Autor: Rubio, Francisco. 
   La querella de la socialdemocracia (I)     
 
 Diario 16.    03/03/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 6. 

La querella de la socialdemocracia (I)

Francisco Rubio

En un artículo anterior que se me salió de madre afirmaba que, a diferencia de

lo que con la derecha

ocurre, nuestra izquierda no tiene ningún modelo real que proponernos porque no

existe ningún modelo

real al que pueda adherirse sin reparos. Durante algún tiempo, años antes del

"cumplimiento de las

previsiones sucesorias" y cuando todavía estas previsiones parecían,

simplemente, un excesivo e

injustificado exceso de precaución, algunos sectores de nuestra izquierda

jugaron con la idea de los

modelos "tercermundistas". Bien sea por haber llegado al convencimiento de que,

pese a todo, no somos

un país del Tercer Mundo, bien sea porque los modelos que éste nos ofrece son

cada día más lamentables,

ese juego parece haber terminado y, con él, todo intento de referir el modelo

propio a una realidad

concreta existente en alguna parte del mundo.

Esta referencia se ha convertido más bien en un arma ofensiva frente a los

partidos socialistas y el Partido

Comunista, que consumen buena parte de sus energías en defenderse de los ataques

que con ella se le

lanzan. La derecha (incluido, naturalmente, lo que entre nosotros se llama

centro) exhibe como supuesto

modelo de los socialismos marxistas y del comunismo el poco edificante modelo de

la Unión Soviética; la

izquierda extrema, es decir, los grupos utópicos, califican a todos esos

partidos de socialdemócratas y los

abruman (o pretenden abrumarlos) identificándolos con la gris mediocridad de

cualquiera de los

socialismos que, en Europa o en América, ocupan desde hace años el Poder, sobre

cuyos pequeños pero

incuestionables éxitos se guarda, por lo demás, un absoluto silencio.

Frente a esos execrables modelos que la realidad nos ofrece, tanto los,

atacantes como los atacados apelan

a un modelo ideal, a un socialismo puro, autogestionario, plenamente compatible

e incluso maximalizador

de la libertad y del pluralismo. Absolutamente seductor, en definitiva, para

quienes se contentan con los

nobles propósitos y las bellas palabras, pero absolutamente vacuo para quienes

piensan que además, y por

encima de unos y de otras, la política exige ideas concretas acerca de la

realidad de la que se parte y de la

realidad a la que se quiere llegar, es decir, exige una teoría.

Principios inconciliables

Esta querella de la socialdemocracia se complica y agrava aún más por la

existencia en nuestro actual

panorama político de una serie de grupos que se autocalifican de

socialdemócratas y cuyo denominador

común es además de la posesión de una capacidad partenogenética que, sin ánimo

de ofender, cabría

calificar de cancerosa, el empleo de un concepto (frecuentemente sólo incoado)

de socialdemocracia que

prácticamente excluye de su ámbito a toda fuerza política que se proponga algo

más que administrar bien

la actual sociedad sin modificar sus estructuras y que, por definición,

convierte socialdemocracia y

marxismo en principios inconciliables. A veces también estos sedicentes

socialdemócratas utilizan

criterios de distinción que en rigor no permiten distinción alguna, pero a los

que se dota de eficacia por el

simple procedimiento de tergiversar o malentender la realidad. Decir, por

ejemplo, que la diferencia entre

socialdemocracia y socialismo consiste en que la primera sólo aspira a

conquistar el Poder por la vía

electoral, en tanto que el segundo está dispuesto a hacerlo por la violencia,

es, en el mejor de los casos,

incluir entre los socialdemócratas a todos los socialistas y comunistas

españoles y, en el peor, atribuir a

estos grupos una postura que en modo alguno proclaman.

Estas caracterizaciones son, sin embargo, sólo ocasionales. En la generalidad de

los casos, el criterio

decisivo es el del marxismo. Para los grupos de extrema izquierda, socialistas y

comunistas son

socialdemócratas por haber caído en la "prostitución electoral", en la que Péguy

veía "el envilecimiento

de un bello amor humano" y que esos grupos, que en apariencia hacen suyo el

anatema de Lenin contra el

"cretinismo parlamentario", consideran incompatible con el marxismo.

Pura tautología

Para quienes a sí mismos se llaman socialdemócratas, socialistas y comunistas no

lo son precisamente por

ser marxistas. Es evidente que, desde un punto de vista estrictamente lógico,

tanto unos como otros tienen

razón; pero igual de evidente es que esta razón no arroja ninguna luz sobre la

realidad porque se resuelve

en una pura tautología, cuya conclusión no hace más que explicitar la premisa de

la que se arranca. En

cualquier terreno que no fuese el de la política no valdría la pena perder el

tiempo con una simpleza de

este género. En el de la política creo que sí porque en la lucha política de

todos los países, y muy

especialmente del nuestro, existe una lamentable tendencia a sustituir los

argumentos por adjetivos y a

utilizar las palabras como si fueran sustancias reales y no meras voces cuyo

contenido semántico depende

de la definición explícita o implícita que de ellas da quien las emplea. Sobre

todo, claro está, cuando se

trata de palabras que en principio pretenden designar cosas tan complejas y

pluriformes como son las

ideologías políticas. Cualquier hombre o cualquier partido puede reclamar o

rechazar para sí el

calificativo de derechista, o de izquierdista o de socialdemócrata, sea lo que

sea lo que ese partido o ese

hombre pretenden. Basta con que previamente definan adecuadamente el adjetivo

que, en sentido positivo

o negativo, pretenden utilizar. Eso es cosa que nadie puede remediar y que,

desde luego, no intentaré

remediar yo. Lo que sí puede tener alguna utilidad es, tal vez, el intento de

determinar cuál es el

significado que, históricamente, se ha tendido a atribuir al término

socialdemocracia.

 

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