Autor: Ramírez, Pedro J.. 
   La tarde en que Gutierrez Mellado visito el Parque del Oeste     
 
 Diario 16.    13/04/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 16. 

PEDRO J. RAMIREZ

La tarde en que Gutiérrez Mellado visitó el Parque del Oeste

El Ejército debe estar siempre al servicio de su país, porque ¡Ay del país que queda al servicio

de su Ejército!

LA otra tarde un hombre mayor, aunque con la suficiente energía como para protestar si le llamaran

anciano, encaminó sus pasos por una de las avenidas del Parque del Oeste. Vestía pulcramente de gris y

sus andares denotaban a la vez el sosiego de quien ya ha hollado muchos caminos y la determinación de

quien no marcha a la deriva. A esta segunda impresión contribuía también la firmeza de su mirada, como

remate de un perfil aguileno y altivo que pocos hubieran relacionado con su complexión más bien

endeble.

Tardó pocos minutos en encontrar lo que buscaba. El hombre se detuvo ante la estatua de un militar de

obvio aspecto decimonónico, cuya mano derecha señalaba al suelo en claro ademán oratorio, y con cierta

parsimonia encendió un socorrido cigarrillo. Aunque su ánimo estaba impregnado de esa recia serenidad

de quien a la hora de hacer balance se halla en paz consigo mismo, no pudo evitar que .un tibio escalofrío

le entrara por debajo del abrigo, al descubrir tallada en piedra una frase mil veces leída, glosada y

mencionada: «El Ejército debe estar organizado de suerte que nada tenga que temer de la injusticia ni que

esperar del favor.»

Por un instante se sintió incómodo dentro de su trajecito de alpaca y añoró los muchos momentos felices

que había vivido vistiendo el uniforme de la Patria. También pensó en sus hijos y la mirada se le nubló

fugazmente, amedrentado por la idea de que la-herencia de paz y comprensión por la que tanto había

trabajado, pudiera trocarse de nuevo en legado de peleas fratricidas. Los viejos fantasmas del pasado —

los insultos, el odio y el miedo; las detenciones nocturnas, los «paseos» al amanecer, los cadáveres en la

cuneta— renacieron en su mente, cual obscenos jinetes sobre los caballos del apocalipsis. Esa misma

pesadilla, seguida de un irrefrenable impulso de proteger a sus hijos (y a los del «hombre de la boina», y a

los del «ama de casa») del horror deparado a los españoles de su generación, es la que le había entrado en

el alma cuando días antes, al filo de las seis y media de la tarde, en el margen derecho del hemiciclo del

Congreso de los Diputados «se encontró» con un señor que demostró no merecer ser nombrado como tal.

La España joven

El Parque del Oeste era en aquel momento un paraje bastante solitario. Descontando a la pléyade de

pájaros que se posaban sobre la estatua, todo signo de vida quedaba reducido en las inmediaciones a un

par de niños correteando, dos viejecitos en pos de los primeros rayos de sol y un joven en vaqueros con

un libro de poemas bajo el brazo, que había cambiado la Facultad por el asueto. El muchacho

inmediatamente reconoció al teniente general Gutiérrez Mellado, y su primera intención fue ampararse en

la casualidad del encuentro y la soledad del lugar para explicarle lo orgulloso que se había sentido de ser

español al contemplar su gallarda reacción en medio de la humillante afrenta contra todos dirigida.

Incluso estaría dispuesto a darle un abrazo, pensó! Pero no lo hizo, no porque le diera corte —que él

«pasaba» hasta del «paso-tismo»—, sino porque le vio tan ensimismado en la contemplación de la estatua

que temió romper el encanto de lo que se le antojaba una situación, casi diría, que mágica.

Y estaba en lo cierto. A Gutiérrez Mellado no le hubiera sorprendido la efu-sividad del muchacho, pues

desde aquel martes de la liberación del Congreso, que siguió a aquel lunes del escarnio y de la náusea, no

había cesado de recibir muestras de simpatía por parte de la España joven, mayoritariamente menor de

treinta y cinco años. Las primeras veces, aquellos gestos desbordantes de agradecimiento chocaban con la

timidez de su carácter y, azarado, casi no sabía qué decir. Luego, poco a poco, fue comprendiendo que

más allá de cualquier disputa ideológica, era la España del mañana, la que escribiría la historia, la que

vencería al año 2000, la que se había puesto abru-nadoramente de su lado, y eso le compensaba con

creces de ios pequeños desplantes, de las mezquindades seniles de algunos antiguos amigos, de ciertos

compañeros de armas, que con el rencor en el hatillo pronto emprenderían, como él, ¡ay!, el último de los

viajes.

