Autor: Figuero, Javier. 
   La mesa de concentración     
 
 Arriba.    19/10/1977.  Página: 11. Páginas: 1. Párrafos: 3. 

LA MESA DE CONCENTRACIÓN

Empiezo la crónica con dolor de estómago. Entiendo la afirmación como un acto inequívoco de

sinceridad para con mis dos o tres millones de lectores que quizá ellos nunca me agradecerán. Ingratitudes

parejas de sus fieles confesaron desde Cervantes a Sartre otros famosos. Mas no desisto por ello de

adentrarles en mi propia fisiología: tengo una bola aquí, que me hace la puñeta. Analizo, pues, la dieta en

un acto de sincero racionalismo: ¿La tortilla? ¿Las albóndigas?... Me Inclino finalmente por las tres

votaciones del Congreso. Ininterrumpidamente, machaconamente, despiadadamente. Una decisión que

será censurada como un intento de hacer una justificación económica de mi propia virtud. Allá cada

quisquí, en todo caso ya estaba yo cansado de que el único virtuoso del Congreso fuera López Rodó.

Porque puede que, en efecto, todo el diagnóstico se reduzca a eso: el soportar impertérrito —¡para lo que

pagan a uno!— las tres larguísimas votaciones. Un empacho.

No se cuál de los numerosos teóricos, ¡qué asco de memoria!, atacaba conjuntamente al parlamentarismo

y al periodismo, por considerarlos «la medida por los cuales se eleva la bestia del rebaño». Más claro, por

las que se hacen ídolos con . pies de barro. Pues bien, como diría Carrillo, a mi no me duelen prendas para

reconocer que se puede hasta llegar a estar de acuerdo con un totalitario. Y es que, yo creo que ayer fue el

día de «el parlamentario anónimo». A mí cada vez qué veía a uno de esos diputados que dormitan

plácidamente en las sesiones, que nunca tendrán la oportunidad de acercarse al oratotio, que éso queda

para las primeras series de cada «cuadra», cada vez, ya digo, que los veía allí, en, la gran tribuna

dispuestos a votar, como Castelar u Olozaga, la verdad, me entraba algo de ternura. Era como si de pronto

les llegase la oportunidad de sacarse la foto bajo la mesa presidencial, y luego hacerla un marco. ¡Qué

quieren, uno es un sentimental!...

Tras las tres «larguísimas» votaciones, España, como ha venido a decir Alvarez de Miranda, tiene una

mesa de Congreso que responde, por fin, a las aspiraciones dé! pue.blo. Los políticos siempre quieren que

el pueblo cargue con la culpa de todo. En realidad, e] presidente ha hablado de «pulso democrático», pero

yo no quiero insistir en el término, porque, después de lo de! dolor de estómago, acabarán ustedes

pensando que entre mis muchos «negros» está también Flórez Tascón. El presidente, al final, para

compensar la monotonía precedente, se ha soltado un apretado discurso. Un discurso :que se ha traído

escrito de casa, porque el juego parlamentario tiene la ventaja de que sabes también cuándo vas a ser

presidente antes de que acabe la película, sólo que en vez de enterarte por el motorista te enteras por el

recuento de votos. Un discurso que ha leído fuerte y con urgencia, quizá para que ningún imprevisto le

impidiese llegar a esa bella «simbiosis de libertad y democracia» a que se ha referido. La mesa, por su

parte, con su comunista y todo, con su aliancista y todo, ha aplaudido unánimemente las palabras de su

superior. Para ser el primer día parece que eso de ¡a «mesa de concentración» funciona. Algunos

sonreirán sócarronamente por el éxito. Aunque a lo mejor era un detalle caballeresco para con la dama.

Victoria Armesto puede hacer buena cualquier teoría.

Javier FIGUER

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