Generales en la Moncloa     
 
 Diario 16.    26/03/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 10. 

Generales en Moncloa

La insólita imagen de docena y media de generales sentados en torno a la mesa donde el Gobierno

constitucional de la nación celebra sus Consejos de Ministros ha provocado no pocos comentarios

mordaces. Es natural en un país que ha hecho ya del «tejerazo» fuente inagotable de humoradas y que,

como bien diagnosticó el Rey, ha quedado súbitamente aquejado de un exceso de obsesión por todo lo

castrense.

Más allá de la anécdota estética, la reunión celebrada por el presidente del Gobierno con el Consejo

Superior del Ejército merece .ser subrayada cerno alentadora expresión de los grandes remedios al fin

dispuestos para combatir el peor de nuestros grandes males.

Si hubiera triunfado el complot del 23-F, en la única de sus variantes viable, los ocupantes habituales de

esa mesa ovalada vendrían siendo ya un presidente militar y un montón de dóciles ministro^ civiles.

Precisamente porque la democracia sigue adelante en España, y para que así continúe siendo, un

presidente civil, que todos los días hace valer su autoridad, ha llamado a capítulo a la «élite» directiva de

nuestros Ejércitos.

La crudeza del último embate terrorista requería de una respuesta armonizada a tan alto nivel. Así lo

dictaba el Rey Juan Carlos pocas horas,antes en su mensaje del palacio de Oriente, vertebrando lo que,

por otra parte emanaba del sentido común y del pulso ciudadano.

lío podíamos continuar dejando que un puñado de asesinos pudrieran lo que tanto esfuerzo está costando

construir. Era ya hora de aceptar la amarga realidad de que el terrorismo había situado al Estado ante una

situación límite y de responder a! envite con todas las fuerzas disponibles.

Al igual que una familia se reagrupa solidariamente en las dificultades, todas las instituciones y

estamentos de la nación pueden sentirse más próximos cuando se les convoca a combatir codo con codo

al enemigo común.

Mucho se ha hablado en las últimas semanas sobre la incomprensión y el distanciamiento entre la

sociedad civil y las Fuerzas Armadas. La mera noticia de que los militares van a animar el hombro en la

lucha antiterrorista ya nos acerca más su verdadera razón de ser, haciéndonos patente su disposición de

servicio dentro de las coordenadas de la Constitución.

Estamos seguros de que a partir de ahora, cada peripecia compartida —cada, éxito de todos, cada fracaso

de todos— significará una mayor sintonía entre lo que a fin de cuentas no son sino dos dimensiones de

una única España.

Lo de menos es, pues, discutir la idoneidad técnica de unos esquemas de cooperación antiterrorista apenas

perfilados. La gran virtualidad del proceso abierto por las reuniones de Calvo-Sotelo con los generales

reside en la filosofía del planteamiento.

A partir de ahora el Ejército ya no podrá caer en la tentación de criticar la estrategia del poder civil, pues

en ella va a verse implicado. A partir de ahora los políticos se verán obligados a extender su relación con

los militares más allá del halago tan fingido como vacío, pues con ellos van a estar todos los días

trabajando.

 

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