Autor: Fuster i Ortells, Joan. 
   Una cuestión imputable     
 
 Informaciones.    21/12/1976.  Páginas: 1. Párrafos: 6. 

Por Joan FUSTER

Aun personaje ue siniestra memoria se le atribuye aquello de «Cuando oigo la palabra "cultura"

en seguida echo ma-no tíel revólver" La frase, por lo menos. nú Jejaba lugar a dudas:

cualquiera sabía —v sabe (la coss continúa)— a qué ate-nerse Pero hay otro tipo de maniobras

aflictivas se entiende «contra la cultura». cuya estrategia consiste precisamente efi erguir que

se sale en su defensa. Una cantidad considerable de agresiones mo-rales • físicas dp torios

conocidas, tien-den a justificarse así: en nombre de la cultura Con mayúscula, para ser

exactos: de la Cultura E! truco ha sido denunciado la tira de veces -ntre las réplicas Inme-diatas

la más generalizada suele ser la que rechaza ia idea de una sola cultura Lo que en el caso

presuntamente se de-fiende no seria "(a Cultura», sino -una cultura» determinada y con

apellido. La «Cultura occidental» por ejemplo: «Cul-tura» o «Civilización» lo mismo da. A na-die

se le oculta que esta etiqueta, en realidad designa una mercadería econó-miel-política muy

concreta. Podría hablar se tr-mbién de una «Cultura oriental», de fpquif-ns voqas zens y todo

eso, tan de moda, aunque de momento el sector se manifiesta pacífico contemplativo y can

tuneante Sea como sea. las «culturas» disponibles siemnre son tinglados de aqo-bio. El tío que

sacaba la Distóla quizá no comprendió el asunto.

Finalmente compareció la «contracín tura». Me temo que tampoco sea ninguna novedad,

porque siempre hubo, frente a las «culturas» imponentes e impuestas, alguna insinuación

paródica, un corte de mangas, el pitorreo Los papeles de ar-chivos y biblioteca? apenas

recogen ests «contestación» R-**nn\Kt*e fue «culta», en efecto: fue analfabeta rural,

populache-ra. No digo Rabiláis pero ni siquiera Vilion perteneríar su área Villon

—«mais oí: sonl íes nieges d´antan?-— se acerca a1 esquema del «contracultura lismo» actual

/ no= rtonr; sobre !o pistP fip´ problema J ríe contractuales rf*> hcr; * cortil miran a snr una

gente podrl-d? de cultura en el mal sentido de la pñiabrñ ¡nclurn "insta njoar una publica ción

rtr- ia>; -.ahficahlrs como «undpr gronnrí´ .ÍSTP lornnrohnr qiiP Stir redacto res sor un?) nontr

irrhilpid.T. con sus ría sicos pparfirtteniííntfl marginados o margí nales y eruditísima pn lo que

les atañe [Y tanto! Pnr,- un «profano» —quiero de cir, un fulano corriente y moliente come ustr-

d y yo— «Aioblanco» resulta tan comolicarfo. o casi como «Teorema» que es una revista

insigne dedicada a la lo g´-r,-. iri3í"m=t¡cp v a otra? sutilezas pace cidns La «contrarnltura»

podría ser y y» es otra «cultura» Simplemente: otra Con una levp v^ntaia. eso sí: su raíz en

gl r-Pt-ra-»"- >"»´•- nn **: mOCO oV pftVO

Pero, meíiuo^ un ei comentario, con-vendría apuntar un escrúpulo: ¿qué es «cultura»? ¡AM Los

profesionales de la chachara —yo mismo y «mea culpa»— nos inclinamos visceralmente a las

ope-raciones absurdas de la poesía, de la no vela, de la filosofía, de! drama, de la po lítica. de

la teología y hasta de las lia madas «ciencias» —no sé por qué— «bu manas» o «sociales».

Esa «cultura» y 1? «contracultura» adyacente prescinde ale gremente del resto del trabajo

Intelec-tual, verdaderamente científico y con apli caciones técnicas obvias: desde la mo-desta

aspirina o la pildora anticonceptiva hasta los artefactos de circulación side-ral, pasando por los

cariñosos electrodo-mésticos, la heroica terapéutica cotidia-na, la entera industria y el entero

co-mercio. La «contracultura depende de ello tanto como la «cultura» oficia) y conde-corada;

las «dos culturas» de Snow es-tán ahí, una la «ciencia», y la otra, la Juerga intelectual y

artística. La «ciencia», por descontada, depende más directa-mente del «negocio»; las

llamadas «hu manidades», que en última instancia se reducen al periodismo y al ejercicio que

hago en este papel, pueden permitirse ciertas libertades, pocas. Valga la sinte sis: la poesía no

es rentable.

