Autor: Rubio, Francisco. 
   Un tema para la negociación     
 
 Diario 16.    31/01/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 5. 

Un tema para la negociación

Francisco Rubio

Durante unas pocas semanas, la opinión pública del país, quienes, con mayo o menor fortuna, intentamos

ayudar a su ilustración, e incluso quienes la dirigen, hemos vivido en una especie de delicioso nirvana

decimonónico y levemente anglosajón, apasionadamente preocupados por el contenido de la próxima ley

Electoral, las indispensables modificaciones de las leyes de Asociación y de Reunión, las técnicas

jurídicas mas adecuadas para resolver el problema de las nacionalidades o el futuro de los funcionarios y

de los bienes de la Organización Sindical. Seguramente habrá excepciones, pero salvo en el País Vasco

(en el entrañable País Vasco del que ahora, de pronto, tan cercanos nos sentimos en Madrid), estas

excepciones eran muy escasas.

La violencia brutal de los últimos días nos ha devuelto a la realidad durísima de nuestro país y nuestra

época, a la realidad descarnada de la política, que no es sólo cuestión de normas y principios, sino

también de hombres y de fuerza, de sangre y de voluntad. Los problemas jurídicos no son falsos

problemas, pero aquí y ahora no son los primeros, porque puede no haber elecciones, ni derechos

fundamentales, ni sindicatos libres ni autonomías. La aparente coincidencia de propósitos entre Gobierno

y oposición, discordantes sólo en matices ideológicos y en consideraciones tácticas, nos había hecho

olvidar que el problema del cambio político no es un problema académico de cambio formal en las

estructuras formales de poder, sino un conflicto trágico entre quienes quieren el cambio y quienes, por

todos los medios, están dispuestos a resistirlo y que, como en todas las tragedias, al fondo está la muerte,

sostén último de las decisiones del poder y último recurso de quienes se le enfrentan, la que da su pathos

especifico a la política. Los recientes asesinatos e incomprensibles secuestros (alguno tan absurdamente

no reciente) nos colocan de nuevo ante el meollo de la cuestión.

El cambio en paz

Es claro que, pese a asesinatos y secuestros, sigue siendo posible el cambio en paz, en el que

fervientemente creo. Pero igualmente claro es que si esta pobre sociedad española no ha de volver a la

oscura jungla primigenia en la que todos luchan contra todos, el Estado ha de afirmar con eficacia el

monopolio de la fuerza frente a quienes recurren a la fuerza para oponerse a la voluntad abrumadoamente

mayoritaria de nuestro pueblo. Para monopolizar el uso de la violencia no basta, sin embargo, con

quererlo; hay que poder, son necesarios los medios. Todo discurso serio sobre nuestro presente político ha

de tener como centro el problema infinitamente complejo de los instrumentos de la violencia estatal y

legítima y especialmente, aunque no sólo de ellos se trata, de la Judicatura, del Ejército y de la Policía.

De ningún Ejercito cabe pedir simpatía para las corrientes políticas intemacionalistas y pacifistas, como

de ninguna Judicatura que no aplique con rigor la Ley o de ninguna Policía que no tenga una visión

hobbesiana del mundo. Estas instituciones se enfrentan con el lado más negro de las sociedades humanas

y los hombres que la integran no pueden ignorar las hostilidades feroces entre los individuos y los grupos

o la presencia activa de la maldad, ni caer en la pueril comodidad de anteponer siempre la benevolencia a

la dureza justiciera. Estos son lujos civilizados de los que sólo el resto de los ciudadanos, a costa del

sacrificio de aquellos, podemos gozar. Sin su presencia y su acción, no es posible la sociedad civil, frente

a la cual están condesados a vivir, sin embargo, en permanente tensión. Este es un problema eterno y

universal (en definitiva, el problema de la dialéctica poder-libertad), pero no nuestro problema más

urgente, aunque no esté de más aludirlo para recordatorio de los jóvenes progresistas, tan propensos a las

visiones idílicas, e incluso de ciertos intelectuales no tan jóvenes, cuya elevación a las alturas del ideal

sólo se logra, frecuentemente, mediante el ilegítimo olvido de la vileza de lo real. Nuestro problema

inaplazable es el de la situación concreta que estas instituciones tienen hoy entre nosotros, al término de

cuarenta años de dictadura.

Jueces, policias y soldados

España necesita en esta hora difícil a sus jueces, sus policías y sus soldados, pero a lo largo de cuarenta

años, el reclutamiento y la formación de estos servidores del Estado se ha hecho a partir de una

concepción en la que éste se identificaba, no ya con una ideología, sino con una mentalidad, con la idea

que del Estado se hacia el titular único de su poder. Seguramente muchos han trascendido esta limitación

inicial, pero también seguramente existen otros para quienes es objetivamente imposible servir con lealtad

a un Estado en el que, razonablemente, ven encarnada la negación de todo aquello a lo que consagraron

sus vidas. Un Estado nuevo, en el que la soberanía corresponde al pueblo y el poder esté objetivado no

puede sancionar a nadie por haber sido lo que se le exigió ser, pero tampoco ignorar su inadecuación para

el presente, ni el entorpecimiento o la erosión que en su presencia origina en unos instrumentos más

indispensables que nunca. Para la solución de este problema, el más grave de los planteados y que de

ningún modo puede dejarse a un futuro Gobierno, no cabe recurrir a ninguna ciencia hecha o por hacer,

sino sólo al patriotismo y al talento político de los hombres del Gobierno y de la oposición, que tal vez

debieran abordarla como primer tema en su negociación.

Hasta pronto

Por exigencias de su dedicación universitaria, Luis Núñez Ladeveze va a interrumpir la actividad

periodística que ha venido desarrollando en estas páginas de opinión. D16 quiere dejar constancia de su

reconocimiento a este profesional que en la difícil etapa inicial de nuestro periódico ha dado continuas

muestras de su competencia y preparación. Deseamos a Núñez Ladeveze, que seguirá colaborando en

estas páginas, muchos éxitos en las tareas universitarias a que ahora va a dedicarse.

 

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