Cortes: Así, no     
 
 Arriba.    24/12/1977.  Página: 7. Páginas: 1. Párrafos: 3. 

CORTES: ASI, NO

CADA Pleno del Congreso nos sorprende o quizá ya no nos sorprende con una ferocidad básica,

absolutamente primaria. Si por diferentes episodios o actuaciones de vez en cuando nos llegan signos de

una mayor civilidad entre los grupos políticos y los atisbos de una constructiva convivencia, basta esperar

al próximo Pleno para comprobar que nuestros políticos no acaban de concluir con éxito el ejercicio de la

reconciliación. Y en nombre de la reconciliación, una y otra vez, se retrotraen cuarenta años atrás con un

frescor de memoria que no perdona y una pasión beligerante animada de furia. En torno a la creación de

una comisión de encuesta para elucidar las causas, comportamientos y actuaciones que se sucedieron en

los sucesos de Málaga y Tenerife, se han desplegado intervenciones de diputados intensamente

intemperantes, acidas y agresivas. No parece el espíritu, ni la actuación de unos políticos que quieren

saber la verdad. Antes de conocer el dictamen de la comisión ya han interpretado los hechos y las causas,

emitido su diagnóstico, hallados los culpables y avanzado las soluciones. El orden público es el gran tema

pasional que divide a nuestra clase política y cada sector hace gala de indignación o de pontificación o

ambas galas al tiempo. Sin duda el orden público y la templanza necesaria para vivir un tránsito, no sólo

político sino moral, social y cultura!, no va a verse favorecido con las intervenciones flamígeras de

algunos diputados que por serlo son personas con calidad responsable. Desatar la ira y las invectivas en

torno a la guerra civil --Señor, una guerra civil que nunca acaba, que sólo afecta a una minoría de

españoles y que ocurrió hace cuarenta años—no parece la mejor disposición para encarar e! porvenir tan

mudable y tan crítico, repleto de tremendos desafíos para este bendito país que no pierde la esperanza.

El orden público no depende sólo de la actuación de las fuerzas de seguridad, sino del estado general de

"conciencia y responsabilidad de muchos agentes, de muchos sectores. Entre ellos los políticos. Usar la

tribuna par. lamentaria para injuriar a otros grupos políticos es grave. Tanto más si se quiere o se cuenta

—o no se quiere, pero es inevitable— producir efecto sobre los resentimientos y la desconfianza de las

respectivas clientelas. Los conceptos y las filosofías pueden ser radicalmente antagónicos, pero el

lenguaje no puede permitirse el vituperio. Porque el vituperio exhiba» un estado de espíritu

antidemocrático. La más importante función del Parlamento no es la de enmascarar las tensiones, pero sí

testimoniar que las diferencias y antagonismos encuentran una serena vía de desdramatización.

Intemperancia e imprudencia. Revivir la guerra civil y extenderse en consideraciones sobre la bandera

nacional son dos modos estúpidos y devastadores de arruinarlo todo. Primero porque aquella guerra no

puede ser nuestra guerra y la de nuestros hijos, no puede ser la constante del pueblo español. La mínima

sabiduría es enterrarla piadosajnen. te y en silencio. Segundo, porque poner en cuestión símbolos que

conciernen a la comunidad nacional entera es una forma de patrimonialización altamente peligrosa. En el

te. rreno dialéctico se desencadenan actitudes que niegan a la comunidad, cuando realmente sólo se

combate una óptica de la comunidad. Y esas imágenes son trágicas. Tanto que nos hemos creído y hemos

actuado como si hubiera dos Españas. La democracia puede convertirse en una cariátide desfigurada si no

la vivimos con devoción, con exquisito cuidado y con sosiego. Un sistema político vale no por sus

excelencias teóricas, sino por su aptitud para generar sentimientos e inclinaciones de respeto, diálogo e

igualdad. Cuando nuestros políticos se parezcan más a nuestro pueblo real dejarán de comportarse como

provocadores de desórdenes públicos, conteniendo un verbo tan irresponsable y excitador de violencia.

 

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