Autor: Amón Hortelano, Santiago. 
 La bandera de todos. 
 Roja y gualda: popular y progresista     
 
    Página: 21-23. Páginas: 3. Párrafos: 17. 

La bandera de todos

ROJA Y GUALDA: POPULAR Y PROGRESISTA

Por Santiago AMON

EN la cuenta aproximada de las ciento cincuenta y tantas banderas que, con tutela o sin ella, representan

actualmente a los Estados más o menos soberanos, la de España es la única entonada en la exclusividad

del rojo y el amarillo, bordeando aquél a partes iguales (dos cuartas partes, exactamente) la franja central

de éste. Raras son las banderas que hacen ondear dichos dos colores exclusivos, con la particularidad,

cuando ello ocurre, da que el rojo reviste carácter sustantivo (o sustantivo-ideológico), cumpliendo al

amarillo la condición adjetiva de escudo o signo emblemático (Unión Soviética, China, Afganistán,

Vietnam, República del Congo...). Cabe añadir, a mayor abundancia, que la bandera de Bután conoció,

bajo alguno de sus protectorados, el rojo y el amarillo dispuestos en diagonal, y que la antigua de

Vietnam era una especie de senyera con sólo tres barras.

Combinados con otros colores, el rojo y si amarillo aparecen en diversas bands-ras (con el verde en once,

con el azul en seis y con el negro en cuatro), constituyendo en la nuestra absoluta excepción, como digo,

su estricta relación bicolor. Nada más fácil que reconocerla, encendida y vibrante, en el repertorio

desplegado de todos los otros pabellones. También tuvo carácter excepcional la instaurada por la Segunda

República (ninguna, en efecto, de Jas actuales utHiza el color morado) y doblemente excepcional seguiría

siendo, de haber perdurado, la que de mayor tradición goza entre todas nuestras enseñas: la blanca con

cruz roja de San Andrés (que Juego pasaría a serlo de Borgoña), proclamada por Fernando III, en 1236,

para ceíebrar la conquista de Córdoba y la festividad {día de San Andrés) •>">> tuvo lugar.

Desde una consideración genérica y numérica, el orden prelatorio de los colores es el que sigue: aparece

el rojo en 114 banderas; el blanco en 93; el azul en 66; el amarillo en 53; el verde en 52, y en 24 el negro.

Queda claro, así las cosas, que son Jos colores primarios los que, junto al blanco, se llevan la palma,

correspondiendo a´l verde, dentro de los complementarios, alguna aceptación y, a veces, plena

autonomía (Zaire, Mauritania, Dahomey, Comoras y Arabia Saudita), y viniendo el negro a cerrar la

cuenta de las prioridades heráldíco-soberanas. De ´lo dicho, también se desprende que la combinación

más frecuente es Ja d-etermi-nada por el rojo, el blanco y el azul. En ella se da el fundamento de las que

uno juzga, por variopintas razones, banderas arquetipicas (Gran Bretaña, Estados Unidos y Francia) y de

las que la de España, como luego veremos, resulta muy gallardo parangón.

Rojos, blancos y azules componen el pabellón británico. Las cruces de San Jorge y San Ratricio

frontalmen-te fundidas y enlazadas dia-gonalmente por la de San Andrés, concentran en un puño el signo

de los reinos de Inglaterra, Irlanda y Escocia (Gales es un principado de Inglaterra), desplegando a ios

cuatro vientos la idea tmperial de la Corrtmon-wealth. Su ondear impone respeto {alguien ha dicho que

invita a doblar la cerviz) y de su riguroso diseño dijé-rase que brotan por sí mismas las notas solemnes dal

God save the King. Basada sn el mismo cromatismo, \a de los Estados Unidos nos trae súbitas

sugerencias ilúdico-circenses: las barras dispuestas a la redonda e instaladas en la carpa las estrellas con-

figurarían &\ circo ideal, acrecentado el espectáculo con la pegadiza musiquilla, y sin más, de dichos dos

símbolos. La de Francia, análogamente tricolor, parece como si llevara -impreso un signo de distinción

(algo tiene de bandera de club náutico) que no acaba de concordar con el rebelde compás de la

Marsellesa.

