Autor: Hernández Domínguez, Abel. 
   Salvar la democracia española     
 
 Informaciones.    29/09/1977.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 4. 

Salvar la democracia española

Por Abel HERNÁNDEZ

MADRID es, de un tiempo a esta parte, punto de cita de políticos extranjeros, parlamentarios y

financieros. Desde fuera se siguen con inquietud los primeros pasos tambaleantes de la democracia

española. La frase que repiten con sintomática coincidencia los políticos de los pueblos demócratas

europeos —ingleses, franceses, alemanes...— en sus contactos silenciosos con personalidades responsa-

bles en Madrid es: «¿Pero es que ustedes están locos?»

No les cabe en la cabeza que todo el inmenso esfuerzo para salir de cuarenta años de dictadura lo

arrojemos ahora por la borda y volvamos a las andadas. No entienden la frivolidad de los políticos y de

los parlamentarios, la condescendencia con movimientos terroristas desestabilizadores, la actitud suicida

de los sindicatos, las acritudes partidistas e infantiles, el descenso de la productividad, la falta de

confianza de los empresarios... No entienden casi nada. ¿Será verdad que estamos un poco locos?

Mientras tanto, empiezan a surgir poderosos movimientos de solidaridad en el exterior para salvar nuestra

frágil democracia. Esto sólo se puede lograr sacando a flote nuestra agónica economía. En fuentes

responsables de Madrid se confía en que un golpe de ola pueda desembarrancar nuestro barco. Lo que

pasa es que los que vamos,dentro del barco no podemos dedicarnos mientras tanto a pelearnos en cubierta

o a permanecer con los brazos cruzados esperando el «milagro». Con colaboración interior, habrá ayuda

exterior. Los pueblos libres -de Occidente no están dispuestos, en esta ocasión, a que nos hundamos con

todo el equipo.

Un consorcio bancario internacional está en la mejor disposición para ayudarnos. Intervendría capital

alemán, árabe y norteamericano, preferentemente, en inmejorables condiciones. Sería, en gran parte, un

dinero político, rentable a su debido tiempo. Los contactos, más o menos secretos, se suceden. En este

caso, no se trata de endeudarnos hasta las orejas, aunque este sea evidentemente el riesgo. Una especie de

«Plan Marshall» para España no es en estos momentos una quimera. Lo que pasa es que se nos exige un

mínimo de seriedad y de garantías. Lo más urgente en estos momentos es quizá liquidar el fantasma del

pesimismo nacional.

 

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