Autor: Abellán, Antonio. 
 Crónicas galdosianas del franquismo. 
 Los moderados     
 
 Informaciones.    29/11/1976.  Página: 18-20. Páginas: 3. Párrafos: 10. 

Crónicas (galdosianas)

del posíranquísmo

Por Antonio A B ELL AN

«En estas mismas páginas escribí una vez que, releyendo a Galdós en la segunda serie de los "Episodios",

creí hallarme ante un relató contemporáneo.» Estas palabras de Torrente Ballester, en «Torre del Aire»,

plantean el Interrogante de si los españoles estamos empeñados en repetir la Historia. Para examinar esa y

otras cuestiones de interés, conversan aquí diversos intelectuales. En apoyo del texto inspirador, se ha

seleccionado un florilegio de fragmentos galdosianos, con deliberada perspectiva coyuntural.

RESUMEN DE LO PUBLICADO: Fragmentos de «La segunda casaca», «El equipaje del Rey José»,

«Memorias de un cortesano de 1815», «El Grande Oriente» y «Los apostólicos». Conversaciones con

Gonzalo Torrente Ballester sobre nuestros siglos pasados y la actualidad. Con Antonio Gala: «Las guerras

son puntos y aparte de la Historia; es terrible que sean puntos y seguido»; «El principio esencial para la

más alta forma de democracia es la convivencia y el mutuo respeto de las ideologías y, por supuesto, el

rechazo radical de cualquier forma de violencia.»

ENGAÑAR, NO CONVENCER» (Benito Pérez Galdós)

ENTONCES, en los tiempos verdes del gran Martínez de la Rosa, daba gozo ver a la juventud lozana de

un partido que hoy es vejete decrépito con lastimosas pretensiones de andar derecho, de alzar la voz y

aún de infundir algo de miedo. Entonces se nutría de hábiles retóricas, de erudición doctrinaria carlista, y

hacia esgrima de sable con ei brazo valentón y pendenciero de jóvenes oficiales granadinos. En el seno de

este partido, que en un tiempo se llamó de los «sabios, y en sus albores se llamó de los anilleros», había

gente de gran mérito, aleccionados los unos en la práctica del liberalismo, otros algo arñaesirados en el

arte político que faltaba a los liberales.

(*) El título es nuestro. El primer fragmento corresponde a «Un faccioso más y algunos frailes menos»; el

segundo, a «Los apostólicos». (Como el lector sabe muy bien, los moderados integraban un partido

conservador, muy a la derecha.)

Ellos fueron los primeros maquiavélicos, ante quienes sucumbió la inocencia angélica de aquellos

candorosos doceañistas que principiaban a no servir para nada. A falta de principios, tenían un sistema,

compuesto.de engaño y energía. Su credo político fue una comedia de cuarenta años. Su éxito debióse a

haber vigorizado el principio íle autoridad, y su descrédito e impopularidad, a haber impedido el

desarrollo progresivo de fas ideas. En religión eran volterianos, y en sus costumbres privadas, enemigos

de la templanza; pero tenían un coram vobis de santurrones que hacía el efecto de ver la silueta de

Satanás.en la sombra de un confesonario. Uno de los primeros elementos de fuerza que allegaron fue el

clero, a quien adulaban, disponiéndose, no obstante, a comprar por poco dinero sus bienes, cuando los

progresistas los arrancaron de las manos que llamaban muertas. A excepción de dos o´tres

individualidades de intachable pureza, eran gente de economías, y andando el tiempo, con las compras de

bienes desamortizados, formaron una aristocracia que poco a poco se hizo respetable y en la cual hay

muchos marqueses y un formidable elemento de orden, En lo militar fueron poco escrupulosos, y se les ha

visto pronunciarse con naturalidad y hasta con gracia.

6. LOS MODERADOS (*)

En los días de nuestra narración presentaban el grato aspecto de un ejército ¡oven, lleno de bríos y de

valor. Su programa de moderación contrariaba a mucha gente. Aquel habilidoso sistema de ser y no ser;

de equilibrarse entre ´el.absolutismo y la libertad, valiéndose de ´los unos contra los otros; de prometer y

no cumplir; de encubrir con fórmulas, retóricas y dicharachos .hoy desacreditados, pero entonces muy en

boga, el lazo de la arbitrariedad y el espadón de la fuerza, dio .resultados en época de tanta inocencia

política, cuando la libertad era como un niño generoso y no exento de mimos, ´más fácil de engañar que

de convencer...

