Autor: Gutiérrez, José Luis. 
   Los pesos pesados     
 
 Diario 16.    22/09/1983.  Página: 8. Páginas: 1. Párrafos: 9. 

22 septiembre-83/Diario 16

GRITOS Y SUSURROS

Los pesos pesados

EL segundo día de debate, lectores, ha persistido ese baño de «chirimiri» retórico y adormecedor, esa

lluvia densa y narcótica que cae inexorable sobre sus señorías como un chaparrón de cloroformo. Ese

chorreo leguleyista, a base de argumentos-meandro y repeticiones, que dejan al observador exhausto.

¿Qué ha sacado en limpio el ciudadano de este debate, lectores? No mucho, a parte de redescubrir tics,

latiguillos —el último, adoptado por Felipe González, que pronto se extenderá por la hispana geografía de

las tertulias, es él de «apelación»— y fisonomías familiares. Porque puede decirse que la inmensa

mayoría de las controversias suscitadas a lo largo de todo el debate han estado presentes con los mismos

datos, argumentos y progenómenos en los medios de comunicación a lo largo de los últimos meses.

Es inútil pretender que en un país charlatán y ver borreico como éste sus líderes políticos se ciñan

británicamente a la cuestión y ofrezcan datos, proyectos puntuales y exactos, programas estrictos en plan

A, B, C y O, pero con estas mimbres hay que hacer el cesto.

Felipe González ha demostrado una cosa —aparté de esa habilidad ladina y meridional para la justa

retórica—, que domina la asignatura y está al tanto de todas y cada una de las grandes cuestiones del

Estado. Aunque en alguna de ellas, como en el caso de la información en los medios oficiales, haya

negado candorosamente su intervención personal, ignorando, quizá deliberadamente, que quien lo hace de

forma soez, obscena se diría, es, entre otros, el portavoz-basurero Eduardo Botillos.

EN cualquier caso, ayer fue la sesión de los pesos pesados de nuestro Parlamento, tras la larga

intervención de Fraga del martes, que decepcionó.

Miguel Roca estuvo conciso, preciso, incontestable en muchas ocasiones, con esa altura parlamentaria a

la que nos tiene habituados. Y provocó un nuevo y estruendoso «gazapo» —y van tres— en el presidente

del Gobierno, quien, «apuntado» por Alfonso Guerra, atribuyó erróneamente al comunista francés

Marcháis una aseveración pronunciada en realidad por el presidente Mitterrand. No es serio que el

presidente del Gobierno de la undécima potencia industrial del mundo tenga estas meteduras de pata,

porque el ciudadano puede llegar a preguntarse qué clase de gobernantes tenemos que ni siquiera son

capaces de manejar una hemeroteca.

Y ha sido este Pleno, también, el de la recuperación de Santiago Carrillo, que ha vuelto adornado con ¡os

kilos extraviados en pasadas refriegas. La intervención de Santiago —inteligentemente respondida por

Felipe— fue como la de sus buenos tiempos. Sagaz, socarrón y canalla, Carrillo apretó en los tres puntos

donde más le duele al Gobierno y en los que el PCE puede obtener los rendimientos electorales más

abultados e inmediatos: la cuestión económica —Sagunto y Andalucía en el horizonte—, la política

autonómica — rentabilizando su oposición de última hora a la LOAPA— y la cuestión internacional —la

OTAN al fondo.

Y luego llegó Adolfo Suárez. Es curioso el contraste que ahora se observa cuando interviene el duque si

lo comparamos con aquellos Plenos fabulosos del 79 y el 80. La paradójica obsesión de la que ahora da

muestras, el presidente González por la moderación y el respeto en las formas —qué lejos quedan

aquellos Plenos incendiarios, repletos de gritos, insultos y calumnias— tiene en Adolfo Suárez su mejor

seguidor.

Adolfo Suárez pronunció un discurso que fue un remanso de concordia, sensatez y buenos alimentos. Fue

toda una intervención de Estado, acaso excesivamente abstracta, pero de altura, elogiada por el propio

presidente. Una vez más, Adolfo Suárez demostró ser el líder con mayor «sensibilidad militar», sus

palabras fueron las más enérgicas y contundentes, con claras alusiones a las debilidades y deficiencias de

Narciso Serra en la política de nombramientos. Cerró el acto el socialista Sáenz de Cosculluela, vestido

con un terno horrible y guaraní.

 

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