A Gutiérrez Mellado no le hubiera desconcertado el gesto del muchacho y se lo habría agradecido desde

lo más profundo de su alma, quitándole importancia a su propio papel e invitándole a continuar

defendiendo con todo tipo de sacrificios la dignidad de su país. Seguramente le habría hablado de que

aquella noche todos, desde el presidente Suárez hasta los propios conserjes de la Cámara, demostraron su

valor y talla humana y de que el pueblo no había sido menos cuando cuatro días después se echó por

millones a la calle, subrayando con un abrumador y emocionante «;Viva España!» su peregrinación

pacífica en defensa de la legalidad constitucional. Tal vez entre ellos se hubiera creado un clima de afable

comunicación y el teniente general le habría explicado que aquel viernes sintió un enorme deseo de

juntarse también a la inmensa riada de españoles anónimos que reivindicaron la tolerancia, la razón y el

respeto mutuo frente al vandalismo cerril y kamikace; y que si no lo hizo fue por temor a ser reconocido y

adquirir nuevas cotas de protagonismo en un momento en que creía que le tocaba ya desvanecerse por él

foro de los telones de la historia.

Milicia y reformismo

A Gutiérrez Mellado no le hubiera azarado la espontaneidad de aquel chico, más joven, por supuesto, que

el más pequeño de sus hijos, pero sí que es cierto que otro tipo de diálogo, especialmente íntimo y

profundo, habría quedado interrumpido. «A ti tampoco te dejaron...», musitó entre dientes, contemplando

tras la montura negra de sus gafas el rostro inexpresivo del militar inmortalizado en piedra.

Gutiérrez Mellado pensó esas palabras proyectando hacia su tocayo, el general Manuel Cassola

Fernández, el mismo sentimiento, curiosa mezcla de orgullo, resignación y una pizca de lástima, con que

a menudo analizaba su propia trayectoria. Tal vez sea el sino de todos los reformistas..., barruntó

recordando lo «moradas» que se las hicieron pasar al .general Cassola durante los veintiséis meses en que

fue ministro con Sagasta, tras presentar un ambicioso plan de modernización del Ejército.

A fin de cuentas, él había durado exactamente el doble —de octubre del 76 a febrero del 81—, y en esos

cuatro años largos transcurridos era mucho lo que se había avanzado. De no ser por el patético desenlace

vivido el 23 de febrero, serían, más los motivos de esperanza que los de zozobra o de tristeza. Pero

aquella noche de los tricornios zafios, aquella escena de soldadesca encanallada a las órdenes de un

villano soez y megalómano, le habían metido la congoja en las entrañas.

Ni siquiera a Cassola, contemporáneo de la moda del «cuartelazo y tente tieso», le había tocado ver tan

mancillado el honor de España por un grupo de personas teóricamente dedicadas a servirlo. Si hubiera

vivido, él a quien también definían como «modesto, taciturno y reservado», habría reaccionado

probablemente de la misma manera y comprendería sin duda sus pensamientos.

Nada le dolía tanto a Gutiérrez Mellado como la pretensión de adjudicar a Tejero, Milans y compañía un

comportamiento «militar». Durante casi cincuenta años no había sido otra cosa sino un soldado, y aún

ahora, en medio de la congoja que oscurecía la última etapa de su vida, continuaba amando a la milicia

como suprema expresión de su amor a España. Pero para él, España no eran solamente sus paisajes, sus

vinos y sus gazpachos, como definí teñamente habría de escribir días más tarde el terrorista Tejero en un

periódico autoconsiderado como monárquico. Por encima de todo eso, lo que Gutiérrez" Mellado veía

encarnado en los símbolos de la Patria era el pulso vivo de los españoles. Una nación no es nada sin sus

gentes. Cualquier bandera se convierte en un simple trapo si tras ella no late el aliento de un pueblo. Y el

