Autor: Fuster i Ortells, Joan. 
   Tolerantes o tolerados     
 
 Informaciones.    07/12/1976.  Páginas: 1. Párrafos: 6. 

Tolerantes o tolerados

Por Joan FUSTER

LA palabra «tolerancia» no tiene mu; • buena Prensa hoy día. Tirios y troianos la evitan con un cuidado

casi exquisito, y, de hecho, sólo suele utilizarse en cuestiones de «costumbres» —de malas costumbres,

según la terminología habitual—: la «sociedad de la tolerancia», por ejemplo. En realidad, es lógico que

se la esquive. Al fin y al cabo, «tolerar» significa, de entrada, hacer la vista gorda ente algo previamen. te

declarado reprobable, consentir lo que no está permitido por la ley o las convenciones, dejar hacer por

mera condescendencia. El «tolerada» se siente incómodo en una tal perspectiva. Le niegan el derecho a

ser o a comportarse a su modo; se limitan a no castigarle ,por ello. Cierto que más vale eso que ´nada, y la

vida, en el fondo, consiste en una trama, de pequeñas tolerancias mediante las cuales la gente respira un

poco y a ratos. Pero el esquema de la situación es vejatorio. Uno —el «tolerado»— se pregunta en

nombre y en razón de qué, otro —el «tolerador» o «tolerante»— le administra su libertad. Naturalmente,

la reflexión no puede ser más ingenua. El tinglado social está montado de una manera umversalmente

determinada, en la cual hay quienes tienen la sartén por el mango y hay quienes están expuestos a recibir

los sartenazos.

Desde un ángulo teórico, los titulares de la sartén alegan que son depositarios de la «verdad», de la

«justicia», del «bien común», de la «moral», de todos los fantasmas solemnes posibles, y, en

consecuencia, queda así justificada la presión que ejercen contra los de´más, contra los «disidentes»,

«heterodoxos», «inmorales» o lo que sean. Se trata, siempre, de un planteamiento dogmático, y, por tanto,

maniqueo. Lo corriente es que estos individuos, en momentos de santa indignación, exclaman: «¡Es

intolerable!», «¡No se puede tolerar!»» «¡No toleraremos!». En la práctica, sin embargo, unas veces más,

otras menos, hacen concesiones: toleran. De no hacerlo, todo el tinglado se iría al cuerno En materia de

conductas privadas, siempre hubo una relativa manga ancha. Pensemos que una ´sociedad obse sivameñte

virtuosa —con los" clásico? siete pecados capitales cancelados— se ría como una inmensa Trapa?, «on

grave detrimento para 1» industra y el comerció y para la mismísima perpetuación de la especie. Nadie,

excepto algún loco iluminado, pretendió nunca tal cosa. Las épocas más puritanas fueron también muy

disolutas. Hipocresía y tolerancia se daban del brazo para salir del paso.

En el área de la política ocurre otro tanto. El sistema llamado «liberal», que es, de todos los conocidos, el

más tolerante, también pone un límite a su tolerancia: por ambos extremos, una afirmación dogmática se

le enfrenta con programas intolerantes, y, por supuesto, la intrínseca condición clasista de su estructura —

el nombre técnico es «democracia burguesa»— le obliga, en un obvio sentido de autodefensa, a perseguir

amargamente a sus enemigos. La tolerancia —y la represión, que es su premisa— desaparecería en una

hipótesis libertaria absoluta, y que se sepa, esta utopía ni siquiera se ve clara a nivel especulativo y para

matar el tiempo. Las «libertades formales», bien mirado, y pese a la justa crítica de que han sido objeto,

continúan siendo pedazos de tolerancia muy apreciables. Los que, por una maligna conjuración

geográfica e histórica, nunca las hemos disfrutado, experimentamos la seducción de su espejismo. ¿Que

son una trampa? Bueno: vengan trampas como esa, y Dios dirá. Porque entre una oferta de «libertades

formales» y la prolongación del garrotazo y tente tieso, la elección es sencilla.

Locos aparte.

Y no se crea, por descontado, que esta «esperanza» es o pueda ser nunca medianamente fácil. El

«liberalismo», por serlo, arrastra unas contradicciones más penosas y automáticas de lo que la oposición

marxista indica. No es imprescindible calar hondo y denunciar el embrollo conflictivo subyacente.

Cuando yo era un chaval, leí en algún papel .político-eclesiástico una bella argucia antiliberal, que me

impresionó bastante. Procedía de un íntegrista francés, Veuillot de apellido, creo: un Sardà i Salvany más

ingenioso que el indígena. Aquel señor decía a sus contemporáneos liberales: «Vosotros, mientras sigáis

mandando, tendréis que tolerarnos, porque por principio no distinguí» entre Verdad y Error; pero, ¡ay,

cuando mandemos nosotros, los propietarios de la Verdad, no os tendremos ninguna compasión, y oc

destruiremos, porque sois el Error.» ¿Quién se acuerda ahora de Veuillot? Sin embargo, su sofisma —¿es

un sofisma?— no ha perdido vigencia. Puestos a «tolerar», hay que tolerar a los «intolerantes», y no hace

falta mucha imaginación para prever el resultado. Son «las .dulces molestias de la libertad», como decía

aquel gran poeta y apacible politico que fue Jaume Bofill i Mates. ¿«Dulces»? El adjetivo es encantador.

De una buena fe mayúscula. Todavía los «comandos incontrolados» eran inéditos.;

lia tolerancia, en su mejor acepción «cultural», sólo alcanza un sentido válido cuando es mutua. O

recíproca. No una «concesión», .sino un «respeto» de unos * otros. Eso implica que nadie parte de la idea

de que él —o su partido— tiene razón, toda la razón y nada más que la razón. ¿Quién es el guapo que se

atribuiría este rango? Sí: hay quien lo hace. Y quienes lo hacen repudian el «pluralismo» como una

insidia derechista. Me parece que doña Simona de Beauvoir, en un espléndido panfleto sobre «el

pensamiento político de la Derecha», aseguraba que el «pluralismo» es reaccionario. Quizá sí, y si lo es,

ella misma, la anclanita Beauvoir, denostando el «pluralismo», se aprovechaba de él: sólo dentro de unas

coordenadas «liberales» ha podido funcionar esta distinguida dama, es decir, con el cobijo de la Derecha

y siendo de derechas su crítica de la "Derecha... Estos tirabuzones dialécticos acaban siendo, más que

grotescos, fatigantes. Siempre habrá quien, considerándose apoderado de la Verdad —revelada o

científica—, pedirá el monopolio del catecismo, de la inquisición y de los ministerios. La Verdad...

El buenazo y escéptieo de Poncio Pilatos —un gobernador civil que ya lo quisiera uno para su

provincia— confesó su perplejidad en una frase epigráfica: «¿Qué es la Verdad?» Y eso digo yo: ¿Qué es

la Verdad, qué son las verdades, en política, en economía, en cultura, en las avideces sexuales? Sí: hay

mucha «verdad» clara y clarificada. No es toda la verdad ni es nada mas 4pe la verdad.» .Tolerémonos los

unos los otros. No es pedir demasiado. Para lo que nos queda por vivir...

 

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