, tan pulcro de palabra, tan cuidadosamente

vestido —ya no había

botines, pero si reborde blanco sobre el chaleco oscuro—, hablaba

«religiosamente» del humanismo.

Fuera de la Universidad, don Manuel Azaña, mucho más castizo y mucho más

tradicional en su fe

perdida, anotaba con cuchufleta en su diario el que don Fernando afirmara «que

se prosternaba ante lo

Absoluto», o el que pidiera un aplauso para los sefardíes; pensaba y escribía

don Manuel que al Absoluto

nada le importaba, y que socialistas como Bruno Alonso aplaudían sin saber lo

que eran los sefardies.

Quizá tuviera razón, quizá pudiera señalarse una cierta pedantería en don

Fernando siempre más profesor

que escritor: pero no, no: e! respeto de los alumnos que estábamos muy lejos del

socialismo, caminaba

paralelamente al respeto que le tenían los otros, aun sin entenderle

Había que pelear hasta con el nombre de Menéndez Pelayo: olvidados de su

práctica tolerancia, se le

interpretaba de manera absolutamente unilateral y hubo pastoral de obispo que

casi le ponía como escritor

«inspirado», en el sentido teológico de la palabra. Rescatar el irrefrenable

cariño de don Marcelino por el

humanismo, señalar la cantidad de rectificaciones que él hizo a su «Historia de

los heterodoxos», era

sospechoso y lo hacían los laicos y un grupito de curas, que, entre Santander y

Madrid, nos repartíamos

los alientos y los varapalos. Nos parecía gravísimo que una concepción

pretendidamente «moderna» de la

vida cristiana tuviera casi como libro de texto «España sin problema» —¡vaya

titulo y vaya coma después

de España!—, de Calvo Serer, tan elemental en su reacción arismo. Son cosas que

no deben ser olvidadas,

porque se siguen proclamando como inseparables de la «seguridad», la gran

tentación contra la necesaria

utopía. Hace como dos años una altísima jerarquía militar, en víspera de ascenso

máximo, proclamaba lo

del «martillo de herejes», absolutamente indefendible hoy y ojalá que también

ayer. En el espíritu y en la

letra de esa proclamada «independencia de las dos potestades» debe de estar la

negación resuelta de esa

identificación de lo nacional español con la línea llamada tradicional. Lo fue

en tiempos y de ahí la

enemiga a los ingenuos, sabios y afectuosos hombres de nuestra Ilustración, y no

digamos al liberalismo.

Lo que don Marcelino llamó «pesadumbre de un pasado de gloria», se ha convertido

en irritada nostalgia

de lo que fue hace años un verdadero terrorismo del espíritu. Insisto: por falta

de cultura. En la España de

la República, y antes, fos católicos ardientes, jóvenes y de verdad

universitarios, recibíamos la cultura de

los no creyentes o de los no practicantes, o de los «naturalmente cristianos».

De aquí nuestra alegria

cuando apareció «Cruz y Raya». Era el año del centenario de Goethe, y unos pocos

de la Juventud de

Acción Católica q u i simos conmemorarlo a nuestra manera, mientras la F.U.E.

representaba «Clavijo»,

con previa conferencia de don Fernando, y Ortega ofrecía su grandioso «Goethe

desde dentro».

Conseguimos cierta acogida escèptica y benévola de Herrera, dimos por teléfono

el texto de unos

modestos carteles, y «¡tableau!», lo impreso y pegado decía: «Conmemoración del

centenario de

GOHETE.» Todo, hasta lo más pequeño, puede ser hoy lección.

 

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