pueblo había hablado. En diciembre del 76, en julio del 77, en diciembre del 78, en marzo del 79. El

veredicto había sido claro: los españoles querían llevar a España hacia la modernidad occidental y

depositaban, por tanto —a través de la Constitución—, en manos de las Fuerzas Armadas, la sagrada

misión de velar, contra viento y marea, por la continuidad del proceso. El Ejército debe estar siempre al

servicio de su país, porque ¡ay del país que queda al servicio de su Ejército! Tejero y Milans, cegados por

la soberbia, se saltaron este elemental principio y eso les hace indignos de los galones y el uniforme que

nadie, sino el pueblo, les ha otorgado.

¿Y cómo puede ser que algunos militares de buena voluntad, hombres dignos, serios y cabales, tiendan a

disculpar y justificar un comportamiento que denigra y enfanga a todos los hombres de armas? Por un

instante la imagen de C´assola pareció cobrar vida ante Manuel Gutierre/ Mellado. .Si hubiera estado allí,

seguro que le habría preguntado eso, pues no era otro el interrogante que día tras día bullía también en su

cabeza.

Virus exculpatorio

La respuesta la conocía de sobras y por eso no "podía evitar que le quemara la sangre una cierta sensación

de impotencia a la hora de buscar la vacuna contra este virus exculpatorio, que de no ser atajado podría

hacer germinar nuevas intentonas golpistas. Hacía unos días que el director del periódico DIARIO 16 le

había atribuido en un artículo la idea de que si hubiera que asignar cuotas de responsabilidad por lo

ocurrido, a determinado diario madrileño le correspondería el 60 por 100. Ignoraba cómo podía haberse

enterado de algo de lo que sólo había hecho partícipes a unas cuantas personas, pero lo que el periodista

había escrito se correspondía con su pensamiento. De poco sirven las inyecciones de serenidad, verdadero

patriotismo y esperanza que puedan infundir un vicepresidente militar, un ministro de Defensa o el propio

Jefe del Estado, desde su condición de Capitán General de los Ejércitos, si día tras día, como en el

tormento chino de la gota de agua que termina por taladrar el cráneo más resistente, se consiente que,

sobre un escenario de graves problemas reales, existan medios de comunicación que hagan nauseabunda

mercadería con los muertos e inciten a los jefes y oficiales a despeñarse por el abismo de otra guerra civil.

Los periódicos responsables que desean defender lo que tenemos, deberían ponerse de acuerdo para aislar

la apología del golpismo y evitar que se extienda a sus propias publicaciones..., pensó el teniente general

Gutiérrez Mellado. En cualquier caso, ocurriera lo que ocurriera, él ya tenía hecha su propia opción: con

tal de evitar que otra tragedia engullera a los nuevos españoles," estaría dispuesto a llevar hasta el final el

juramento a la bandera y salir a la calle para entregar sus últimas fuerzas en defensa de la legalidad

constitucional.

Cuando el muchacho de los vaqueros quiso darse cuenta, aquel hombre mayor que protestaría si le

llamaran anciano, era ya una pequeña figura al final de la avenida. Lo miró con encendida simpatía y

volvió a su libro de poemas. Estaba leyendo el «Que írata de España» de Blas de Otero: «Y, sobre todo,

paz,/necesito paz para seguir luchando/contra el mie-do,/p.ara brindar en medio de la plaza/y abrir e!

porvenir de par en par,/para plantar un árbol/en medio del miedo,/para decir "buenos días" sin engañar a

nadie,/"buenos días, cartero", y que me entregue una carta/en blanco, de la que vuele una paloma.»

(Hace unos días tuve el honor de conversar con el teniente qeneral Gutiérrez Mellado en • una reunión

privada. Entre otras muchas \ cosas me contó que había visitado la estatua ´. de Cassola. Estoy seguro de

que sabrá ¡ disculparme la licencia estilística de haber ´ trasladado al Parque del Oeste -mezcladas ; con

mis propias opiniones Y adjetivos— -algunas de las reflexiones que escuché de sus • labios. Sirva este

artículo de desaqravio a él y ´ todos los militares patriotas que se han sentido ofendidos por el escrito del

teniente coronel ´ Tejero publicado en «ABC».)

 

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