Autor: Tusell, Javier. 
   La última oportunidad     
 
 Ya.    01/02/1977.  Página: 5-6. Páginas: 2. Párrafos: 5. 

Sin duda, todos los grupos políticos sometidos a una situación de obligada clandestinidad sufren una

transforma, ción más o menos grave, si no en cuanto a sus ideales más profundos, sí, en cambio, en lo que

respecta a «« ubicación en el contexto político. La forma de salir de esa clandestinidad y, en definitiva, la

manera de superarla, pues se trata de tina anormalidad a olvidar, pueden suponer para un partido político

nada menos que su posi~ "bilidad de subsistencia y desarrollo o la condena a la más absoluta esterilidad.

Este es, en mi opinión, el caso de la Democracia Cristiana en España, para cuya comprensión habríamos

de remontarnos a me diados de la década de los sesenta. Hasta aquellas fechas esta tendencia política.

gozaba de un indudable prestigio en los medios intelectuales y politicos, hasta el punto de que es difícil

encontrar en la actualidad alguna personalidad que no hubiera tenido que ver con ella en el pasado. A

partir de entonces un cierto replanteamiento a nivel universal de la Democracia Cristiana tuvo dos

consecuencias gravísimas: una desunión total, hasta el punto de, que las diversas tendencias se declaraban

prácticamente incompatibles y la radicalización hacia la izquierda de importantes sectores; todavía en la

actualidad el izquierdismo puede ser, parafraseando a Lenin, la enfermedad senil de la Democracia

Cristiana.

TODO esto era no sólo ex*• plicable, sino lógico hace un año y medio; que la situación no haya cambiado

desde entonces es intolerable, vergonzoso y autodestructivo. Hace un año y medio parecía haber pocas

esperanzas de un cambio decisivo en lo que respecta al rég\men franquista; la postura a adoptar debía ser

lograr la unión y, gracias a la tolerancia o semitolerancia existente, procurar crecer en términos

cuantitativos y en la formación de unos cuadros imprescindibles para el futuro, Como bien se, sabe, ni se

ha llegado a la unión de los grupos demócrata-cristianos de oposición al franquismo, ni se ha producido

tampoco un crecimiento significativo de sus afiliados. Desde mi punto de vista, la unidad y el crecimiento

están en este caso estrechamente vinculados en una especie de círculo vicioso. Los partidos no crecen

porque, ante el simpatizante, ofrecen una fragmentación que sólo puede desconcertar, pero al mismo

tiempo como, de momento, no son partidos de masas, están regidos sólo formalmente de modo

democrático. No es, por supuesto, qug exista una especie da caudillismo, pero evidentemente el peso de

determinadas personalidades es suficiente para producir un pronuncia miento en determinado sentido en

los temas importantes. De esta manera los incompatibilidades personales pueden cegar una tendencia

hacia la unión que con toda probabilidad triunfa» ría más fácilmente de existir un partido de masas,

EN el ínterin se ha producido, además, un acontecí´ miento de importancia decisiva: el triunfo de la

reforma.. Evidentemente no estamos to~ davía en un Estado democrático, pero nadie puede dudar

seriamente que vamos en camino de él. En consecuencia, todas las disquisiciones acerca de la. ruptura a

la que nos hemos dedicado en el pasado los grupos de oposición no tienen ahora sentido. Nuestra

obligación no sólo política, sino moral} era, en el pasado, ´ante la realidad de que ninguna dictadura habla

nunca evolucionado espontáneamente hacia la democracia> mostrar nuestra in* transigencia, ante quienes

se titulaban en ella demócratas cristianos. Ahora, en cambio, en lógico (e inevitable a plazo más o menos

largo) establecer, si no un pacto, si por lo menos una forma diferente de trato respecto de aquellos

elementos que, entrando en la composición de lo que se ha dado en llamar "franquismo sociológico", no

eran explícitamente antifranquistas o nan creído sinceramente en una evolución del franquismo liada, la

democracia., como, mal que non pese, ha acabado por suceder o está ya sucediendo. En realidad, como

prueba evidente de la inevita~ biltdad de este proceso, me basta con remitirme a hechos qite aparecen en

la prensa día tras día: en Valencia, un alcalde (y, por tanto, jefe local del Movimiento) ingresa en Unió

