Sangre militar     
 
 ABC.    20/03/1981.  Página: 2. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

Sangre militar

A la puerta de la bilbaína basílica de Begoña una bala asesina abatió ayer a un teniente coronel de

Artillería: Ramón Romero Rotaéche, de cincuenta y cinco años. La balariba mucho más contra su

uniforme que contra su misma persona. Porque es al Ejército en cuanto tal a quien esa bala quería atacar y

herir.

Queremos subrayar este datp porque es muy probable que la población espa/^ ñola rio haya percibido aún

con ía suficiente claridad de militar que tiene la mayor parte de la sangre derramada en, España por el

terrorismo en los últimos años. Es, incluso, probable" que en las semanas pasadas se haya hablado con

más frivolidad de la tolerable de que- «se registra un estado de crispación en los cuarteles», de que «hay

entre los militares tales o cuales formas de inquietud», de qué «la pos-hirá de las Fuerzas dé Seguridad

está más o menos distante o desconfiada de las formas dé la democracia que esta-ftios construyendo». Y

es bien claro que ninguno de/estos juicios de valor tiene la objetividad debida si no se enmarca en un

hecho incuestionable: la eleyadí-sima cota de participación que los estamentos de Seguridad tienen en la

sangre derramada por el terrorismo.

Bastaría detenerse, a pensar un minuto cuál sería el pensamiento —y» sobre todo, como funcionaría el

corazón— de la clase periodística (o la médica o la de los hombres de la Justicia) si contasen entre los

suyos un número de muertos cercano a los cinco centenares; si en cada periódico (o en cada hospital, o en

cada sede de Tribunales) hubieran muerto cuatro, cinco compañeros y amigos. Tendría que ser de hierro o

de roca el´grupo social que no ^viviera con esa crispación o inquietud que tan precipitadamente

achacamos a los grupos militares.

Y los españoles sabemos (y lo saben los militares) que el terrorismo no es un fruto dé la democracia, qué

existía antes, que existe en todos los países. Pero lo cierto es que el terrorismo ha crecidp

vertiginosamente en los años de la democracia, y es también cierto que a cada uno le duelen muy

especialmente los muertos en su casa. Es necesaria una excepcional sangre fría p´ara no ser la causa de

esas muertes en lo que sólo fue coincidencia lamentable.

La muerte no se incluye en ningún sueldo, como desafortunadamente se afirmó en cierta ocasión. Su

posibilidad se incluye, sí, en el servicio a España y eso lo ha sabido y lo ha practicado con una nobleza

siii limites hasta el último hombre de nuestras Fuerzas de Seguridad. ¡Es hora de que vayamos

descubriéndolo! ¡Es hora de que el país empiece a agradecerlo! ¡Es hora, más que de críticas, de que

rindamos homenaje a la excepcional sangre fría que han demostrado unas Fuerzas de Seguridad que en,

su práctica totalidad siguen estando al lado, de una democracia que, desde un punto de vista práctico, a

ellos, como grupo, sólo les ha traído dolor y sangre!; Es hura también, sí, de pedirles que sigan

manteniendo esa fidelidad^ pero parece qué habríamos de hacerles está petición con la humildad de

quienes no han conocido en carne propia los dolores que a ellos les exigimos.

Y sería bueno que los parlamentarios no tuvieran miedo eii «pasarse» en este reconocimiento. Guando se

recuerdan ciertas tormentas en un vaso de agua (como aquélla sesión especial dedicada a examinar un

supuesto puñetazo que un guardia santanderrrio habría dado a un diputado del PSOE) el hombre de la

calle se pregunta srno merecerían mil mociones especiales, mil sesiones dedicadas a levantar acta del

respeto que esa sangre derramada por los militares nos merece.

Nos alegra pensar que algo ha comenzado a cambiar en este campo. La rápida presencia del señor Calvo-

Sotelo en los funerales de un policía de Bilbao es signo visible de qué hay en las alturas del Gobierno una

sensibilidad dé la que no podemos menos de felicitarnos. Que al menos sepan los asesinos que no puede

herirse un uniforme militar sin herir a España entera, empezando por su propio presidente de Gobierno.

Que, al menos, .quede siempre muy claro que si las fuerzas militares están a las ordeñes de las

autoridades civiles a la hora de la disciplina, las autoridades civiles están de corazón unidas a las fuerzas

militares a la.hora del dolor. Dejarles morir solos como si eso fuera «cosa suya» :sería provocar en ellos

un lógico desafecto a la democracia, sería pedirles insensibilidad, falta de espíritu de cuerpo y

compañerismo, pedirles que no tuvieran corazón. Y el honor ha conducido a los militares a morderse

muchas veces sus propios sentimientos, pero no sin dejar dentro de ellos la lógica herida en su condición

de hombres.

 

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