Dos terroristas de ETA fue Colocada sobre el coche del teniente general Valenzuela. 
 La bomba fue colocada sobre el coche del teniente generala Valenzuela     
 
 ABC.    08/05/1981.  Página: 6. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

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NACIONAL

VIERNES 8-5-81

Dos terroristas de ETA militar, desde una moto en marcha

La bomba fue colocada sobre el coche del teniente general Valenzuela

MADRID. Tres miembros de las Fuerzas Armadas —un teniente coronel, un sargento y un soldado—

murieron ayer por la mañana en Madrid a consecuencia de un atentado dirigido contra el teniente general

Valenzuela, jefe del Cuarto Militar de Su Majestad el Rey, que resultó gravemente herido. Dos terroristas,

que circulaban en una motocicleta, colocaron un artefacto de gran potencia sobre e! techo del vehículo

oficial en que viajaban los cuatro militares. La explosión causó también más de una docena de heridos —

tres de ellos muy graves— entre los transeúntes que circulaban por la zona. Los terroristas lograron huir.

La organización responsable del atentado es ETA militar.

Son las diez y media de la mañana en Madrid. En la calle de Conde de Peñaiver, que flanquea él barrio de

Salamanca en su zona superior, el tráfico es fluido, relativamente escaso. El cielo está nublado y la

temperatura es suave, propia de una mañana primaveral que augura un día caluroso. Pero a esta hora no

hace tanto calor como para que el Dodge-Dart, negro, con matrícula oficial ET-0007, que circula

prudentemente por el carril derecho de la calzada en dirección a Gpya, sientan la necesidad de bajar las

ventanillas. Aunque el tráfico es cómodo, el Dodge negro va reduciendo suavemente ¡a velocidad al darse

cuenta su conductor que el semáforo que marca «I cruce con la calle de Goya está en rojo. El vehículo ha

salido cinco minutos antes del número 42 de la calle Juan Bravo, donde vivé el teniente general Joaquín

Valenzuela, /jefe del Cuarto Militar del Rey, que ocupa, como todos los día, el asiento posterior derecho

del coche. Se dirige a su despacho en la Zarzuela. Junto a él se sienta su ayudante, el teniente coronel

Guillermo Tevar Velasco. Adelante, junto al chófer, el soldado Manuel Rodríguez Taboada, va un

suboficial de escolta, Antonio Nogueira García. El largo automóvil negro va casi parado cuando pasa

frente al número cinco, que ocupa una llamativa tienda de peletería con fachada verde y volúmenes de

vanguardistas. Los ocupantes del Dodge van ensimismados, apenas hablan. Frente al comercio de pieles

un hombre joven con barba mira satisfecho la disposición del escaparate y se dispone a entrar. A ambos

lados de la calle.los traseúntes —numerosos a esas horas— van hacia su trabajo o se afanan haciendo la´

compra. A unos cuantos metros, algunos cruzan el paso de peatones en .verde. El conductor ve,

seguramente, cómo una moto roja con dos jóvenes vestidos con chubasqueros negros y gafas de

motoristas se acercan por el carril central. Uno de ellos, e! que ocupa elasiento trasero, lleva bien sujeta

una bolsa de compras de El Corte Inglés. Los ocupantes del Dodge negro no puedan darse cuenta de nada

más. Todo sucede en menos de diez segundos. La moto roja aminora la velocidad y pasa a escasos

centímetros del coche. El individuo que íleva el paquete lo deposita con el mayor cuidado que le permite

los dos vehículos en movimiento sobre el techo del Dodge. El guía de la moto acelera a fondo hacia e!

semáforo en rojo produciendo un ruido ensordecedor. Un ruido que se confunde con la infernal explosión

que se produce instantes más tarde. En menos de cinco segundos el plácido escenario urbano se ha

convertido en un espectáculo dantesco. El coche negro parece haber saltado por los aires y de él nace un

espeluznante incendio. Tiene un enorme boquete en el techo. Más que un coche parece un espantoso

amasijo de hierros retorcidos, La onda expansiva ha segado literalmente a más de una decena de

transeúntes, entre ellos el joven con barba que estaba ante la peletería. Los pocos peatones que no han

resultado .afectados apenas logran reaccionar ante el mare mágnum de gritos, sangre, fuego, cristales y

chatarra. «Fue uño de los momentos peores de mi vida», diría una hora más tarde, en el Hospital

Provincial, Manuel Mate; Bande, uno de los heridos. La onda expansiva le había sorprendido mientras

cruzaba el paso de peatones. «Sentf un gran estruendo; miré y vi el coche ardiendo. La parte trasera

estaba levantada, y había otros coches dañados. Yo estaba como ´a unos cinco o seis metros. Vi

desmoronarse los cristales de la cabina telefónica que hay allí, y entonces me sentí herido, y noté que ei

pie izquierdo se me empapaba de sangre.»

