Autor: Herrera, José Luis. 
 Cortes. Crónicas parlamentarias. 
 la decadencia de la monserga     
 
 Informaciones.    24/12/1977.  Página: 4. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

CRÓNICAS PARLAMENTARÍAS

LA DECADENCIA DE LA MONSERGA

Por José Luis HERRERA

UNO tiene cinco lectores Seles: su propia mujer y cuatro amigos que también merecían serlo, pero con

los que uno no ha podido Segar a mayores por simples razones de orden técnico. Y estos cinco benditos,

de Dios saben .Que uno repite con cierta insistencia la palabra monserga. Por lo «pie será necesario

aclarar que no se trata de una manía, « monserga, propia, sino que obedece al hecho de que al español que

se descuida le están llenando de monsergas de «olores sin la menor consideración. Porque monsergueros,

más o menos egregios, no faltan ni son capaces de estarse quietos.

Hay, empero, monsergas y monsergas. Unas, sustanciales; otras, históricas. La monserga, sustancial es

aquella que no puede dejar de serlo por muy temprano que se levante. La histórica, por el contrario, pudo

haber sido algo respetable, espléndido y hasta glorioso; pero cuando se pretende resucitar inútilmente lo

que tuvieron sus cenizas, resulta que se nos queda convertido en una simple monserga. Una pirámide, por

ejemplo, puede ser una monserga estética; pero nunca histórica. Por el contrario, la momia de cualquiera

de los miembros de la distinguida familia Ramsés se nos vuelve monserga en cuanto nos pongamos a

jugar con ella a los prohibidos. Para decirlo de un modo quevedesco, la monserga sustancial es la que ni

siquiera tiene cenizas. La monserga histórica, aquella cuyas cenizas no tienen sentido.

Ayer, como en una película, vimos en el Congreso la decadencia de la monserga, ya fuera históriea, ya

sustancial. Y no parece mala cosa para terminar el año. Decir, por ejemplo, que una discusión peregrina,

acerca de la constitución de una comisión en la que la abrumadora mayoría estaba dé acuerdo, era cosa

que empañaba la solemnidad de un Pleno dedicado á los presupuestos, es, evidentemente, una monserga

sustancial. Pero la pretensión de convertir el Pleno de ayer en la reunión urgente de la permanente de las

Cortes en julio de 1936; la oratoria, magistralesca y maragata —es decir, de canónigo magistral de

Astorga y de los años veinte— de la que hace gala el señor Gómez Llórente, y el descubrimiento del «tro

Carrillo son .tres monumentales monsergas históricas que nos lian pretendido resucitar.

Había un carrillo evangélico: aquel .que había que poner cuando nos daban en el otro. ¿Será tan auténtico

el acercamiento entre el catolicismo y el marxismo? ¿Resultará el Partido Comunista de España tan homi-

lético? Porque no cabe duda acerca de lo que en un Carrillo habían recibido. Y nos pusieron otro Carrillo

conciliador de gesto y conciliar de Nicea, que se estaba camelando a la mayoría de lo más

retrecheramente. Pero lo que ha resultado una antigua novedad es la aparición de este Carrillo para el

Apocalipsis, que amenaza a don Manuel Fraga con ganarle la próxima guerra civil que, a juicio de la

sibila, se empeña el señor Fraga en desencadenar.

La contestación del mentado señor Fraga desde su Sinaí domiciliario no ha resultado, por el contrario,

ninguna novedad. Dada la laboriosidad, la fecunda laboriosidad del señor Fraga, huelga decir que no se ha

movido del sagrado monte de les rayos, los truenos y la ley ni para pasar un .fin de semana. La única no-

vedad sería, para don Emilio Castelar, la comprobación de que después de la réplica del señor Fraga, ni

Dios resultaba tan grande en el Sinaí ni el señor Castelar tenia nada que hacer junto ai señor Gómez Lló-

rente; que coincide con don Alfonso Guerra —él gran y añorado silente de la sesión— en tener tela, sino

que la del señor Gómez Llórente, de poro marinera, es de las que trajeron los emigrantes de Tiro y de

Sidón.

Pero ni el señor Carrillo parece destinado a ganar ninguna guerra, ni el señor Gómez Llórente a ser

nombrado orador de Notre Dame de París, ni el señor Fra^a tiene tan anchas las espaldas. Aunque no lo

pareciera, lo único ancho, lo único brillante y lo único sagrado que se vio pasar dorante las des primeras

horas de sesión en el Pleno de ayer fueron tres magníficas monsergas históricas que, aturdidas acaso por

su propio estruendo, empezaron a decaer cuando acababa de hablar el señor Pérez Llorca. Pasmosamente.

Perqué el señor Pérez Llorca es la negación del parlamentario histórico. Lógicamente. Porque el señor

Pérez Llorca tiene el sentido de lo. que es un parlamentario vivo. Y porque su postura estaba cargada de

razón —y no falta de astucia—, mientras que la de los grandes porteadores de las monsergas históricas

estaban tan cargadas de ira como desasistidas de sentido de la realidad. Cuando vino a decir a la múltiple

oposición que su grupo quería haberles evitado el estrépito dé sus monsergas, uno recuperó el calendarlo

y el reloj.

Un parlamentario histórico se diferencia de un parlamentario vivo en que el histórico no se ha percatado

de la invención de los micrófonos y los megáfonos,´mientras que el otro, despreocupado, por los efectos

especiales propios, aprovecha divinamente los efectos especiales de la acústica de que dispone.

No cabe hablar de monsergas menores. Las de alto coturno, alto vuelo y alto voltaje emprendieron el

descenso de la cumbre, arropadas por el jersey montañero del señor Letamendía, aceleradas por la voz de

fagot parsimonioso del emplazado ministro del Interior., Un son y un timbre que yo creo que pueden

resultar, para la monserga, irreparables. Sobre todo si, como ayer, se dejan de monsergas y cuentan

cuantas son dos y dos.

 

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