Arquetípioas son estas tres banderas por su proporción cromática y por el influjo, sobre todo, que han de

ejercer en las demás. Solamente una, la nuestra, ofrece un contraste, arquetípico también, y ¡(a causa

misma de todo un parangón que junto a ellas la lleva a integrar y definir, a juicio mío, la gran tetralogía

heráldica. Tíñese su triple franja en los dos colores más calientes y provocativos del iris hasta ©I extremo

de apagar inequívocamente el fulgor de cualquiera de las otras cuando con ellas compite en la recepción

callejera de alguna relevante visita. En contraste con su rango privilegiado (•el rojo o gules va a la cabeza

de ila nobleza heráldica, y el amarillo u oro es representación del primero de los metales), la bandera

española delata, a simple golpe de vista, una condición eminentemente popular. Coinciden en ella la

sacralidad litúrgica y el festejo" llano (el Corpus y Ja verbena) y sin ella sería de;! todo inimaginable el

esplendor de los toros, el derroche de la bien llamada fiesta nacional. Es una bandera, dicho en el más

puro lenguaje taurino, cíe bandera.

Al margen de la honorabilidad de sus símbolos respectivos, las banderas de todos ilos países dan pie, ape-

nas vistas y cotejadas, a interpretaciones entre ingenuas y peregrinas. Las hay, digamos, sanitarias: blanca

con círculo rojo y roja con cruz blanca, las de Japón y Suiza nos remiten al emblema de algún simposium

del gremio o a la llamada del Socorro internacional. Otras ostentan un claro acento ecologista: la de

Canadá, con su hoja recién traída del bosque, y la del Líbano, con su cedro en perpetua floración. El rojo

y ©1 verde, rigurosamente contrastados (Portugal), nos hacen recordar ios ejercicios escolares en torno a

los colores complementarios o a estimar su contraste con la efusión de la luz si entre ellos media el blanco

(Italia, Irlanda, México y Hungría). La de Corea del Sur adquiere un extraño aire olímpico y ´la de Nepal

parece duplicado banderín de cuestación en pro de no sabemos qué damnificados.

La sistemática cruz latina horizontalmente dispuesta y la diversidad de los colores de sus distintos y

concretos destinatarios (Dinamarca, Suecia, Noruega, Finlandia e Islandia) se nos aparecen como los

diversos grados honoríficos de una misma condecoración o encomienda u orden militar de tiempos de las

Cruzadas. Algo, por su parte, tienen de alfombras mágicas las banderas de los países islámicos, y no poco

de congregación mariana aquellas (Argentina, Honduras, El Salvador, Uruguay, Nicaragua, Nauru y San

Marino) que se entonan en blanco purísimo y azul ¡inmaculada, con cruz (Grecia) o con estrella (Israel y

Somalia). Las banderas, en fin, de Checoslovaquia y Yugoslavia se •"•vtoian transplantadas

de Hispanoamérica a Centro-europa, entrañando ¿a de Andorra (azul, amarilla y roja) su vecinal

condición entre España y Francia.

Desde esta misma angula-ción, >la bandera española adquiere un matiz contradictorio según ondee ©n la

ceremonia representativa o se multiplique en cualquiera de sus muchas manifestaciones populares. En el

primer supuesto el lustre de la seda de raso acentúa ©í privilegio heráldico de sus dos colores. En el

segundo caso, y a favor del tafetán tradicional, del percal liviano, de la modesta muselina, del tosco

muletón o retor o tela de colgadura con tantos cosidos como rotos..., se hace, de inmediato, santo y seña

del pueblo Mano y de su más genuino festejo. ¿Hay verbena imaginable o procesión concebible... o

tenderete ferial o tiro al blanco o mesa petitoria o meseta de toril o puestos dominguero... sin el flamear

intermitente y dominante, entre guirnalda y farolillo, de la ensena nacional? Tratan hoy los políticos de

hacerla popular, en buena hora y tras errores de todos sabidos, sin percatarse de que ya luce, y muy a Ja

vista, en la faz misma del pueblo y de sus manifestaciones más espontáneas.

