Autor: Campmany y Díez de Revenga, Jaime. 
   La bolsa de refranes     
 
 ABC.    28/10/1977.  Página: 11. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

La bolsa de los refranes

CINCO horas de discursos —todos para justificar el «sí» al pacto— ha debido soportar el señor

Letamendía hasta que ha tenido oportunidad de gozar el éxtasis democrático de expresar el único voto en

contra. El señor Letamendía es diputado vasco, por la provincia de Guipúzcoa. Y además es algo así

como un partido unipersonal. El señor Letamendía está en contra del «pacto de la Moncloa». El señor

Letamendia ha salvado el tradicional individualismo insolidario de Celtiberia y le habrá amargado la

noche al bueno de don Esteban Bilbao, que le estaría mirando, con dulce reprobación, desde el sueño de

los justos, en espera de una nueva y democrática unanimidad. Cuando el honorable Josep Tarradellas

desde su despacho de la Casa de los Canónigos, se haya enterado del acontecimiento, tal vez hará dicho

para sus adentros: «Lo que yo decía. Algunos de estos vascos son pactistas del terror.»

Antes de que el señor Letamendía se pusiera en pie como nn voluntario único para esperar el diluvio sin

meterse en el Arca, el señor presidente del Gobierno había hablado. Don Adolfo Suárez se trajo al

hemiciclo un traje azul marino, aquel traje de los domingos, y su tono de sobria solemnidad, de

trascendente sencillez. Ya saben ustedes que, cuando habla don Adolfo Suárez, siempre parece que va a

terminar diciendo: «Y ahora, daos la paz.» Y seguramente esa sería la mejor síntesis de su discurso. Un

discurso integrador, pacificador, encantador, prometedor, esperanzados Ni una sola palabra afilada. Ni

una sola alusión polémica. Ni una sola concesión a la retórica ni a la ironía. Un discurso correctamente

vestido de azul marino.

Ayer tarde nadie citó a, Plutarco, nadie citó a Robespierre nadie citó a esos economistas de famosos

Informes. Creo que el único orador que se acogió a una cita fue el señor Revenios, don Joan, de los

socialistas de Cataluña, que citó a su señor abuelo. El abuelo del señor Reventos fue ministro de Hacienda

y en ocasión tal vez parecida, a la presente pronunció, en el mismo hemiciclo donde hablaba ayer tarde su

nieto, esta frase perentoria: «O los demócratas acabamos con la crisis, o la crisis acabará con la

democracia.» Al comienzo de su disertación, U vez dura y ruda del señor Reventós nos había obsequiado

can un diagnóstico estremecedor: «Esta es la crisis general del capitalismo.» Y más tarde nos dio el aviso

de que, a veces, estas crisis están provocadas por el capitalismo para aprovecharlas en su propio

beneficio. O sea, que uno, sólo aprendiz de política y ni siquiera monaguillo en economía, se quedó sin

saber s4 era el capitalismo quien debía acabar con la crisis o era la crisis quien había acabado ya con el

capitalismo.

Con todo, el señor Reventós logró entretener un poco a la afición, que andaba adormilada con el aperitivo

de dos discursos profesorales. Don Enrique Fuentes Quintan» había leído un discurso denso, sólido,

doctoral. Y el señor Sanche* ATUSO, del P. S. P. y catedrático de la Universidad de Valencia, además de

paisano mío, como ese Saavedra Fajardo * quien me dicen que en una sesión anterior le concedió la

palabra, el señor Alvarez de Miranda, había leído otra discurso profesoral con voz de opositor aplicado.

Así que cuando empezó a hablar don Santiago Carrillo las palabra* claras y llanas, esas coplas de Mingo

Revulgo que se trae al Parlamento el jefe comunista, fueron recibidas como agua de mayo. Entre burlas y

veras, el señor Carrillo, después de aceptar totalmente, «y no a medias» la responsabilidad del Pacto,

vapuleó con su humor socarrón a sus dos adorables enemigos: el Gobierno y el P. S. O. E. Habló de los

«retoques del Gobierno» que andan en rumores; pidió que los ministros se bajaran un poco el sueldo;

aludió a los hombres de Harrelson y a la «huelga de inversores»; dijo que el pueblo habí» votado el 15 de

junio no por el socialismo, sino por el cambio democrático, y metió la mano en la bolsa de los refranes,

como hacía en televisión don Joaquín Calvo-Sotelo, para decirles a los socialistas que siempre estaban

presumiendo de ser d-e izquierdas porgue «dime de lo que presumes y te diré de lo que no tienes». Y la

Cámara le aplaudió. La Cámara excepto, naturalmente, los socialistas. La U.C.O. sí A la U. C. D. en el

fondo le gusta que don Santiago Carrillo se meta con el Gobierno. No pescan en el mismo río.

Sonrió don Santiago y se fue al Club Siglo XXI a seguir con lo suyo. Desde su escaño, don Manuel Fraga

salió también en la misma dirección. Pero los dos llegaron a tiempo de escuchar a don Felipe González,

porque mientras hablaban allí sobre el enrocemunismo. don Laureano López Rodó pronunció el discurso

más duro contra el Gobierno y más escéptico sobre el Pacto de todos cuantos se pronunciarían en la tarde.

Mientras hablaba el ex comisario del Plan de Desarrollo, su anti-adversarlo de tenis, don Adolfo Suárez,

sonreía en su escaño con un gesto benevolente que quería decir algo así como que no iba A subir a la red.

Pérez Llorca, por U.C. D., Intervino con brevedad y con precisión, porque los protagonistas del Centro en

esta sesión eran otros. Y don Jordi Pujol pronunció un discurso lleno de sensatez, de sentido común y de

ese humor indirecto y lejano que a. veces usan los catalanes. El Partido Nacionalista Vasco, por boca del

señor So-dupe, también se unía al Pacto por lo mismo que se unían todos: por poner el ínteres general por

encima del interés de partido.

Y. por fin, don Felipe González sabio a la tribuna .y metió, también él, la mano en la bolsa de los

refranes. Sacó el mismo que había sacado antes don Santiago. «Dime de lo que presumes y te diré d« lo

que no tienes.» Y por eso el Partido Comunista tenía que presumir constantemente de democrático. El

pueblo español había votado por el «cambio democrático», efectivamente, y subrayaba con voz seria y

grave lo de democrático, y por eso las urnas habían dado los resultados que dieron: » cada cual los votos

qiut se merecía. Don. Felipe González, en la solemnidad del Pacto, aplicó los primeros palmetazo» de la

democracia parlamentaria en los nudillos de don Santiago Carrillo. Y le aplaudió toda la Cámara. Toda la

Cámara excepto, naturalmente, los comunistas.

Al terminar, «1 señor presidente del Congreso tomó sos papeles y se levantó. Se levantaron también, sus

señorías. Pero el señor presidente se volvió a sentar para levantar la sesión. Levantada que fue la señora

sesión pudimos levantarnos todos. — Jaime CAMPMANY.

 

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