Autor: Delgado, Alberto. 
 Desde el Parlamento. 
 El largo y cálido pleno del Senado     
 
 Arriba.    11/11/1977.  Página: 11. Páginas: 1. Párrafos: 17. 

Viernes 11 noviembre. 1977

DESDE EL PARLAMENTO

EL LARGO Y CALIDO PLENO DEL SENADO

Los informadores parlamentarios vamos a tener pesadillas durante una larga temporada con el proyecto

de ley de regulación de las relaciones Gobierno-Cortes, a efectos de la moción de censura y del voto de

confianza. Nada menos que cinco veces, cinco, se ha debatido este proyecto de ley, dos en el Congreso,

tres en el Senado. Ayer, al fin, se aprobó, no sin repetidas intervenciones de los miembros del grupo de

progresistas y socialistas independientes, con otras tantas réplicas de representantes de UCD y otras tantas

intervenciones de la Ponencia.

Escuchamos al señor Satrústegui defender «con complejo de inferioridad», según sus palabras, la

posibilidad de que el Senado modifique los acuerdos del Congreso. ¿Por qué no estrenamos el

procedimiento de la Comisión mixta?, se preguntaba. Y le replicaba el señor López Henares:

—No debemos tener un propósito obsesivo de propósito de enmienda, y enmendar por enmendar.

En el artículo siguiente, el señor Navarro Esteban comenzó, líricamente, con una referencia a un

chambelán narrado por Víctor Hugo. En el artículo quinto, el señor Villar Arre gui se lamentaba de la

ausencia en esos momentos de los senadores reales, miembros de la Real Academia, para que atestiguaran

la horrorosa redacción dada al precepto. Y luego lanzó una clara acusación, mientras abría y cerraba los

dedos de la mano izquierda, con esa oratoria tan peculiar:

—Hemos aceptado la filosofía del «como si...».

Cerrábamos los ojos, y nos rejuvenecíamos unos días, en los debates de la Comisión. Los argumentos de

los señores Martín-Retortillo y Villar Arregui eran similares a los de la Comisión. Las réplicas del señor

Nieves Borrego eran, más que similares, idénticas. Hasta volvió a emplear la hermosa frase de que el voto

de censura y la cuestión de confianza eran como dos caras de una misma moneda. Y de forma similar, o

idéntica, o como ustedes quieran, los votos particulares (antes enmiendas), de los senadores progresistas y

socialistas independientes eran derrotadas una tras otra. Y ellos, inasequibles al desaliento, seguían con

sus argumentos. Por un momento pensamos que el debate era una especie de pesadilla que podía no

terminar nunca. Pero el presidente, señor Fontán, sometía, imperturbable, una y otra propuesta a votación,

uno y otro artículo a probación. Y, casi exhaustos, llegamos al ultimo texto, qne se aprobó por

asentimiento, no por agotamiento, como creyó entender alguien a mi lado.

Pero todavía estábamos lejos del final. Faltaban siete hermosos proyectos de ley de créditos

extraordinarios. Empezamos por la Rente: el señor Damas Rico, en defensa del crédito, nos habló, con

una lentitud exasperante, de los esfuerzos de Renfe por mejorar su productividad, vía a vía, kilómetro a

kilómetro. Nos habló del aprovechamiento de la tonelada-kilómetro en China, para demostrar que los

chinos aprovechan mucho peor la tonelada-kilómetro que Renfe; pidió una ley básica de ordenación del

transporte, para terminar advirtiendo a los senadores:

—¡El futuro de Renfe depende de nosotros!

El señor Alonso, que era también ferroviario, abrumado por la exposición del señor Damas Rico, optó por

decir, en tres palabras, que el grupo de socialistas y progresistas votaría a favor. Y cosechó agradecidos

aplausos de sus compañeros, que quizá esperaban otra disertación sobre el aprovechamiento de la

tonelada-kilómetro en Afganistán.

Para abreviar, pues el tiempo pasaba, y el calor era agobiante en la ´sala, el socialista señor Ramos expu-

so, en una sola intervención, el criterio del grupo sobre los siete proyectos de ley. Unos porque eran ne-

cesarios, otros porque eran inevitables, mal que bien, pero en el de Trasmediterránea... la postura del

grupo era abstenerse para que fuera a la Comisión. Y lo consiguió. De paso expuso la postura del grupo

en relación con las empresas públicas, que deben • dar ejemplo, y acabó tirando un «viaje» a los

administradores del Presupuesto, que son los mismos hombres de la etapa anterior, pero ascendidos, se-

gún sus palabras.

Así que el crédito de Trasmediterranea naufragó, por el momento, que se llegó al de Hunosa, defendido

vi. brantemente por el señor Alonso Vega, que tras señalar:

—Todos^estamos cansados, todos tenemos ganas de acabar...

Añadió:

—Estoy defendiendo nuestros bolsillos de españoles.

El tiempo pasaba. Las cinco horas reglamentarias de debate se consumían. Los senadores se cansaban. Y

lo malo de cansarse no es que se durmieran... era que se podían marchar, y entonces no había «quorum»

de dos tercios para aprobar ios créditos.

El señor Cañada defendió un crédito de Educación y quiso hablar de política educativa, pero el presidente

le llamó al orden, para que abreviara, y entonces pasó páginas de su discurso, e improvisó frases tan

bellas como ésta:

—Vengo de una región en que hasta los ríos emigran...

Pero ios que emigraban eran los senadores. Y se prorrogó la sesión. Y se consiguió «quorum» por los pe-

los. Al terminar, pasadas las diez y media de la noche, parecía que ya daba comienzo el Pleno de hoy.

Alberto DELGADO

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