La obsesión militar     
 
 El País.    25/03/1981.  Página: 10. Páginas: 1. Párrafos: 5. 

EL PAÍS, miércoles 25 de marzo de 1981

La obsesión militar

LAS PALABRAS pronunciadas por el Rey ante los consejos superiores de íós Ejércitos de Tierra, Mar y

Aire merecen ser leídas con la mayor atención, tanto por los ciudadanos leales.a la Constitución como por

quienes especulan bellaca y clandestinamente con la figura de don Juan Carlos y se dedican a calumniar y

a ensuciar su conducta y su persona.

El discurso del Rey, que lia recordado cómo el artículo 62 de la Constitución le encomienda «el mando

supremo de las Fuerzas Armadas», ha resaltado tres cosas íntimamente relacionadas: «La necesidad de

cumplir las leyes que constituyen nuestro ordenamiento jurídico», el rechazo de la idea de que las normas

puedan ser derogadas «por la fuerza o por la inobservancia» y la atribución de las eventuales

modificaciones del orden vigente a los «procedimientos, legalmente establecidos». Pero don Juan Carlos

no se ha limitado sólo a proclamar su compromiso con el mantenimiento de las instituciones democráticas

en sus aspectos formales o simbólicos. Precisamente cuando algunos líderes políticos comienzan a

recordar con sus ambiguos comportamientos la conocida imagen carpetovetónica de los laicos que son

más papistas que el Papa o de los paisanos que son más castrenses que los militares, el Rey, a la vez que

ha manifestado su confianza en que los consejos superiores de los tres Ejércitos acierten a transmitirle el

sentir de los hombres de la milicia, ha reafirmado también el principio básico de un sistema parlamentario

expresado en el artículo 97 de nuestra Constitución con la afirmació-ft de que el Gobierno, 4esignado por

los representantes electos de la soberanía popular, «dirige la política interior y exterior, la Administración

civil y military la defensa del Estado».

El Rey, en efecto, ha señalado de manera explícita que ese papel de los consejos superiores como

vehículo de «los deseos justos, los sentimientos correctamente expresados y las preocupaciones expuestas

con cordura» de los miembros de tósvinstitutos armados, nrpirede ni debe interpretarse como el

vaciamiento del contenido de un ordenamiento constitucional cuya fachada sólo siguiera en-piefC0rrío un

decorado del príncipe,Pqtemkin. «No se pretende con «lio, ni muchísimo menos, y quede esto bien claro,

establecer una influencia militar que condicione indirectamente las actividades políticas nacionales.

Antes, por el contrario, se trata de conseguir que las actividades políticas nacionales no ´estés

obsesionadas por las influencias militares después de ios graves sucesos del 23 de febrero». Precisamente

para lograr1 ese objetivo pide don Juan Carlos a los consejos superiores que le con vier-* tan en

interlocutor de esos sentimientoS´de las Fuerzas Armadas, que deben ser conocidos y valorados. Pues, al

fin y al cabo, la propia Constitución establece que el Rey, entre otras funciones, «arbitra y modera el

funcionamiento de las instituciones».

Eldiscurso de don Juan Carlos es, por lo demás, muy rico en implicaciones y significados. El

reconocimiento de la discipííñá,la sereñiiáad y eí buen sentido demostrados hace un mes por tas Fuerzas

Armadas, la sinceridad con la que se declara personalmente solidario con las emociones -suscitadas por la

espalada terrorista contra el Ejército y su recomendación ds´pasar de «una defensiva paciente a úria

enérgica ofensiva» contra las bandas armadas marchan en paralelo con él llamamiento a no dejarse

arrastrar a !a trampa tendida por el terrorismo —que ataca a las Fuerzas Armadas «coti ánimo de que sus

nervios salten y la serefikfátí.se pierda»— y Ja reáfirinación de que los militares deben manlsnerse

apartados de las actividades políticas.

Hay, finalmente.í en el menjiaj.e" del Rey una nueva extíoriacijón a la convivencia entre´los españoles^ á

su reconciliación definitiva. Y tambiega uo recordatorio que los civiles que sueñan con la destrucción y la

sangre, que gritan ¡viva la muerte! y que esparcen el odio y el rencor entre nosotros nunca deberían

olvidar: que nadie conoce mejor que Jos militares los males de la guerra y lo que significa la pérdida de la

paz y la condena de todo un pueblo at sufrimiento, al dolor y al enfrentamiento violento.

 

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