A formidable clase media, que hoy es . el poder omnímodo que todo lo hace y des* hace, llamándose

política, magistratura, administración, ciencia, ejército, nació en Cádiz entre el estruendo de las bombas

francesas y las peroratas de un Congreso híbrido, Inocente, extranjerizado si se quiere, pero que brotado

había como un sentimiento, o como un Instinto ciego, incontrastable, del espíritu nacional. E^ tercer

.Estado creció, abriéndose paso entre frailes y nobles, y echando a un Jado con desprecio estas dos

fuerzas atrofiadas y sin savia, llegó a imperar en absoluto, formando, con sus frandezas, y sus defectos

una España nueva.»

«CLERICALISMO ESPAÑOL, MAL ENDÉMICO» (E. Miret Magdalena)

NO, sin pensarlo mucho, ´iba a calificar a Enrique Miret de católico de la contestación, en una traducción,

quizá no muy afortunada, de la expresión italiana «cattolico del disenso». Pero, reflexionando un poco y

después de oírle, parece más justo presentarle como un católico de la reconciliación. No tanto y sólo de la

reconciliación de los hombres, sino de las ideas. Enrique Miret trata de conciliar ias viejas creencias y los

tiempos nuevos por medio de una lectura distinta de los clásicos religiosos que, en su opinión, no

refativiza la fe, sino su exposición histórica. Si los supuestos científicos o religiosos del Intento son

opinables, no sería honesto silenciar su valor cívico y su profunda caridad.

A. A.—¿A qué atribuye usted el fracaso de la revolución liberal en España?

E. M. M,—Yo en esto soy un poco drástico: creo que, fundamentalmente, se debe al tipo de iglesia oficial

que teníamos entonces; basta recordar la enemiga que la generalidad de los obispos tuvo a la

liberalizacíón de nuestras constituciones políticas. En la Constitución del 12 todo lo relativo a la religión

es absolutamente retrógrado; no hay tolerancia ni libertad para ningún culto que no sea el católico y se

afirma, además, que la religión católica será ~la única de la nación; en las demás constituciones se

mantiene un punto de vista cerrado, aunque un poco más tolerante.

A. A.—En el período que analizamos es frecuente observar una especie de tensión entre el bajo clero y

la jerarquía [recuérdense los sacerdotes diputados de las Cortes de Cádiz); esta tensión se viene

reproduciendo, con más o menos claridad, a lo largo de toda nuestra Historia reciente. ¿Cree usted

que en la Iglesia hay lucha de clases?

E. M. M.—Yo creo que hay que hablar con toda sinceridad: en la Iglesia también existe una lucha de

clases, como existe

(Pasa a la página siguiente.)

(Viene de IP página anterior)

en el ámbito puramente civil. En esto, los católicos hemos sido, a veces, poco realistas. Por querer

oponernos a ta formulación teórica y doctrinarla de que la lucha de clases tiene que ser el motor de la

Historia, nos hemos olvidado de que de facto la lucha de clases está ahí y es motor de la Historia. En la

Iglesia existe una divergencia entre el clero sencillo y el alto clero, y esa divergencia se produce

naturalmente por muchas causas, entre las que yo Incluiría las de carácter ´económico-social

A. A.—¿En qué medida los privilegios tradicionales de la Corona española sobre los asuntos

eclesiásticos han creado una Iglesia nacional, una Iglesia que ha evolucionado al mar gen de la

Iglesia universal?

E. M. M.—Estos privilegios han Influido fuertemente, aun que yo no diría que sean las únicas causas que

han formado esta Iglesia nacional, esto que se ha llamado, yo creo que con mucha razón, el nacional-

cátolicismo. A mi juicio, el cesaropa pismo, influencia de la autoridad profana en las cosas de la iglesia, y

el clericalismo, Influencia "del clero en las cosas civiles, son los males propios de este nacional-

catolicísmo que ha tenido consecuencias muy nefastas para el país, para su deseducación cristiana y, me

atrevo a decirlo, para su ma yoría de edad política.

