Autor: Aguirre Bellver, Joaquín. 
   ...Y se sentó Xirinachs     
 
 Pueblo.    15/10/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 10. 

...Y SE SENTÓ XIRINACHS

Siempre el Senado fue la,, Cámara de la prudencia, del sosiego, de las buenas maneras y los protocolos.

Al Senado enviaban los partidos sus hombres de mayor edad,, sus proceres, que era la palabra para

designarlos en los discursos y en las reseñas periodísticas; mientras, al Congreso enviaban a sus hombres

de lucha, a ¡as maduros mezclados con los jóvenes, gente de impaciencia y ambiñon. Los términos han

cambiado el Senado es hoy más vocinglero y revuelto que el Congreso, mucho más. Ayer, durante el

debate de la amnistía, hubo momentos en los que sólo faltaron las partearlas para que, aquello pareciese

una manifestación callejera.

Mejor dicho, dos manifestaciones callejeras: de una de te cual podía salir de pronto un grito hiriente.

´¡Viva la clase obrera!», proferido por José Alonso, y otra desde la que un espontáneo, al que no logré.

localizar, podía preguntar a voces: «¿y lo de Paracuellos?» Recojo estas dos expresiones espontáneas

porque corresponden a los extremos de un calor ambiental agobiante. Y es que aquí, en el Senado, no

están los líderes, que apaciguan a sus gentes y someten la pasión a los imperativos de la estrategia. Si las

cosas siguen por este camino, el Senado puede convertirse en algo muy divertido y muy pintoresco: don-

de cada senador haga su propia guerra, convencido de que su sola voz interpreta los intereses del pueblo.

Temo al triunfalismo. Un periodista teme, sobre todo, al triunfalismo. Cuando ayer vi al Senado y al Con-

greso, toda la jornada, llenos de altisonancias de palabras importantísimas, de latiguillos y de tónicos sentí

temor por el ejercicio de mi actividad profesional. Y es que la labor del periodista se concreta en poner a

los politicos de cora o la realidad. Pero.

señores, ¿quién pone cara a la realidad al triunfalismo? Recuerdo lo difícil que me resultó, cuando

empecé a escribir estas crónicas, reducir a la anécdota a unos políticos que se empeñaban en salir en los

periódicos solemnes como estatuas ecuestres. Hoy debo decir que me dolería mucho tener que empezar

otra vez. En fin, que se están ustedes separando cada vez más de lo que la calle piensa y lo que la calle

quiere, que no va por ahí el asunto. Un tema tan importante como la amnistía, amigos senadores, amigos

diputados, necpsitnba todo menos´ un castillo de fuegos artificiales.

Un estupendo orador en el Congreso Arzfllus; un breve y rotundo omdor en Pl Sonido Virtir*?.. Los >ír)-

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Pese a los grande* anlau-ffoí con aue nú orfailtimnción fue acogida en las dos Cámaras, la amnistía no

acaba de satisfacer: a unos, porque temen, que se constituya en impunidad y nueva violencia; o oíros,

porque les habría gustado que fuera más amplia. Todos, sin embargo, expresaron su deseo de que sirva

como base firme de reconciliación.

Hay un síntoma a favor, y es que, por fin, se -sentó el reverendo padre Xirinachs, tras anunciarlo

solemnemente en su discurso:

—Señores: Me voy a sentar.

Un murmullo de alivio recorrió la sala. Ciertamente, ya estábamos incómodos todos ´con el autocastigo

del-padre Xirinachs. empeñado en cumplir de pie una penitencia pro amnistía con el espíritu de un

mercedario redentor de esclavos. Bueno, incómodos estamos no sólo por eso. sino porque la sala del

Senado parece una invención diabólica contra todo intento de diálogo democrático. Ni presidente, ni

senadores, ni periodistas, ni nadie están a gusto aquí. A lo mejor, cuando la Cámara traslade su sede a la

plaza de la Marina, el Senado pasa a una actitud más tranquila, quién sabe. Pero a lo que iba: el padre

Xirinachs, sentándose, ha encamado el primer augurio de que la reconciliación será un hecho. Amén.

La anécdota de la jornada, sin embargo, no hay duda, fue el beso que el Presidente mejicano, señor López

Portillo, dirigió a La Pasionaria, en un gesto tan impensado que provocó el estupor de la gente. Sobre

todo, de las periodistas, que desde nuestra tribuna no vemos a doña Dolores y tardamos un rato en caer en

el hondo significado de aquel beso volandero, sencillamente por no adivinar a quién iba dirigido. Bonita

lección política la del Presidente mejicano, aunque me temo que no sea fácilmente aplicable aquí.

Recomienda López Portillo que se hagan las leyes como si todo estuviera bien, porque de esa forma la

gente se estimulará, y un día las cosas llegarán a estar bien, aunque sea poquito a poquito. Aquí, señor

Presidente, sospecho que la gente le pide a las leyes otras cosas. Pero, de cualquier forma, gracias por la

lección y por el beso.

Joaquín AGUIRRE BELLVER

 

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