Autor: Alzaga Villaamil, Oscar. 
   Votar Centro tiene sentido     
 
 El País.    12/06/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 13. 

EL PAÍS, domingo 12 de junio de 1977

ESPECIAL ELECCIONES

Votar Centro tiene sentido

Hace cosa de dos o tres años, Borges, con su habitual agudeza, dibujó en uno de sus «monos» a un

hombre enteramente magullado y al pie del mismo escribía: «¿A qué tendencia política pertenece? Al

centro, porque tiene los dos ojos morados». Pues bien, esa imagen resulta hoy de fácil aplicación para la

alternativa electoral de la Unión del Centro Democrático.

No es este el momento de profundizar en el análisis crítico de los no muy afortunados criterios que

guiaron la confección de las listas de nuestra coalición, o de la peculiar forma en que se ha enfocado la

campaña centrista. Baste con dejar constancia de que este candidato no comulga con entusiasmos

delirantes a la vista de como han ido las cosas y de que se compromete a tratar serena y constructivamente

del tema a la vuelta del día 15.

Tales circunstancias adversas y el fuego cruzado que se ha disparado, sin excesivos escrúpulos, desde una

derecha y una izquierda obsesionadas —hoy como siempre en nuestra historia política contemporánea—

con reconvertir al Centro en un maniqueo fácilmente vapuleable, explican que un porcentaje importante

del electorado potencial centrista se encuentre sumergido en un mar de dudas. Muy probablemente estos

electores críticos, de inclinación liberal, democristiana o socialdemócrata, tienen un alto sentido de la

ciudadanía, intuyen que en una sociedad que aspira a ser una democracia pluralista todos tenemos el

derecho y la obligación de opinar sobre los asuntos públicos y se percatan de que el día 15 han de emitir

una opinión especialmente grave y trascendente. En efecto, los votantes centristas dudosos son, en la

mayor parte de los casos, de los más responsables.

Si usted lector, se encuentra entre ellos, querría convencerle de que, pese a todo, votar centro en estas

elecciones es una decisión especialmente sabia. Intentaré resumirle algunos de los argumentos que me

llevan a tal conclusión.

Antes de nada, procede parar mientes en la naturaleza de las elecciones en que hemos de participar. Se

trata de unas elecciones parlamentarias y además constituyentes. Veamos lo que implican ambas facetas.

Entre nosotros aún abundan mentes trasnochadas que creen que una legislatura debe ser un retrato exacto

en miniatura, un espejo o una reproducción a escala, del pueblo en general; o que piensan, como los

monarcómanos, que las Cortes deben ser un «compendio del Reino». Pero la ciencia política

contemporánea ha extraído la clara enseñanza de que las elecciones no tienen la finalidad de crear un

parlamento-almoneda, donde haya de todo, sino de representar a los ciudadanos bajo la condición de que

los parlamentarios que resulten elegidos puedan alcanzar una mayoría. La democracia, como es sabido,

exige el respeto de las minorías, pero también el Gobierno de la mayoría. Cuando de un parlamento no es

posible extraer con naturalidad una mayoría que gobierne, la democracia corre peligro de muerte. La

fragmentada composición del Parlamento alemán en 1932, que impedía configurar una sólida mayoría de

Gobierno, fue el caldo de cultivo del nazismo hitleriano. En la politología actual hay aportaciones muy

importantes —como, por ejemplo, las debidas a Lipset y a Eckstein— sóbrelas democracias débiles, la

estabilización de los logros democráticos, los procesos internos de automantenimiento y aseguramiento

del patrimonio democrático de un determinado país... A la vista de todo ello, hoy es difícilmente

cuestionable que las aspiraciones de representación democrática en una comunidad política tienen como

límite la conservación de la propia democracia; Unas elecciones parlamentarias no son un concurso de

belleza en que él voto debe responder a razones estéticas, sino un mecanismo para que el pueblo designe

una mayoría capaz a su vez de proponer y respaldar un Gobierno estable.

Si los hombres de Centro votamos partidos minúsculos por razones de matiz —todo lo respetables que

queramos, pero a la postre de simple matiz— engendramos un parlamento-mosaico al estilo de los que

conoció nuestro país durante la segunda República, poniendo en grave riesgo las conquistas democráticas

alcanzadas. Votar a mini-partidos (como, por ejemplo, a la Federación Demócrata Cristiana) es hacer

peligrar la necesaria mayoría de gobierno y eso hoy es tanto como arriesgar la consolidación de la

democracia en nuestra difícil España. No nos engañemos: nos falta aún demasiado camino por recorrer

hasta enraizar una auténtica democracia en esta sufrida tierra nuestra. El terreno por el que estamos

caminando es más accidentado de lo que pueda parecerle a algún espectador poco atento a cuanto nos

rodea.