Democrática del País Valenciá; en Cataluña, la Unió Democrática se vincula con posiciones centristas; en

el País Vasco, el movimiento de los ayuntamientos por la. "ikurriña" y la autonomía hace pensar en una,

cierta simpatía da sus miembros por el partido nacionalista. Cabe discutir los términos de la mutua

relación todo lo que se quiera; lo que no cabe es no plantearse el tema, diciendo que no existe. Para

nuestra desgracia, esto es lo que parece haber sucedido.

LAS consecuencias estan a la ** vista. La incapacidad para la, unión, de un 1ado} y la mezcla, de otro,

entre un exceso • de ambición y una real impotencia han tenido como consecuencia la pérdida de la

iniciativa. Ante la reunión en Madrid del Buró Político de la Unión Europea Demócrata Cristiana

convendría, por tanto, que fuéramos capaces de asumir nuestros propios errores para subsanarlosf pues es

lo que verdaderamente caracteriza a los grupos democráticos. Es ésta, con toda probabilidad, nuestra

última oportunidad

. .

EN mi opinión, nuestra, única *** posibilidad para, recuperar en este momento la. iniciativa, con

realismo, pero sin cinismo, como hace días nos recomendaba en la prensa quien tiene la sabiduría política

para hacerlo, consiste en volver al punto de partida: convocar un congreso constituyente para nn nuevo

partido, con disolución de los preexistentes y a partir de la coincidencia común en una serie de puntos

básicos que permitieran la existencia de corrientes internas, como en cualquier partido demócrata

cristiano de la Europa occidental. Reconozco que la convocatoria tendría dificultades concretas muy

graves, pero si verdaderamente existe, buena voluntad por parle de todos serían subsanables. Como

mayores argumentos en pro de ta tesis que aquí se defiende me atrevo a esgrimir dos. Es, en primar lugar,

necesario para la propia democracia cristiana. Nuestro electorado existe en términos sociológicos cuantifi

Javter TUSELL

* * *

(Continua en pág. sigte.)

(Viene de la pág. anterior)

cables, pero no entiende los motivos de división existentes, Una democracia cristiana viable para España

debe tener consigo el prestigio moral y la sabiduría política de quien, con toda justicia, puede ser

califidado como patriarca de la oposición democrática española; el profundo deseo de transformación

social de quien goza, además! de una indudable vocación intelectual de altura; la capacidad técnica de

gestión de algunos de nuestros jóvenes y, en fin, la garantia de paz, estabilidad y orden que, aquí y ahora,

sólo pueden proporcionar quienes sinceramente han defendido la posibilidad de un tránsito sin traumas

entre el franquismo y la democracia. En segundo lunar, es está una obra no sólo de partido, sino

puramente patriótica. Cuando a diario tenemos sangre en las callesf ¿vamos a permitirnos prescindir del

gran poder de estabilización política que representa la democracia cristiana? Piénsenlo en conciencia

quienes tienen en sus manos la posibilidad de resolución. Pero, aun sin aludir a los recientes y

dolorosísimos incidentes, la verdad es que ningún centro tiene sentido en España sin una democracia

cristiana fuerte y unida. El llamado Centro Democrático en su versión actual se inclina demasiado a la

derecha y no pasa de ser un expediente de urgencia; a medio plago puede engendrar una monstruosa

inestabilidad gubernamental por su heterogeneidad. No sucederá asi si quienes queremos inspirarnos en la

ideología demócrata cristiana aprovechamos nuestra última oportunidad.

Javier TUSELL

 

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