Autor: Rubio, Francisco. 
   La querella de la socialdemocracia (y II)     
 
 Diario 16.    04/03/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 8. 

La querella de la socialdemocracia (y II)

Francisco Rubio

Socialdemócratas se llaman, históricamente, los partidos políticos que se proponen la abolición de la

propiedad privada sobre los medios de producción y la sustitución de la sociedad capitalista por otra

socialista que supere la enajenación en la que el hombre de aquella sociedad vive inmerso, permita el

libre despliegue de las potencialidades de todos sus miembros, distribuya los bienes de acuerdo con el

principio "a cada cual según sus necesidades" y lleve, en último término, a la abolición del Estado, es

decir, "del gobierno de los hombres", que será suplantado por la simple "administración de las cosas". El

primero y más ilustre de estos partidos, el Partido Socialdemócrata Alemán, contaba entre sus filas, entre

otros nombres distinguidos, los de Carlos Marx y Federico Engels.

La utopía de estos partidos bastaba a diferenciarlos de todos los demás partidos de la época, fueran de

izquierdas o de derechas, englobados por los socialdemócratas bajo el apelativo común de partidos

"burgueses". Su carácter de "partido" era, por el contrario, el criterio que los distinguía del otro gran

movimiento revolucionario, el anarquista, coincidente en la utopía, pero enemigo radical de la acción

política, de la disciplina de partido y de la utilización, siquiera fuese con propósitos revolucionarios, del

poder del Estado, en el que los anarquistas ven, no el aparato de poder al servicio de la clase dominante,

sino el mal en sí, el mal puro y simple. Hay, por supuesto, otras diferencias (en lo que se refiere al agente

histórico de la Revolución, por ejemplo), pero ésta es, para nuestro propósito, la más preñada de

consecuencias.

Buscar la conciliación

La necesidad asumida de actuar como un partido más, en el marco del Estado existente, y, en

consecuencia, de ganar votos, lleva pronto a la socialdemocracia, en efecto, al difícil camino de buscar la

conciliación entre una ideología negadora de todo lo existente y las aspiraciones y deseos que

efectivamente existen, entre la negatividad de la razón y la positividad de lo real. Pese a su burocratismo

al ser los primeros partidos de masas los socialdemócratas son también los primeros modelos del partido

burocrático), la socialdemocracia intenta ser un partido abierto, cuyas decisiones brotan en último término

de la base y en cuyo seno existen en libertad diversas corrientes, esto es, modos diversos de entender la

ideología común. En el Partido Socialdemócrata Alemán, al que hay que volver siempre como modelo de

todos los demás, conviven, en su época más brillante, Bernstein, Kautsky, Ebert, Rosa Luxemburgo y

Karl Liebknecht, que ya es convivir.

Hasta comienzos de nuestro siglo, socialdemocracia y marxismo son, en definitiva, términos sinónimos.

Sólo a partir de ese momento y por obra, muy concretamente, de Lenin, comienzan a dibujarse dentro de

los partidos marxistas dos configuraciones diferentes: una que, en continuidad con lo hasta entonces

practicado, concibe el partido como una estructura abierta, democrática y empeñada fundamentalmente en

la lucha electoral y parlamentaria, y otra, la leninista, que pretende hacer de él una organización cerrada,

de revolucionarios profesionales para los que la actuación electoral y parlamentaria no es, en el mejor de

los casos, sino una actividad puramente secundaria.

Esta diferencia en cuanto a los métodos, no en cuanto al fin, es la que origina la escisión de la

socialdemocracia rusa en bolcheviques (la mayoría) y mencheviques (la minoría) y la que llevaria, a partir

de la Revolución de octubre y, sobre todo, a partir de la creación de la Tercera Internacional, a la

contraposición entre comunismo y socialdemocracia, a la que, desde 1921, cabe definir como la

organización política del marxismo no leninista.

Obligada a diferenciarse

En el medio siglo largo transcurrido desde entonces, la diferencia inicial no ha hecho más que ahondarse.

Al menos hasta muy recientemente, hasta la aparición del eurocomunismo. El marxismo leninista ha

evidenciado con el ejercicio del poder en la Unión Soviética y en los pueblos en donde, después de la

segunda guerra mundial, logró imponerse, que el revolucionarismo voluntarista que pretendía la igualdad

por la fuerza para llegar más tarde a la libertad es un camino que con toda seguridad no conduce a este fin

y que ni siquiera garantiza la igualdad.

La socialdemocracia, instalada en el Poder en muchos Estados europeos, se ha visto obligada a

diferenciarse para acomodarse a las exigencias de cada entidad nacional y no tiene hoy más unidad que la

puramente verbal de la denominación o la formal de la afiliación al fantasma de la Segunda Internacional.

No existe una socialdemocracia, sino un conjunto muy heterogéneo dé partidos que reclaman para .sí el

calificativo de socialdemócratas, pero cuya política es absolutamente dispar y que, en algunos casos (por

ejemplo, el alemán, con !a aprobación del Programa de Bad-Godesberg), incluso han renunciado al

marxismo como ideología inspiradora.

En esta situación, la querella de la socialdemocracia me parece la lucha por un término vacío, una pura

logomaquia en la que ninguna persona debería entrar.

 

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