Por la paz y la unión del pueblo vasco     
 
 El País.    11/06/1977.  Página: 8. Páginas: 1. Párrafos: 9. 

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Porto paz y la unión del pueblo vasco

HAN TRANSCURRIDO muchos años desde aquel mes de agosto de 1894 en que los hermanos Sabino y

Luis Arana levantaron la bandera del nacionalismo vasco ante el viejo roble de Guernica. El tiempo sólo

ha servido para enquistar aún más el problema y para demostrar* hasta la saciedad, cuan desprovistos de

sentido político estamos; los españoles. Durante ese tiempo, el nacionalismo vasco ha brotado y se ha

ocultado, fundamentalmente, en función de ese gran caudal de fuerza política que ha sido el Partido

Nacionalista Vasco. Desde el viejo Consejo Provincial Vizcaíno, germen del PNV, hasta su versión

actual, este partido, democristiano, nacionalista y parlamentario, no ha dejado de experimentar

transformaciones que, sin embargo, resultaron en los últimos años insuficientes para permitirle seguir

dirigiendo los cambios de una sociedad en rápida transformación.

Estos planteamientos políticos no pueden desarraigarse de la evolución económica. Vizcaya y Guipúzcoa

constituían al concluir la guerra civil el pilar de la industria española. La gran burguesía vasca era

antinacionalista, no sólo por convencimiento político, sino por conveniencia económica. La autarquía de

la posguerra te compensó con creces de la pérdida de los privilegios ferales que sólo se mantuvieron para

Navarra y Álava.

La prosperidad del País Vasco en esos años atrajo hacia sus ciudades una fuerte inmigración. La

población obrera vasca estaba compuesta, al finalizar la década de los sesenta, por más de un 50% de

hombres y mujeres nacidos fuera de Euskadi, de habla castellana, con una base cultural ajena a las

tradiciones vascas.

Estas circunstancias han contribuido a forjar un tipo de nacionalismo diferente. Frente a la orientación

moderada, parlamentaria y cristiana del PNV, sectores de la juventud vasca adoptaron una actitud radical

en favor de la separación de las siete provincias vascas —cuatro españolas y tres francesas— de los

respectivos Estados; y surgieron grupos socialistas y autogestionarios, preconizadores de la lucha armada.

En agosto de 1968 era asesinado en Irún el cerebro de la policía política de Sarr Sebastián, el comisario

Manzanas. Las siglas ETA iban a saltar desde entonces al primer plano de la vida política española. Los

jóvenes fundadores de ETA eran un grupo revolucionario, de ideología seudomarxista y que pretendían

constituir nada menos que la vanguardia armada de una guerra de liberación nacional, calcada de los

manuales revolucionarios tercer-mundistas. Desde entonces, ETA se ha renovado a través de escisiones,

depuraciones y mutuas acusaciones de españolismo, nacionalismo pequeño-burgués y traidores de clase.

Gran parte del crecimiento y el innegable y peculiar arraigo de ETA se ha debido no tanto a la audacia de

sus acciones, casi siempre de terrorismo y de sabotajes, sino a la torpe represión y a la ausencia de

soluciones políticas que sus actividades provocaron en sucesivos gobiernos del franquismo: suspensión de

garantías constitucionales, arrestos arbitrarios, violencias policiales, destierros, juicios militares y

movilizaciones multitudinarias, colaboraron para convertir en héroes de la juventud vasca a los etarras,

echar tierra sobre delitos injustificables y paralizar la actividad política propia de una burguesía que

abominaba de estos métodos y a la que nada unía con ETA, salvo el sentimiento de repugnancia ante la

violencia y la torpeza gubernamentales.

La dureza represiva del Gobierno Arias y la política de concesiones a remolque de la presión popular del

Gobierno Suárez no han facilitado la preparación de un clima propicio a las elecciones. La lucha por la

amnistía ha permitido a ETA y a sus grupos afines crear un ambiente emocional en el cual se

identificaban situaciones de injusticia particular con soluciones políticas generales, llegando hasta el

chantaje de decir que participar en las elecciones era traicionar a los presos y a los muertos.

La ausencia de una base teórica en los planteamientos denominados ajerízate? — nacionales— se ha

traducido en una fragmentación de sus representaciones —en un último recuento aparecen seis grupos

políticos «auténticamente» vascos y de izquierdas, cinco de ellos agrupados en ía Coordinadora Socialista

Patriota (KAS)—, que aparecen divididos no sólo por sus matices doctrinales, sino también por su actitud

de abstención o no en los comicios. A esta izquierda patriota cabe sumar los partidos nacionales tales

como el PC de Euskadi, el PSOE vasco y alguna organización minoritaria.

En el camino hacia el centro aparecen él Partido Socialista Vasco (ESB), Acción Nacionalista Vasca

(ANV), el Partido Carlista de Euskadi (EKA), la Democracia Cristiana Vasca (DCV) y el PNV. Este

último es, sin duda, el partido vasco de mayor tradición. Demasiado pasivo durante la mayor parte del

exilio franquista, no planteó una alternativa dinámica al radicalismo nacionalista de´ ETA. El PNV se ha

despertado, no obstante, de su letargo en los últimos meses y los más recientes sóndeosle dan como

favorito en Guipúzcoa y Vizcaya. Precisamente en esas dos provincias de mayor tradición obrera es

también donde los grandes partidos de la izquierda «estatalista», PSOE y PCE, tienen posiciones más

favorables.

Estos pronósticos reposan, sin embargo, en bases muy frágiles. Los partidos en liza han llegado a

complicados acuerdos electorales en los que en unas provincias presentan candidatos comunes para el

Senado y en otras para el Congreso; a lo cual se añade la gran incógnita de la capacidad de atraer votos

que manifiesten Tos grupos abertzales que decidan presentarse a las elecciones.

Resulta muy difícil, pues, aventurar pronóstico alguno. Sí cabe afirmar que la ausencia de un partido

vasco respaldado por una votación mayoritaria sería una auténtica tragedia. Tragedia para el País Vasco

en cuanto reforzaría las violentas tensiones disgregadoras que hoy le dominan; tragedia para eí resto de

España, pues le privaría de un interlocutor con el cual negociar el estatuto de autonomía que Euskadi

reclama. Una de las estrofas finales del Guernicaco Arbola pide para los vascos «una paz inalterable para

vivir al calor de sus leyes seculares». Ningún don mejor que éste podrían traer las elecciones al País

Vasco.

 

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