Autor: González Muñiz, Antonio José. 
   La máquina parlante     
 
 Ya.    16/12/1977.  Página: 12. Páginas: 1. Párrafos: 11. 

ACOTACIONES A LA SESIÓN

La máquina parlante

El presidente de la Comisión de Presupuestos del Cangreso, señor García Añoveros, anunció minutos

después de las diez de la mañana: "El señor ministro de Educación y Ciencia tiene la palabra para

informar sobre "los gastos presupuestarios de su Departamento." En este punto y hora el señor Ca-vero

Lataillade no es que comenzase a hacer uso de la palabra; es que se dijo, sin decirlo, algo así como: "Voy

a hablar cuanto quiera."

Un día, allá en los Estados Unidos, una señora, durante una recepción, le dijo a una amiga: "Voy a

presentarte a Tomás Alva Edison, el inventor del gramófono." Dicho y hecho. "Mira—dijo la señora a su

amiga—, te presento a nuestro gran inventor Edison, que ha conseguido la máquina parlante."

Con un fino sentido del humor y con mucho más de modestia, Edison se excusó con estas palabras:

"Perdón, señoras. Yo no he inventado Ja máquina parlante; ésta la inventó Dios, y es la mujer. Yo lo

único .que he hecho es inventar la máquina .parlante que se puede detener cuando uno quiera." Si el señor

Edison hubiese estado ayer en la Comisión, hubiera dicho: "La máquina parlante es el señor Cavero Latai-

llade, y no la mujer´´.

• PorqUe cuando el señor ministro de Educación y Ciencia llevaba hablando tres cuartos de

hora—lo presupuesto era media hora—, comenzaron las angustias del presidente de la Comisión,

señor García Añoveros. "¿Cómo detengo yo, con toda cortesía, el raudal de palabras supersónicas que

está .pronunciando el señor ministro?" Y se puso a meditar muy preocupado, a ver si hallaba la-solución.

• "Voy a aprovechar una pausa del ministro", se dijo el señor García Añoveros. El señor ministro no

hacia ninguna pausa fonética en su oratoria. Desconsuelo en el señor presidente. "A lo mejor—meditaba

el señor García Añoveros—el señor ministro siente necesidad de beber un poco de agua y en ese

momento le corto la, oratoria." El señor ministro no necesitaba beber agua.

• "¿Y si el señor ministro necesita consultar algún papel para dar unos datos y mientras los busca le

quito el uso de la palabra?", se decía el atribulado señor García Añoveros. El señor ministro no necesitaba

buscar ningún.papel para encontrar dató alguno, que se los sabía muy bien y los lanzaba a sus señorías

con fuerza de dardos.

• El señor García Añoveros sudaba; el ministro hablaba y hablaba, rebatía enmiendas, las glosaba,

sacaba conclusiones nefastas de aceptarse, planteaba arcos iris encaiiitadores en caso de rechazarse—

como así ocurriría—, y en esa oratoria en en latifudio, el señor Cavero Lataillade estaba feliz, - contento,

exhuberante. Y cuando menos lo esperaba el señor Gajrcía Año-veros, el señor ministro cesó de hablar.

Eran más de las doce del mediodía.

• ¿Hay algún valiente señor diputado que se atreva a -mantener sus enmiendas después de haber

escuchado al señor ministro? Sus senarias quedaron desmoralizadas en el orden presupuestario. Los

señores Gómez Llórente (socialista}, Lopes Bravo (Alianza Popular} y Tamames (comunista), haciendo

un esfuerzo heroico, se atrevieron a hacer algunas preguntas.

• Con el miedo justificado de quien entrega un revólver a un niño, el señor García Añoveros entregó

el uso de la palabra al señor Cavero Lataillade. "Por favor, sea breve, señor ministro", suplicaba con

lágrimas legislativas el señor García Añoveros. Y ante el asombro del propio señor .Cavero Lataillade, el

señor Cavero Lataillade, fue breve, conciso, y además pidió, perdón por haberse extendido tanto, y

tanto, y tanto la vez anterior.

• Besultado práctico: No hubo modificación en los presupuestos del Ministerio de Educación y

Ciencia. No habría—pese a cuanto se habló el resto de la mañana y en la tárde^— modificación alguna

en las demás secciones presupuestarias, salvo en una. Quitar cinco mil millones de pesetas de los planes

provinciales, que iban a distribuir los Gobiernos civiles, y dar esa facultad distributiva a las Diputaciones

y entes preautonómicos. No hubo más.

9 Inútil era que socialistas y comunistas derrochasen tanto ardor oratorio como el señor Cavero Lataillade

en defender sus enmiendas. Inútil era porque los diputados centristas votaban en contra. Siempre eran 18

votos en contra de las enmiendas y doce a favor. Así, mañana, tarde y parte de la noche; la razón, del

número sobre razones orales. A las (lies de la noche se hizo el silencio. La Comisión había dejado

dictaminados, en dos sesiones,^ los más altos presupuestos del Estado español.

A.J.G.M.

 

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