Y sin embargo lo es. Cuando digo «poesía» me estoy refiriendo a muchas elaboraciones

académicas de alto cope te: historia, metafísica, jurisprudencia, so ciología, economía,

psicología, antropolo gía, pedagogía, psiquiatría, muchas asig •aturas más. Ambas «cultura*»,

devde luego, son «culturas de clase». La «cien-cia», la ciencia moderna, es una creación de la

burguesía: si no recuerdo mal, algo asi afirmaban Marx y Engels en el «Ma-nifiesto». Lo de las

«humanidades» es más confuso: cada «clase dominante» produjo su «cultura», para disfrutarla

y ornamentarse, y eso viene, supongo, des-de la época de las cavernas. Estas evi-dencias

obligan a corregir ciertas dema-gogias bobas. Una multitud de neófitos de la «progresía».

burgueses o pequeño-burgueses de extracción, sienten la ne-cesidad de recusar la «cultura»

hereda-da. Es lo lógico, porque sólo ellos son los «herederos». El proletariado, «deshereda-do»

por definición, quemó manuscritos ilustres y tablas góticas gloriosas, en sus instantes de

violencia Nr sabía lo que se hacía. Un militante de base, ¿cómo podra saber que no habría . un

Lentn sin Marx, ni un Marx sin un Hegel, ni un Hegel sin Santo Tomás de Aquino? Es un detalle

En la mejor de las hipótesis, hemos de reconocer que la «cultura» y la «contra-cultura», hoy,

son lo que no podrían de-jar de ser: una invitación a reflexionar. Ser más o menos «culto» se

convierte en un «status» objetivo. Un día. en una cena de amigos, entre los cu?íes había media

docena de profesores universitarios, su-gerí que los allí presentes éramos, todos irnos

tristísimos «pequeñn-burgueses». Me lo tomaron a mal: desde sus poltronas porque cobraban

en nómina, ?e creían (asalariados». Hay salarios y salarios Una fábrica es una fábrica y una

Univer-sidad es una Universidad, y. en esta com-paración, el «penenisno" —que son los

m^liarados de la institución— es una ri-r a. Los que ganaron oiinsiciones. ¿qué

joní ¿Proletarios? bus remordimientos y sus jornales podrían ser material dfi de-bate. Ellos, y la

fauna paralela, son la «cultura». ¿Qué «cultura»? La suya, la de su "Casta». Se encrespan, a

ratos, contra la «cultura» con apellido, pero esa es su cultura de oficio y de beneficio .. Perso-

nalmente, y como francotirador, yo soy uno de ellos, y tengo plena conciencia de las

«contradicciones» que implica el simple hecho de decir «cultura». La jo-vial «cultura» y la no

menos jovial «con-tracultura" que van y vienen en aulas, re-vistas y tertulias, no se ve nada

claro que sean «algo» a ia altura de las cir-cunstancias

Sería muy de agradecer que, en el fu-turo, se hable cada vez menos de «cul-tura» si cuando se

dice «cultura» no que-da planteada la angustia ética de manipu-lar palabras tan solemnes

como la mis-ma de «cultura». Es un término, ese, de «cultura», traicionero. Valdría la pena de

precisar su alcance «gremial». La diverti-da máquina de fabricar «intelectuales» que es la

Universidad española, y la so-ciedad que la hace posible, y su Ministe-rio —el señor Villar

Palací (o Palasí) fue genial metiendo la pata—. ¿cómo no po-drá ser un (´explosivo»? La

«cultura» es el monopolio y el monipodio de los cá-tedras, de tos agregados, d? los adjuntos,

de los contratados .. Los pequeño-burgue-ses universitarios con e! riesgo de no po-der ganarse

la vida —de no ganarse muy bien la vida— se convierten en fascistas o en troskos, o en lo que

sea.

La «cul-tura», en sus manos, nunca se sabe en qué acabará. No tengo ningún inconve-niente

en pasar como reaccionario cuan-do postulo que, en parte, y en buena par-te, la «cultura» es

una cuestión d? tesis doctorales bien elaboradas y bien leídas. Caricaturizo el resultado El

parasítarismo universitario tendría que pnnsar que, en definitiva, siempre paga y lo paga todo !a

victima ríe la plusvalía.

 

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