Autor: Campmany y Díez de Revenga, Jaime. 
   La jaula y el contubernio     
 
 ABC.    17/11/1977.  Página: 13. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

La jaula y el "contubernio"

EL señor presidente del Congreso suela conceder diez o quince minutos de cortesía a los diputado antes

de abrir la sesión. Así, llegan los retrasados; los puntuales bullen y cabildean por el bar y los pasillos, y

los de las esperanzas cortesanas pueden saludar a los ministros. Ayer, el señor Alvarez de Miranda tardó

tres cuartos de hora en ocupar el sillón de la presidencia. No es un retraso excesivo. Después de tantos

años de espera, ¿qué significan cuarenta y cinco minutos de retraso en adherirnos al Consejo de Europa?

Pero los periodistas nos preguntábamos: «¿Qué pasa hoy?»

Nos enteramos en seguida. Pasaba que los socialistas querían formar una Comisión de investigación y

encuesta sobre el estado de la* prisiones. Y además, proponían incluir el tema en el orden del día. ¿Se

Incluye? Se incluye. Había acuerdo y todos los señores diputados votaron a favor, menos los de Alianza

Popular, que se levantaron para abstenerse. Y entonce* el señor Canyella* ya pudo hablar de k» del

Consejo de Europa, que en principio iba a ser el único plato del día.

El señor Canyellas, don Antón, tiene la virtud incorruptible de adormecer al respetable. Deja caer las

palabras como un repiqueteo de lluvia. A mí me recordaba aquellas lecturas balbucientes y escolare* del

«Quijote», o esas respuestas de los examinandos inseguros que se atracan en una palabra y la repiten

varias veces en espera d* que él profesor le* haga la caridad de darles un empujoncito para la

continuación. Daban ganas de apuntarte, pero el señor presidente tiene prohibidas las manifestaciones

desde las tribuna*. Lo curioso es que, cuando pronuncia discursos —que de alguna manera habrá de lla-

marlos—, el señor Canyellas tiene los pápele* delante, y a pesar de ello no «abe seguir. Europa se merece

un poco má* de elocuencia, aunque quizá España se merezca también algo más de esos diez puesto* que

nos han dado en el Consejo. ¿Sólo diez puestos? Pues que hable el señor Canyellas.

Mientras el señor Canyellas llueve sobre el hemiciclo, algunos señores diputados se entretienen con

diversas lecturas desde sus escaños. Los más aficionados a matar con la lectura los tedios parlamentarios

son los diputado* de la izquierda. Ya se conoce el tradicional horror de algún sector de la derecha tanto a

la descortesía como a la lectura. Desde la tribuna de Prensa, a vista de pájaro, en el mejor sentido de la

palabra (que luego explicaré el otro), veo cómo los diputados socialistas entran en el Consejo de Europa

leyendo los periódicos de la tarde, mirando los «monos» de los «Fórrenta años» de Forges o admirando

los refrescantes desnudos de alguna* revista* ilustradas. Un señor diputado, ya entrado en años, examina

atentamente el anuncio de unos progresistas calzoncillos de colore*. Cuando don Antón Canyellas

termina su ejercicio de lectura, entramos por unanimidad en el Consejo de Europa y nos adherimos a la

Convención para la salvaguarda de loa derechos humanos y a la Convención Social Europea. (Aplausos.)

Don Femando Alvarez de Miranda habla de este esperado —tan largamente esperado— triunfo de los

demócratas Hiropefstaa. Don Fernando pone un poco la emoción que no había puesto don Antón, y

habla de los partidos y de los hombres que habían puesto su esfuerzo y habían sufrido represalia* por

alentar el europeísmo. Citó el nombre claro y querido de Dionisio Ridruejo, y sonaron, espontáneos, los

aplausos. Y tuvo un recuerdo para el «contubernio» de Munich. De alguna manera, España ha empezado

a cruzar las puertas de Europa.

Pocos ministros en el banco azul. Faltan 01 presidente y los tres vicepresidentes. Está, desde el principio,

don Landelino Lavilla, porque se va a hablar de las cárceles. Martin Villa —que luego escucharla el pri-

mer elogio que dedica el Congreso a la* Fuerzas de Orden Público por boca del comunista Solé

Barbera— escribe «deberes» en su agenda de trabajo. Llega Garrigues, con un aire indolente, casi de

huelguista. Aparece Pío Cabanillas, vestido de gris perla, con un traje como de rejuvenecimiento cultural.

El señor Sotillo es un Joven diputado socialista. Explica, con esa seguridad reservada sólo para los

jóvenes, lo que debe no ser y lo que debe ser la Comisión de encuesta del estado y situación de las

cárceles. No se trata de controlar ni vigilar al Gobierno. Se trata de intentar descubrir las causas de los

motines y disturbios en la* prisiones, que vienen creciendo desde hace cinco años. Y de proponer

soluciones. El señor Solé Barbera es catalán y comunista. Anuncia el voto a favor de ta propuesta, pero

antes se lamenta de que el señor Alvarez de Miranda no ha citado a los comunistas entre los del

«contubernio». El señor Alvarez de Miranda abre los brazos como diciendo: «A mí se me reprocha hasta

cuando no me equivoco.» El señor Vázquez, de U.C. D., también habla a favor, pero aclara que esto nada

tiene que ver con dar falsas esperanzas a los presos. Y el señor Fraga, tranquilizado con tales

aclaraciones, anuncia que también va a votar a favor. Fraga cita a doña Victoria Kent y a Kelsen, y se

sabe de memoria eso de que en los candados de las cárceles de Genova estaba escrita la palabra

«libertas», porque la defensa de la libertad requiere candados.

Ayer estuvo a favor incluso el señor Le-tamendia. Pero el señor Letamendia tiene la manía de que haya en

las cárceles meno* Individuos de ciertos sectores y más de otros. Por ejemplo, podría haber más

banqueros. Porque hasta ahora no hemos tenido más que a don Ramón Rato. Y explicó que no basta con

dorar la Jaula para meter al pájaro. Que lo que hay que hacer es no hacer pájaros para meterlos luego en la

jauta. Al fin y al cabo, el» señor Letamendia no tiene por qué ser Vicente Aleixan-dre. Y lo que tienen

que hacer sus señorías es arreglar lo de las jaulas. Digo lo de las cárceles—Jaime CAMPMANY.

 

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