Autor: Gutiérrez, José Luis. 
   El estadillo de la Nación     
 
 Diario 16.    21/09/1983.  Página: 8. Páginas: 1. Párrafos: 12. 

21 septiembre-83/Diario 16

GRITOS Y SUSURROS

El estadillo de la Nación

CIERTAMENTE, lectores, no se comprende cómo un hombre con la brillantez parlamentaria de Felipe

González puede haber protagonizado un suceso político de tanta magnitud como la comparecencia de

ayer ante la Cámara con tan pobres y decepcionantes resultados.

Más que el estado de la Nación, el presidente del Gobierno garrapateó, con trazos dispersos, un

apresurado estadillo que entregó atropelladamente a sus señorías tras dos horas de intervención en el

pódium de oradores.

Erróneo fue el propio planteamiento. Una intervención parlamentaria a la que se pretende dar toda la

solemnidad institucional no puede ser interpretada repentizando ideas vagas, generales y caóticamente

deshilvanadas, sin ningún orden ni rigor en la construcción del relato oratorio, apoyándose más que en los

contenidos del mensaje, en los «tics» gestuales de la espontaneidad y la simpatía del personaje.

Es decir, el estado de la Nación requería, en primer lugar, un discurso denso, medido y, sobre todo, leído.

Algo parecido a lo que Felipe hizo en su día cuando prosperó la moción de censura contra Adolfo Suárez.

¿En qué han ocupado su tiempo sus asesores desde que se anunció, hace meses, el debate?

Posteriormente, las réplicas y duplicas a Fraga se convertirían en un episodio de muy escasa estatura

parlamentaria. Casi se diría que fue una discusión de «pub», una educada refriega de verdulería. El

presidente del Gobierno de España no puede entrar en discusiones sobre la calderilla fraguista de si dijo o

no dijo, si era ministro o no lo era.

Y, desde luego, lo que no puede hacer jamás es equivocarse en meros datos de archivo —afirmó

erróneamente que Carro había sido vicepresidente del Gobierno—, con lo cual tenemos un nuevo dato

sobre la solvencia de los servicios de presidencia que dirige e! caballero Dorado.

HAY, sin embargo, una constatación que, en su esencia, resulta preocupante. Una mirada ingenua al

debate de ayer acaso hubiera descubierto un curioso intercambio de «roles» entre Manuel Fraga y Felipe

González. Tal parece como si el presidente del Gobierno no encontrara ni el tono ni la estrategia

parlamentaria adecuada para emitir «en presidente» y sí hacerlo, en cambio, como si fuera el eterno líder

de la oposición, perpetuamente amparado por la dorada y despreocupada impunidad que otorgan los

cómodos escaños de la oposición, sin mayores responsabilidades. Al igual que Fraga parece incapaz, por

su parte, de desprenderse de todas esas adherencias de «la responsabilidad de Estado» con las que adorna

todas sus intervenciones.

Bien es verdad que Felipe trufó su intervención con continuas referencias a los nueve meses de Gobierno,

y ciertamente es un argumento de peso. El periodo de tiempo transcurrido apenas es suficiente corno para

exámenes de conciencia y recogida de decepciones tempranas.

Porque, ¿qué puede decirse, en síntesis apretada, de la gestión socialista de estos últimos nueve meses?

Pues que su ejecutoria contabiliza enormes dosis de buenas intenciones, aciertos, algunos errores

descomunales —la política informativa es uno de ellos, y de esta cuestión hablaremos con más detalle

uno de estos dias—, todo ello adobado con esa necia altanería —¿recuerdan, lectores, que yo les hablé de

la insoportable y megalómana altivez socialista varios meses antes de que ganaran las elecciones?—

característica del neófito, del recién llegado. Por lo demás, su programa, hasta ahora, ha estado teñido de

una moderación modélica, inspirado de un muy loable empeño: hacer que este país se ponga al día, salga

de la gruta y vea las luces que nacieron de la Revolución Francesa. Dos siglos después.

Pues bien: ayer fue una ocasión lamentablemente desperdiciada para haber explicado al país con cierta

minuciosidad este empeño. Y no se hizo.

P. D. El presidente del Gobierno tuvo, por otra parte, la honestidad de reconocer en su intervención que el

informe sobre la OTAN publicado por este periódico era un trabajo serio y riguroso, que existía, aunque

sus orígenes se remontaran a 1981 (cosa que no desvirtúa paralada ni su autenticidad ni su valía), con lo

cual ciertos protavoces del Gobierno, y algún que otro ministro, han vuelto a hacer el más estruendoso de

los ridículos...

 

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