Autor: Múgica Herzog, Enrique . 
 La bandera de todos. 
 Profunda y compartida permanencia     
 
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Profunda y compartida permanencia

Por Enrique MUGICA HERZOG

Secretario de Relaciones Políticas del P, S. O. E.

UNA bandera puede ser signo diferenciador, expresión de una identidad compartida, símbolo

de una tradición asumida y de un futuro solidario... e incluso, para algunos, la cobertura de una

sensibilidad totalitaria y discriminatoria para cuantos no piensen como ellos.

Cuando la nación a la que representa es problemática, también lo es la adhesión que suscita.

Cuando aquélla se encuentra, adecuadamente integrada, nadie pone en entredicho la

universalidad representativa de la bandera. No hay pueblos que hayan dejado de pasar por

tales peripecias. La de ías barras y estrellas, ante la cual se presenta como paradigmático el

saludo de la mano en el corazón, fue impugnada por los Estados del Sur al alzar ia enseña

confederal en su rebelión esclavista. La que hoy pasea los colores de Francia no fue acatada

por todos hasta casi un siglo después de que la Revolución la empuñara con arrogancia; y se

dice que en la década de los 70 del pasado siglo, e! conde de Chambord, entre otras razones,

no consiguió restaurarse como monarca al empeñarse en mantener la blanca con flor de lis.

En este nuevo período de la historia española abundan las razones para superar los viejos

interrogantes, que intelectuales egregios se plantearon sobre el propio ser de la nación: ¿Qué

es España? ¿Qué misterio se esconde en su esencia? ¿A qué se debe la crispación que ha

recorrido la vertebral columna de su quehacer en el tiempo?

Pero ahora no se trata de suscitar metafísicas difíciles o científicas disquisiciones con el fin de

explicar los supuestos que nos marginaban de la modernidad a la, que fueron accediendo los

distintos países occidentales, sino de afirmar que ya la hemos alcanzado, y proceder

en consecuencia. La modernidad sobreviene cuando 1os hombres, dejando de ser subditos

para convertirse en ciudadanos, convergen en algunos principios fundamentales que han de

ser subrayados por constituir el entramado de la insoslayable convivencia. Tales son: la

libertad; la democracia; el respeto al semejante; la tolerancia como talante colectivo; el

comprender que nadie está en posesión de la Verdad, sino de verdades parciales y

complementarias; el mantenimiento de las coincidencias con pluralidad y de las discrepancias

sin desgarramientos. Entonces el ámbito de nación se trasciende en sentimiento de patria

común e indivisible de todos ios hispanos, y los símbolos adquieren su pleno sentido, al ser

reconfortadoramente interiorizados en cada uno y colectivamente manifestados por todos.

Cuando los ciudadanos hacemos ´nuestros esos símbolos, sin titubeo alguno; cuando los

convertimos en representativos del patrimonio espiritual y social al que debemos tener acceso

por el mero y definidor hecho de ser españoles; y cuando esos símbolos que son la bandera, el

himno y ´la Jefatura del Estado son asumidos plenamente, y respetados sin tacha, un hecho

fundamental suce^ de en ja historia de cada pueblo: el configurarse, definitivamente, como

nación y, por tanto, la certidumbre de su permanencia no es alterada por las naturales

diferencias de las distintas opciones de las clases y grupos sociales enraizados en aquélla.

Es legítimo pensar que por primera vez en la historia de la España moderna este hecho ha

acaecido: la bandera roja, amarilla y roja; el himno en su música; y Ja Jefatura del Estado bajo

la forma de monarquía constitucional, son asumidos por la inmensa mayoría de los españoles.

A un margen de la amplísima convergencia se emplazan grupúsculos fanáticos, iluminados o

erráticos, sin mañana posible. AS otro, asimismo, grupúsculos, que confundiendo patriotismo

con la ceguera sectaria y afincados en arcaicas nostalgias, pretenden ahuyentar el

amedrentamiento que les produce la actual claridad de la España concillada, colocándose la

bandera en el ojal o bian-diéndola en la mano como símbolo mínimo e irrisorio de unos pocos

contra casi todos. Afortunadamente estos casi todos nos hemos apropiado del sentido

¡ntegrador que la bandera encierra. Y para siempre.

Es bueno recordarlo cuando celebramos juntos e! día del Homenaje a la Bandera,

la Semana de las Fuerzas Armadas, para subrayar que los honores cotidianos dedicados por

´los soldados a aquélla to son a la nación por ella representada honda y expresivamente, y

adquieren emocionada intensidad porque cada día la bandera recuerda e! juramento o

promesa inicial de derramar, si preciso fuera, la sangre en defensa de los vajores que

simboliza. Pero también es gustoso precisar que nadie debe monopolizar, porque a todos nos

atañe, el compromiso que en torno a la enseña suprema nos congrega, pues la complacencia

con que es contemplada se abre paso igualmente desde el uniforme que desde el atuendo civil.

Quiero terminar estas líneas evocando un paisaje jienense en el que posó fa cálida certeza de

cómo la nación española había alcanzado la plenitud a través de la sugestiva aceptación de

sus símbolos diferenciadores. Hace urtos días, mis compañeros socialistas de Begíjar, un

pequeño pueblo en las cercanías de Baeza, me invitaron a inaugurar su nueva Casa del

Pueblo. A lo ancho de la fachada flameaban tres banderas, la del PSOE, la de Andalucía, y en

el medio, en el lugar preferente, la roja, amarilla y roja de España. En el interior del recinto y

sobre la cabecera de la mesa presidencial, estaba fijado en la pared un marco sobrio y

transparente con la imagen de los Reyes Don Juan Carlos y Doña Sofía.

Cuando uno sabe la colectiva historia pasada y ´los du ros y amargos periplos personales de

los veteranos militantes que junto a los jóvenes allí se arracimaban, es cuando se puede llegar

a comprender que la Patria expresada por aquellos símbolos ha llegado, ¡al fin!, a convertirse

en profunda y compartida permanencia.

 

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