Autor: Sobrino, José A. De. 
 Incidente en un entierro. 
 Un pequeño grupo pretende monopolizar su amor a España     
 
 Ya.    01/02/1977.  Página: 6. Páginas: 1. Párrafos: 6. 

«INCIDENTE» EN UN ENTIERRO

UN PEQUEÑO GRUPO PRETENDE MONOPOLIZAR SU AMOR A ESPAÑA

Califica de traidor al que no piensa como ellos • Quiere alzar la bandera española en su asta, impidiendo

que los demás la levanten en la suya

LA semana pasada fue tan intensamente dolo rosa y emotiva que pienso que experimentamos, y además

algunos "sentimos", la necesidad de buscar y repartir algo de luz y de paz.

Ful al entierro de los tres guardias asesinados. Aunque no se había hecho una convocatoria popular, me

sentí obligado a Ir por la misma conciencia que me llevó hace unos días a presenciar el entierro de los

abogados comunistas. En ambas ocasiones se daba la identidad humana y cristiana con el dolor ajeno, asi

como el rechazo y condenación de viles atentados contra la vida. Pero en este caso había una razón más.

Los que habían muerto pertenecen a mi fe y a mi bandera. Eran defensores del orden, servidores del bien

público, con loa que tenemos contraída una deuda de gratitud. Fui al entierro, y bien sabe Dios, que

conoce la verdad y las intenciones mejor que ningún periodista, que procuré llegar hasta los féretros para

rezar un réquiem. Ese réquiem que pide la misma paz eterna al mismo Dios para todos los hombres.

De hecho no pude acercarme a los féretros. Y esperé. Por dos horas y media esperé bajo un cielo

alternativamente azul y lluvioso. Tenía ante mi un círculo de guardias portando coronas, recuerdo de

compañeros en la vida y en la muerte. Y detrás de mí y alrededor, el pueblo. Dolorido, respetuoso; unos,

evocando recuerdos; otros, comentando los sucesos. Alguien, mezclando ese grano de gracia y sabiduría

que sazona la conversación.

TARDABA más la ceremonia de lo que había supuesto, y cambié mi posición de primera fila por un

espacio más abierto. Entonces, un par de señoritas, aparentemente de clase .media y de unos treinta años

de edad, me reconocieron y se acercaron para expresarme su disconformidad con un artículo mío

publicado ya en la prensa: "Réquiem por unos comunistas". No les había gustado, y yo me mostré respe*

tuoso con su disidencia. Pero, conforme hablábamos, fueron levantando el volumen de la voz y

ampliando la temática del desacuerdo: les molestaba mi actitud, la de ciertos curas y la de Tarancón..., y

al pedirles yo que bajasen la voz porque estábamos llamando innecesariamente la atención, una de ellas

me replicó: "¿Pero es que se va a atrever usted a Impedirme que yo grite ¡Arriba España!?" Lanza el grito.

La gente se aproxima. Algunos, que ni siquiera sabían de lo que se trataba, clamaron: "¡Afuera, afuera!"

La señorita en cuestión gritó de nuevo: "¡Viva la Guardia Civil!" Yo respondí: "¡Viva!" A todo esto

crecía el tumulto y me vi rodeado de un gran círculo de espectadores, predominantemente guardias, que

nos observaban con perplejidad. Fueron creciendo los gritos de "¡Afuera, afuera!", y un alma piadosa—el

auténtico samaritano que nunca falta—me cogió del brazo y me advirtió: "Lo mejor es que usted se vaya."

Una Joven se Interpuso: "Usted ha venido aquí y tiene el mismo derecho que todos a quedarse," Me fui.

Lentamente. Aceptando mi retirada por amor a la paz y respeto a los muertos. Internamente dolido,

porque se me expulsaba de un grupo humano que estaba allí con las mismas razones por las que yo había

ido para unirme a un dolor, para mostrar una adhesión, para rezar.

PERO no; no era el grupo el que me expulsaba. Era el grupúsculo, que pretende monopolizar su amor a

España calificando de traidor al que no piense como ellos. Que quiere alzar la bandera española en su asta

Impidiendo que los demás la levanten en la suya. Que tal vez pretenden abrir el cielo y cerrárselo a los

otros. Que, finalmente, se atreven a gritar "¡Viva la Guardia Civil!", que es una afirmación que nos une a

muchos, en un grito de desafío para separarnos.

José A. DE SOBRINO

 

< Volver