Para dar con su historia basta con dirigirnos a la esquina del siglo pasado; que hasta entonces, y con toda

la carga de su ayer glorioso, no tuvo España una bandera definitiva ni siquiera definida. La de mayor

abolengo y tradición más comprobable sería, según quedó apuntado, ila blanca con cruz roja de San

Andrés, que luego (¿en tiempos de Canlos I?) pasó a adornarse con Jas aspas de Borgoña para ser

finalmente suplida, y tras no pocas incidencias que aquí se probará a resumir, por la actual roja y gualda.

Ocurrió ello al cabo de la primera guerra carlista, dándose la curiosa circunstancia (a tener muy en cuenta

por quienes desde posiciones progresistas parecen o se dicen disconformes con ella) de que fueron los

propios progresistas (el gobierno, concretamente, que bajo el reinado de Isabel H sucedió al del general

Espartero) quienes declararon bandera nacional la gualdirroja, quedándose con la de las aspas rojas sobre

fondo blanco los defensores de la tradición a ultranza o tradícionalistas propiamente dichos.

La primera bandera oficial que tuvo España coincide, pues, con la actual. Así fue declarada por decreto de

15 de octubre de 1843, bajo el reinado, según dije, de Isabel II y con el ya mencionado gobierno

progresista. Hasta entonces no puede decirse que hubiera otra enseña nacional que el Estandarte Real, con

su correspondiente escudo de armas. La llegada de la Casa de Borbón impone a los ejércitos (únicamente

a los ejércitos) el empleo de la enseña dinástica: la tantas veces citada bandera blanca con ´las aspas de

Borgoña. «Es mi voluntad •—reza la disposición dictada por Felipe V en 1707— que cada cuerpo traiga

la bandera coronela blanca con la cruz de Borgofta, según esttlo de mis tropas». Con posterioridad (17 de

marzo de 1734) se dispuso que cada regimiento usara tres banderas, blancas las tres: la coronela con el

escudo real, y Jas otras dos con >la cruz de Borgoña, pu-diendo emplearse en sus remates las armas de Ja

provincia respectiva.

Bajo el reinado de Carlos 1M va a producirse una modificación sustancial que, aun afectando

inicialmente sólo a ´la Marina, dará lugar, de acuerdo con lo arriba indicado, a la proclamación oficial de

la bandera roja y gualda. El nacimiento de Ja que había de ser oficialmente nuestra primera enseña

nacional obedeció a razones antes funcionales que heráldicas, como literalmente se desprende de la

disposición dada por dicho monarca el 28 de marzo de 1785: «Para evitar los inconvenientes y perjuicios

que ha hecho ver la experiencia puede ocasionar la bandera que usa mi armada naval y demás

embarcaciones españolas, equivocándose a ilargas distancias o con vientos calmosos con ilas de otras

naciones, he resuelto que en adelante usen mis buques de guerra de una bandera dividida a lo largo en tres

listas, de las que ´la alta y la baja sean encarnadas, y del ancho cada una de la cuarta parte del total, y da

de en medio amarilla, colocándose en ésta el escudo de mis reales armas, reducido a los dos cuarteles de

Castilla y León...».

>EI conflicto de banderas a que se refiere el decreto de Carlos III no era otro que él producido entre la de

la Real Armada Española y las de las distintas naciones (Francia, Ñapóles, Toscana y Panma) que, bajo el

mando de los Borbones, ostentaban análogo pabellón. Para evitarlo, Carlos lil eligió, de acuerdo con

opinión difundida, aquellos dos colores, el rojo y él amarillo, más vibrantes y fáciles de distinguir a

distancia. La elección obedecía, según otros, a la vieja costumbre de unificar los escudos y tonalidades de

los reinos más representativos, determinándose en este caso por los cuarteles de Castilla y León y por los

colores dé Aragón y Cataluña. Lo cierto es que con anterioridad había convocado Carlos III un concurso

al que se presentaron doce diseños de banderas (que actualmente pueden contemplarse en el Museo

Naval) de distintos colores (aunque con el predominio del rojo y el amarillo), y de entre ellas dio el

monarca en elegir la que en sus días constituyó el pabellón de la Armada, de los mercantes y de las otras

embarcaciones, y más tarde sería proclamada enseña nacional Ocurrió ello, conforme a lo dicho y

repetido, al cabo de >Ia guerra carlista, bajo él reinado de Isabel II y por decreto de 15 de octubre de