El Seat-124, negro, de escolia, que circulaba tras el Dodge-Oart, ha resultado con los cristales rotos, pero

sus ocupantes están ilesos. Se apean rápidamente y organizan las tareas de auxilio.

LOS TERRORISTAS, HACIA EL RETIRO

La moto con los dos terroristas corre" alocadamente por la calle Conde de Peñaiver hacia Narváez, sin

detenerse ante los semáforos en rojo. Enfila Narváez y tuerce a la derecha, por la calle Sáinz de Baranda.

Algunos testigos presenciales han logrado memorizar la matrícula del vehículo: una Ducati Vento; de 350

c.c., M-9582-CF. Los dos asesinos han tenido tiempo dé escuchar perfectamente la explosión que han

originado. Desconocen los resultados, pero saben que en lo esencial han cumplido su siniestro objetivo.

Es probable que les haya llevado muchas horas de preparación y han conseguido^ cumplir el pían

milimétricamente. Si acaso, han fallado al colocar el paquete sobre el capó, dejándolo algo adelante. Este

detalle les fastidió, sin duda, un poco, después de tan largos años de preparación en los hospitalarios

campamentos guerrilleros. Ellos no han utilizado la socorrida táctica de los «grapos» para asesinar al

general De Suso. El tiro en la nuca ante la puerta del domicilio es una. estrategia rudimentaria y expedita,

pero sólo aplicable en caso de blancos desprotegidos, cosa que impide elegir a la víctima. Ellos han

empleado urt «modus operandi» mucho más sofisticado, aunque perfectamente descrito en sus manuales

de táctica terrorista. Porque su organización es más temible que los «grapos». Su organización es

seguramente ETA y tienen que elegir el blanco. Aunque les cueste más tiempo de preparación y corran

más riesgos. Ellos no querrían matar a un militar cualquiera: querían asesinar a un militar cercano al Rey.

Y es probable, piensan, que lo hayan conseguido. Así la provocación sería más efectiva.

Los dos terroristas llegan a la confluencia de la calle Sainz de Baranda con la de Menéndez Pelayo. Con

movimientos rápidos se bajan de la moto, dejan el chubasquero negro y las gafas y hechan a correr hacia

el Retiro, Varias personas observan la maniobra. Pero su pjsta se pierde justo en el gran parque

madrileño. ¿Entraron o subieron a un coche que les esperaba? La lógica lleva a inclinarse por la segunda

posibilidad. Desde la calle Menéndez Pelayo pudieron ponerse, en menos de cinco minutos, en una vía

rápida, o buscar el refugio de cobertura. Sin embargo, la primera impresión indicaba que habían buscado

escondite en el parque, Numerosos efectivos policiales sometieron la zona a un intenso rastreo.

EVACUACIÓN DE LOS HERIDOS

Mientras tanto —once de la mañana—, en la calle Conde de Peñalver se ha organizado el auxilio y

evacuación de los heridos. Se., hace con rapidez y eficacia. El general Valenzuela es conducido al Gran

Hospital del Estado. La primera sensación es que ha muerto. Pero en el centro sanitario comprueban que

no tiene afectado sus órganos vitales, y después de un examen general pasa al quirófano,-donde es

intervenido.

Todo indica que el general se encontraba. situado en el asiento más alejado del epicentro de la bomba,

que los terroristas dejaron casi encima de la cabeza del conductor. Por otra parte, parece que los cuerpos

de éste y del suboficial de escolta protegieron de alguna manera, al salir proyectados hacia atrás, al

teniente general. Su ayudante, el teniente coronel Guillermo Tevar Saco, y el suboficial Antonio Nogueira

García entraron ya cadáveres en el Hospital Provincial. Otros, tres transeúntes, uno de ellos encargado de

la peletería, que estaba observando el escaparate, resultó herido gravísimo. El cuerpo del conductor, el

soldado Manuel Rodríguez Ta-" boada, quedó aprisionado en el coche. Destrozado. Pese a los esfuerzos

no pudo ser extraído y fue conducido en él mismo vehículo al Hospital Militar Gómez Ulla.

Media hora después del atentado las aceras de (a calle Conde de Peñaiver estaban atestadas de personas.

Los vecinos de los primeros pisos de los edificios cercanos a la explosión habían quedado sin cristales. El

suelo de la calle estaba cubierto de un pegajoso polvillo blanco, utilizado para sofocar el incendio. Junto

al coche había un enorme charco de sangre, sobre el cual fueron cayendo incesantemente ramos de flores,

hasta cubrir, al cabo de unas horas, parte de la calzada.

Mientras tanto, eran cerca de las doce, entre el gentío que abarrotaba las aceras comenzaron a surgir gritos

de carácter úttrade-rechistas y brazos en alto. En algunos casos se llegó a insultar al Rey, mientras se

pedía la libertad para Tejero. La indignación era general entre los reunidos, pero muchos miraban con

tristeza y gestos reprobatorios a los dos centenares de fanáticos que pretendían capitalizar la tragedia.

 

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