Autor: Gil-Robles, José María. 
   Tomando posiciones     
 
 El País.    16/05/1978.  Página: 9. Páginas: 1. Párrafos: 16. 

EL PAÍS, martes 16 de mayo de 1978

OPINIÓN

Tomando posiciones

Colocados frente a problemas concretos, que ya no es posible soslayar, y ante realidades que no permiten

evasiones fáciles, los partidos y los grupos con representación parlamentaría comienzan a tomar

posiciones más definidas que las que hasta ahora han servido para tantear el terreno donde se libraban

pequeñas escaramuzas.

En el campo socialista — lato sensu— se han dado los primeros pasos efectivos. La declaración del

secretario general del PSOE relativa a la posible eliminación de la palabra marxismo no ha sido

ciertamente ni una ligereza ni un simple, balón de ensayo. La escasa reacción de los llamados

intransigentes y las explicaciones con que de un lado y de otro se ha procurado apresuradamente atenuar

el aparente radicalismo de la declaración, sin negar su alcance, prueban que nos encontramos ante un plan

cuidadosamente estudiado y desarrollado hasta ahora con habilidad.

El PSOE obtuvo en las elecciones de junio pasado una fuerte minoría. Se la dieron no sólo los votos de

los elementos obreros, buena parte de los cuales no acatan con gran disciplina las directivas del partido,

sino también los sufragios de ciertos núcleos intelectuales en discrepancia con el conservadurismo de

ciertos grupos, con el mal disfrazado continuismo de otros y con las indecisiones, contradicciones y

errores de otros que estaban llamados a formar entre los dos extremos una sólida construcción intermedia.

Ante la perspectiva de las elecciones municipales y tal vez de las legislativas celebradas de un modo

simultáneo, el PSOE no quiere perder esos votos no obreristas y tal vez captar además los de esos

socialdemócratas mal definidos, que tan disgustados e inquietos se muestran en el seno de la UCD.

Los consejo.s de los partidos congéneres de otros países y un concepto realista del momento actual

empujan al socialismo español hacia una posición social-demócrata, que facilite su acceso al poder en la

fecha más próxima posible. Para ello, precisaba el PSOE aliviar su contenido revolucionario. Al definirse

frente al problema de la forma de gobierno, ha dejado a un lado su programático republicanismo que

podía cerrarle el acceso a La Zarzuela. Para no asustar a liberales de nueva, aportación, echa por la borda

la calificación de marxista, camino que ya le despejó Carrillo al renunciar por su parte al leninismo.

Estamos ante dos movimientos paralelos de una misma evolución táctica con fines tranquilizadores.

¿Debemos considerarlos como un simple cambio terminológico, que no penetra con suficiente eficacia

transformadora en las masas en que los jefes evolucionistas se apoyan? ¿Seremos los espectadores

ingenuos de un pragmatismo posibilista que sigue pura y simplemente el camino de las conveniencias de

momento?

Hay razones lo mismo en pro que en contra de esta tesis, pero no creo que valga la pena de lanzarse a un

proceso de intencionalidad, que podría hacernos perder de vista la realidad en que hoy nos hemos de

mover. Y esa realidad nos dice, por lo pronto, que el socialismo está ocupando posiciones ventajosas para

su estrategia futura.

¿Qué se observa en los demás campos, dejando a un lado los que en un extremo y otro se colocan, por el

empleo sistemático de la violencia, fuera de toda posible convivencia?

En lo que comúncionalmente se llama la derecha, presenciamos los esfuerzos persistentes de personas

individualmente respetables que fueron en el pasado hombres vinculados al franquismo, que hoy, por la

fuerza de las circunstancias, se aproximan al conservadurismo más cerrado, y que si logran superar el

personalismo —hasta ahora tienen más cabezas que masas— estarán en disposición de captar aquellos de

los elementos centristas que en el fondo de sus corazones son mucho más continuistas que demócratas.

Estos hombres de fuerte personalidad, que preparan la conquista de sus fuertes en sus celebrados

almuerzos de trabajo, harían también los mayores esfuerzos para llevarse una parte de la UCD, condenada

por naturaleza a una inevitable disgregación, más tarde o más temprano, a pesar de intentos

reorganizativos que sólo se traducen en proliferación de puestos, anuncióle " congresos que se teme

celebrar y definiciones .programáticas de acusada y estéril vaguedad, como ocurre siempre que se intenta

sintetizar ideologías divergentes e incluso antitéticas.

Socialistas de un lado y conservadores de otro se aprestan a recoger las dos tendencias más dispares de la

UCD el día de la desintegración inevitable, que sólo se retrasará el tiempo en que tarde en resultar

inoperante el cemento aglutinante del disfrute del poder.

Posiblemente quedarán entonces aislados elementos de positivo valor que fueron ciegamente a nutrir el

conglomerado centrista, creyendo —es muy posible que de buena fe— que su sincero espíritu

democrático y su concepción espiritualista de la vida tendrían fuerza suficiente para triunfar de vanidades

y pequeñas ambiciones, e imprimir su ideal evolucionista al conglomerado de nostalgias del pasado y

conveniencias del presente que congregaba el señor Suárez bajo la sombra protectora de los beneficios del

poder. Esos elementos —ciertamente considerables a pesar de las reservas que ha provocado su poco

gallarda evolución— podrán ser las víctimas de esta reagrupación de fuerzas políticas que se va

dibujando, si no son capaces de evolucionar sinceramente antes de que los hechos los coloquen en una

posición de aislamiento desdeñoso.

De la misma manera que tendrán que evolucionar otras. fuerzas que, aun manteniendo dignamente una

integridad doctrinal y prácticamente merecedora del mayor respeto, fueron víctimas de errores, que

pueden y deben rectificar.

Los sistemas totalitarios, moviéndose en un ambiente de triunfalismos ascendentes, acaban por creer que

en política la mentira y la soberbia son una virtud.

Los hombres y los partidos sinceramente demócratas, sometidos a las inclemencias de una opinión

voluble, tornadiza y muchas veces injusta, tienen que aceptar todas las lecciones aunque no sean

merecidas, extraer de ellas la sana esencia correctora que encierran, y tener la humildad dignificadora de

saber rectificar con generosidad.

No son peligrosos los hombres que se equivocan; lo son, y en alto grado, los que se creen infalibles.

 

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