A. A.—¿Cree que la Iglesia hubiera condenado el libera lismo. si no hubiese existido el problema de los

Estados Pon tificios y Ia amenaza que el liberalismo, en Italia, suponía para ellos´

E. M. M.—El mismo Papa Pío IX tenía cierta fama de libe ral antes de su elevación al Papado; es cierto

que después cuando tuvo que afrontar los problemas de la soberanía tem. poral, se volvió bastante

retrógrado y antiliberal. Quizá su pregunta no carezca de fundamento.

A. A.—¿Piensa que la estructura monárquico-absoluta de le Iglesia tiene oosibilidades de supervivencia?

E. M. M.—No sólo creo que no, sino que pienso que esa estructura no debería haber existido nunca.

Hemos de pensar en lo que ha sido la Iglesia durante muchísimos siglos. Hasta el siglo XVI no se ve clara

esa estructura monárquica y desde el XVI hasta e! XIX no se completa ese absolutismo en (o

que podríamos llamar la estructura piramidal de la Iglesia. S> esto ha sido así, y, ni en el Evangelio ni en

todo el Nuevo Testamento, encontramos justificación de ese absolutismo, la Iglesia tendrá que

reconsiderar este planteamiento y abrirse a una nueva postura para el futuro. Yo siempre recuerdo lo que

decía ese gran escritor cristiano de los primeros siglos, San Ignacio de Antioquia: «Roma es fa primada

en el amor». Si esto se hubiera tenido en cuenta, en vez de inspirarse en la estructura jurídica del Imperio

romano, la Iglesia no habría derivado hacia posiciones absolutistas; como tampoco debió fijarse tanto en

los Reyes absolutos del comienzo de la Edad Moderna. Este mimetismo ha perjudicado mucho a la

Iglesia. En otros tiempos, la función del Papa era de autoridad moral más que de autoridad jurídica e

imposición legalista. Esto es lo que deseamos hoy muchos católicos y lo que creemos que habrá de venir

necesariamente

A. A.—¿Oué posibilidades ve de un nuevo clericalismo en la política española?

E. M. M.—No veo sólo posibilidades, veo también realidades. El clericalismo en España es un mal

endémico, un mal de siglos y actualmente se está reproduciendo de uña forma un tanto sutil, sobre la que

habría que estar muy alerta. Me refiero a un clericalismo que podríamos Mamar de izquierdas; todavía

una parte del clero, muchos otros to han advertida y han reaccionado muy bien, quiere iluminar s los

fieles, y. si antes lo hacía con una ideología de derecha, ahora quiere hacerlo con una ideología de

izquierda. Esto me parece un pe. ligro. Otro peligro importante me parece el clericalismo que yo llamaría

moderado: es el que podrían tener algunos obispos en España, que se sienten muy a gusto en regímenes

moderados, e instintivamente, casi inconscientemente, reaccionan con la mentalidad ríe éstos e influyen

excesivamente sobre muchos fieles

A. A.—¿Cree que ha acabado la época consíantiniana en la iglesia?

E. M. M.—No, no ha acabado. Antes hemos habiado de monarquía absoluta, que es un modelo que la

Iglesia ha visto con gusto hasta hace bien poco En el Vaticano II se ha definido de otra manera, pero en la

práctica a mí me parece que ese constantinismo no ha desaparecido. Sólo hay que recordar la influencia

de los Dicasterios romanos, de los Tribunales eclesiásticos, de la burocracia clerical. Creo que todo esto

tiene que desaparecer, porque no llevará a la Iglesia a nada bueno.

MAÑANA: «La rebelión de los leales». Prosigue la conversacin con E. Miret Magdalena.}

El texto de las entrevistas es la transcricón de fragmentos de una larga charla grabada en .cinta mag

netofónica

Los derechos de reproducción de los textos de don Benito Pérez Galdós fian sido gentilmente cedidos a

INFORM AC 1 ON ES. Copyright: Rafael y Benito Verde Pérez-Galdós. Librería y casa editorial

HERNANDO.

20

29 de noviembre de 1976

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