El derribo del franquismo no ha dejado tras de sí un solar limpio de todo residuo sobre el que pueda

fácilmente construirse lo que a unas constituyentes se les antoje. Permítaseme que traiga a colación cómo

Ferdinand Lassalle, al pronunciar una conferencia en el Berlín de 1862, propuso a sus oyentes el siguiente

ejercicio de política-ficción. Suponía que un gran incendio había quemado todos los textos

constitucionales y disposiciones políticas de cualquier rango existentes en el país. Imaginaba igualmente

que los prusianos quisiesen aprovechar que las leyes habían perecido, para suprimir la monarquía de

Guillermo I. Pero aun en aquellas circunstancias, el rey podría decirles a sus impetuosos subditos: «Están

destruidas las leyes, pero la realidad es que el ejército me obedece». Y es que, concluye Lassalle: «El

ejército y los cañones son un fragmento incombustible de la constitución». Ni que decir tiene que aquí y

ahora también la tarea constituyente tropieza con dificultades que no se le escapan al votante avispado. El

proceso democratizador en curso es una pequeña hazaña de equilibrista en bicicleta. Y, como dijo

en cierta ocasión don Antonio Maura con gracejo, el problema de andar políticamente en bicicleta es que

no se puede dejar de dar pedales sin riesgo a caerse. En estas circunstancias, votar a la Unión del Centro

Democrático tiene a su favor la gran razón de la seguridad.

Pero amén de parlamentarias, según ya recordábamos más arriba, estas elecciones son constituyentes. La

tarea constituyente, hoy por hoy en España, no es confiable ni a una mayoría de Alianza Popular, ni a una

mayoría de izquierdas, pues correríamos el grave riesgo de que se intentase —como tantas veces ha

sucedido en nuestra historia— confeccionar un orden constitucional con estrecha visión del partido y

poco aceptable para la inmensa mayoría de los españoles. El discurso histórico de nuestro pueblo, repleto

de movimientos pendulares, propensos a los vuelcos, y ayunos de contrapesos, que se repiten con ligeras

distorsiones, constituye uno de los casos a que pueda aplicarse mejor la imagen del cicloide acuñado, en

la obra más citada que leída del profesor Toynbee.

Esta debe ser la hora del esfuerzo por lograr que la rueda gire, pero no para reproducir inútilmente su

movimiento circular en el vacío, sino para tirar del carro de nuestra historia hacia un sistema de

convivencia política sin exclusiones. No se trata tan sólo de poner fin al período franquista, a lo que

Amando de Miguel, con frases brillantes, ha llamado «la guerra de los cuarenta años», sino de poner

término a la guerra civil que estalló en 1834, convirtiendo una simple cuestión dinástica, en un abismo

político, retrasando nuestra modernización cultural y económica y gestando un radicalismo político sin

igual en Europa. Se trata de superar de una vez por todas la división de dos Españas irreductibles, que han

sobrevivido hasta nuestros días y a las que tenemos entre todos que dar albergue, no en un régimen de

coexistencia, sino de auténtica convivencia.

Me parece obvio que tal tarea no se puede confiar ni a Alianza

Popular ni al Partido Comunista, herederos legítimos de los dos bandos de la guerra civil. Pero me parece

también evidente que, si el gran reto con que hemos de enfrentamos en la hora presente es el de acuñar

una constitución aceptable sin desdoro tanto para la izquierda corno para la derecha del país, una mayoría

socialista en las constituyentes correría el riesgo de incurrir en la roñosería democrática de aquellos

liberales que entre 1820 y 1823 cantaban a voz en grito por las calles aquel célebre pareado: «Trágala,

trágala servilón. Trágala, traga la Constitución». Por progresivos que aspiremos a ser, hemos de reconocer

que el socialismo en España está hoy aún inmaduro para asumir el peso de las obligaciones propias de

una mayoría parlamentaria.

La responsabilidad histórica que hemos de afrontar todos los españoles al comparecer el próximo

miércoles ante las urnas es gigantesca. Vamos a votar sin experiencia, pero no tenemos ni posibilidad de

ensayar, ni segunda vuelta en que enmendar un posible mal paso dado en la primera. Hemos de

enfrentarnos no a unas elecciones de trámite, sino a unos comicios constituyentes. En estas circunstancias

sería una evasión peligrosa, el que los electores centristas dubitativos a la vista de los errores cometidos

por la Unión del Centro Democrático diesen su voto a algún minúsculo partido, lo que podría costarle al

país la estabilidad de gobierno en las horas difíciles que se avecinan, y también sería un grave error que se

inclinasen hacia cualquiera de los dos extremos políticos que han prevalecido con tanta frecuencia en el

pasado de nuestra patria; impidiendo encontrar fórmulas equilibradas de convivencia.

Espero que los hombres de talante democrático y moderado en las elecciones siguientes tengamos una

opción más atractiva que votar. Pero ahora, lo más importante es garantizar que va a haber tales próximas

elecciones. Pensemos, al emitir nuestro voto, en que el voto es tanto un derecho como una obligación.

Hoy es la obligación ineludible de contribuir a consolidar la democracia de una vez por todas para nuestro

pueblo.

OSCARALZAGA

Candidato al Congreso por Madrid de Unión de Centro Democrático

 

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