Autor: Aguirre Bellver, Joaquín. 
   Parábola de las puertas     
 
 Pueblo.    16/11/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 10. 

PARÁBOLA DE LAS PUERTAS

Por Joaquín AGUIRRE BELIVER

PERMANECIÓ impasible mientras se trataba el tema, aguardó todavía unos instantes, para no dar la

impresión de que se retiraba de la sala por encontrarse incómodo, compuso luego la más ancha sonrisa, se

levantó, se ajustó la chaqueta y salió por entre los bancos andando firme, deportivamente. Me atrevería a

decir que nadie se apercibió y mucho menos se dio por enterado de aquel gesto. Sin embargo, miren

ustedes por dónde, a mí me sirve, como entrada en la crónica sobre la reunión que tuvo ayer la comisión

de Asuntos Exteriores, la retirada diplomática de don Gregorio López Bravo.

Fue largo el turno de críticas al régimen anterior. Yo creo que deberían reglamentarlo, sí, ponerlo en el

Reglamento, lo mismo que hay un turno por alusiones o para las cuestiones de orden o para explicar el

voto. Al no estar instituido, cada cual entra a matar, cuando le viene en gana y es un lio. primero, porque

el régimen, posterior ya está muerto, y segundo, porque llega un momento en que no se sabe cuál es de

verdad el tema que va a tratar el orador. Digo que fue largo el turno susodicho, y añado que fue prolijo,

dado que hubo oradores que si. condenaron al franquismo, pero no lo suficiente y entonces o no de forma

lo bastante explícita, con lo cual se produjeron debates muy curiosos, con petición, por ejemplo, de que el

presidente de la comisión, señor Camuñas, abundara más todavía. El señor Camuñas abundó V asi, otros

cuantos. Como, también, por ejemplo, Raúl Morodo. que se trabucó y en vez de decir que el franquismo

practicó una «diplomacia cerrada», dijo «democracia cerrada». En seguida le salieron al paso, osta voz un

catalán, muy ocurrente por cierto:

— Me tema que el señor Morodo ha hablado de democracia refiriéndose al franquismo, y eso..., eso

necesita una explicación.

JVlorodo se explicó, no faltaba más.

£ López Bravo, el ministro de Asuntos Exteriores que se lanzó a la apertura, ¿recuerdan ustedes?, estaba

allí. No tengo que esforzarme mucho para verlo en circunstancias más incómodas aún. Sin ir más lejos,

cuando tuvo que soportar un informe de más de una hora, a cargo de don Blas Pinar, en condena integral

de sus relaciones con el Este. ¡Qué tormenta, señor! Ya saben ustedes lo que es don Blas cuando está

inspirado, y aquella tarde lo estaba, no hay duda.

Con motivo de nuestra petición de ingreso en el Consejo de Europa, la ocasión parecía pintiparada, en la

sesión de ayer, y se dijo todo lo que había que decir, y más. No pude por menos de pasarme todo el rato

pensando lo que López Bravo estaría reflexionando sobre todo aquello. Principalmente hubo un instante,

cuando, dentro de su discurso, el representante del PSOE, Miguel Ángel Martínez, dijo:

— Nosotros nos honramos en haber estado presentes en el Consejo de Europa, junto con otros grupos,

contribuyendo a que se mantuvieran cerradas las puertas a España, en tanto no fuese democrática.

He ahí la cuestión: unos tratando de abrir y otros forcejeando por cerrar. Se me antojó que, de. pronto, en

esa imagen estaba compendiada la dramática historia de España de casi dos siglos. ¿Quién tiene la razón?

Me resulta casi imposible la respuesta; además, empiezo a pensar que no se trata de quién tenga la razón

en cada caso, sino un dramático sino que hace que siempre que un español quiera abrir una puerta se

tropiece con otro español empeñado en cerrarla. En política, amigos, no «o pregunta quién tiene la razón,

sino quién manda. La sabiduría popular dice que es suficiente.

Pocas veces le he visto mejor planta de diplomático a López Bravo que cuando desfilaba ayer entre los

bancos de la sala.

Hubo otras anécdotas, como la del señor que no se levanta de su asiento cuando quería que la votación

fuera unánime. «Unánime, por favor, unánime», repetía Ruiz Navarro, y de pronto empieza todo el

mundo a recelar que no es que vote en contra ni que se abstenga, sino que sea un ciudadano de otra

galaxia, llegado allí sabe Dios cómo. Porque, con la mano sobre el corazón, digan ustedes a quién se le

podía ocurrir, ayer, no votar unánimemente el ingreso de España en el Consejo de Europa. Por lo visto se

trataba de un diputado curioso, y. como las cosas no están para curiosidades, le rogaron que se ausentara.

Se alísenlo no con todo el rango de un ministro de Asuntos Exteriores, como López Bravo, sino con los

colores en la cara, corrido por su despiste.

Y hubo también otras cosas que merecerían entrar en esta crónica, como, por ejemplo, la personalísima

forma de saludar a los amigos que tiene el presidente de la Comisión de Asuntos Exteriores, Ignacio

Camuñas, oue parece que está saludando a una muchedumbre de «fans» Poro esto sería muy largo y

mejor será tratarlo en ocasión menos apretada de espacio.

 

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