1843, dado por el Gobierno provisional progresista. Había surgido así la primera bandera oficial de

España que como tal prosiguió con el Gobierno ´Provisional de 1868; Reinado de Amadeo I de Saboya

(1871-1873); Primera República (1874-1875); Restauración y Reinado de Alfonso XII (1857-1885);

Regencia de María Cristina (1886-1902) y Reinado de Alfonso XHI (1902-1931). La Segunda República,

proclamada el 14 de abril de 1931, incorporó al rojo y al amarillo una banda de color morado, y ia Junta

de Defensa de Burgos devolvió a la bandera, con ocasión de Ja Guerra Civil, los colores que había

ostentado, sin intermitencia, en los regímenes precedentes desde su instauración oficial. La Constitución

vigente de 1978, felizmente reinante Juan Carlos I, viene a declarar en el punto 1 del artículo 4: «La

bandera de España está formada por tres franjas horizontales, roja, amarilla y roja, siendo la amarilla de

doble anchura que 1a roja». No seré yo quien niegue el carácter popular con que se vio acogida e incluso

impuesta la bandera tricolor de la Segunda República. Fue, en efecto, popularmente asumida antes de que

fuera cons-titucionalmente sancionada. Discutible símbolo de Castilla (no se olvide aquello del «pendón

morado de Castilla, que ni era pendón, ni morado, ni de Castilla») e hipotética enseña de la ´libertad

aireada por ios Comuneros (sabido es que cada una de las Comunidades tenía su propia bandera bajo el

común estandarte carmesí de Castilla), el color morado comenzó, tal vez, a hacerse símbolo libertario en

ía bandera bordada por Mariana Pineda (1804-1831) y nuevamente desplegada en Ja sublevación

republicana de 1886, llegando a convertirse en enseña nacional tras no pocas peripecias, entre

municipales y populares Oíos concejales de Madrid la incorporaron a sus fajines y un sastre madrileño se

encargó de propagarla). Y si desde el punto de vista popular cayó en gracia, desde el punto de vista

heráldico constituyó absoluta excepción en el repertorio internacional.

Ocurre, en fin, que ambas notas distinguen igualmente, o no menos, la condición más genuina (historia en

mano) de la actual y constitucional bandera roja y amarilla, adornada, desde sus orígenes, de un claro

matiz progresista y de una entonación excepcional en el concierto de las de las otras naciones. Lo

paradójico e irritante es que, por sectarias motivaciones políticas, se haya pretendido hacer símbolo

exclusivo de unos pocos lo que a todos pertenece. Bien harán los partidos políticos en disipar

contradicciones, suspicacias y probados errores, bastando para ello con airear en sus tribunas do que pal-

pita en la conciencia del pueblo, en la cuenta de sus símbolos más legítimos y en Ja práctica de sus más

espontáneas manifestaciones.

¿Someter la bandera a referéndum? Quienes tal cosa más o menos voladamente propugnan ignoran que la

actual enseña nacional nos vino, justamente, de un referéndum popularmente promovido por él monarca

mismo que así la concibió y dispuso. Con motivo del concurso antes mencionado, decidió Carlos III que

entre todas las poblaciones de mil habitantes para arriba se verificare una encuesta nacional, haciendo

depender de ella disposición y cromatismo del nuevo pabellón. Y el recuento dio que los colores

mayoritariamente elegidos eran, a partes iguales, ©I amarillo y el rojo. ¿Qué habían hecho los pueblos de

España para alcanzar semejante unanimidad? Proponer cada uno de ellos su propia y respectiva bandera,

de cuya suma llegó a deducirse y comprobarse que el rojo y el amarillo resultaban, y por igual, los más

abundantes y acostumbrados. Y a la vista de tales datos, Carlos III dispuso que uno y otro (dos cuartas

partes en eil amarillo central y otras dos de rojo en la franja, respectivamente, de arriba y te abajo)

vinieran a cof* la que había de >- ^ s° de España.

 

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