Autor: Aguilar Navarro, Mariano. 
   Democracia y política internacional     
 
 El País.    10/06/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 10. 

Democracia y política internacional

Más de un español (pongamos como ejemplo un artículo del profesor Sánchez Agesta) se siente

incómodo, desasosegado, al comprobar la poca atención que en programas políticos y actuaciones

electorales se presta a los problemas internacionales. En tono exculpatorio puede reconocerse que el

fenómeno no es exclusivo; también se percibe en otros países. Esta podría ser una explicación, mas en

modo alguno supondría una respuesta correcta.

Al abordar infinidad de problemas, algunos gravemente preocupantes (el económico, el energético, la

política social, etcétera), estamos abiertamente predispuestos a señalar factores internacionales. Como lo

estamos cuando seriamente pretendemos explicar la historia política española desde 1934. Sin el

conocimiento de unos factores internacionales, que han actuado con condicionantes, muy poco de lo

sucedido entre nosotros puede comprenderse. No será entendida la guerra civil; y no será entendida ta

situación precaria, híbrida en que se mantuvo el régimen autoritario; ni tampoco sería fácilmente

interpretada la línea política seguida por los dos Gobiernos de la Monarquía. Quede muy firme esta toma

de posición: una insuficiente apreciación del entorno internacional nos convierte políticamente en

invidentes y paralíticos. Nuestra «capacidad de maniobra» en buena parte depende del modo que sepamos

elegir, en nuestro presente y futuro caminar y decidir político y reconocer estos condicionamientos

internacionales.

Vivimos inmersos en un mundo interdependiente, pero al mismo tiempo gravemente conflictivo

(conflicto más de intereses que de desnudas ideologías). Estamos obligados a tomar decisiones

trascendentales en un tiempo cambiante, equívoco (Lefebvre), y por lo mismo inseguro y

transitorio. Enmarcados de este modo, debemos evitar extremismos pueriles. Ni nos es lícito programar

cambios totales, que no nos serían tolerados (como no lo fueron en Portugal, ni lo serán en Italia, Francia,

etcétera), ni tampoco nos resulta válido ni realista subordinarnos a los dictados del imperialismo

neocapitalista, como si nuestra condición fuera de un Estado neocolonizado. Tenemos el deber, la urgente

obligación de rescatar nuestra soberanía, de dejar de ser un nuevo tipo de «cuasiprotectorado caribeño o

atlantista», que es lo que, en última instancia, hemos sido con el pasado régimen.

La época del-absoluto predominio de la bipolaridad está declinando; vive su ocaso. Un nuevo contexto

internacional está creándose en virtud de una modificación en ía composición de la sociedad

internacional, y ante todo como consecuencia de la naturaleza de la nueva problemática mundial. Los dos

bloques, aun persistiendo, han perdido el total protagonismo que antes poseyeron. Existen otras fuerzas y

otras integraciones internacionales que alteran aquella simplista fórmula que ya conoció la antigüedad

mediterránea: la bipolarización. Y en este entorno internacional, el papel de las medianas potencias

adquiere una cotización antes insospechada (como finamente ha estudiado A. Sterpellone en un artículo

titulado «Un roulo nuovo delle "medie potenze"». Este puede y debe ser nuestro caso.

En ¡as improvisadas programaciones de los partidos políticos las alusiones a la política internacional

constituye más bien un prontuario de cuestiones que un intento, aun cuando modesto, de tomas de

posición. La política internacional es enormemente compleja y sofisticada como para poder aceptar como

aportación positiva este proceder. Decir, sin más, que queremos incorporarnos en el Mercado Común (en

ocasiones ni siquiera se es capaz de entender que la Europa comunitaria no se agota con esa visión tan

simplista que ílega a identificar Mercado Común y ´Europa de las Comunidades) no es decir, a estas

alturas, nada original. Hacer determinadas sugerencias con relación a la NATO, a la Alianza Atlántica

(sin discernir adecuadamente lo que tiene de alianza política y lo que es exclusivamente aparato militar)

tampoco acredita excesiva madurez política. Y así podríamos ir pasando lista a las posiciones

programáticas. Lo que se impene es mentalizarnos en cuanto a la importancia que tiene coordinar nuestra

política de democratización y nuestro compromiso de aportar nuestra colaboración a la renovación total

del orden internacional.

Una vez que hayamos comprendido el alcance que tiene «el condicionamiento internacional», debemos

fijar unos principios orientadores, unas coordenadas en nuestra acción internacional. Me limitaré a señalar

las principales.

1. Nuestra política internacional tiene que partir de nuestra recuperación de la soberanía nacional. Cuando

un internacionalista habla hoy de la soberanía no hace referencia a una competencia ilimitada, absoluta.

Toda soberanía está limitada dentro de «un orden internacional». Soberanía significa hoy afirmar la in-

dependencia, ia libertad, el protagonismo internacional y también la responsabilidad internacional del

Estado. Este es nuestro primer postulado.

2. Solidaridad internacional. El orden internacional está hoy por una ley de inmanencia y por la misma

naturaleza de los problemas, obligado a plantearse las cuestiones internacionales en términos de

cooperación, de coexistencia activa, en suma, de solidaridad. El nuevo orden internacional tiene que ser e¡

producto de una acción solidaria, de una plena participación de todos los pueblos.

3. La sociedad internacional que tenemos que construir no puede identificarse con la vieja sociedad

internacional en que cristalizó el sistema de Estados. Aquella sociedad era enormemente discriminadora,

carente de todo asomo de real igualdad, falseadora de principios como los de ja justicia, la equidad, la

reciprocidad", "bwná fe en el comportamiento internacional, etcétera, no es hoy aceptable ni viable. Te-

nemos que construir.un nuevo orden mundial (partiendo de una total renovación de estructuras y de

ponderación de valores e intereses) que sea más una ordenación de la Humanidad que un sistema de

poderes estatales. Hay un cambio radical en los problemas y en los sujetos. Y esto implica, en lo

fundamental, lo que sigue. En cuanto al objeto, a los fines, tenemos que superar una sociedad

internacional anclada en la «razón de estado» para desembocar en una sociedad humanizada, en la que las

disputas de poder den paso a una convivencia en la paz y en la democracia. En cuanto a los protagonistas,

sin desconocer el papel preeminente que corresponde al Estado, tenemos que ser conscientes dei que

tienen que poseer otras instancias. Me refiero a los pueblos (preámbulo de la carta de la ONU y última

Declaración de Argel sobre los Derechos de los Pueblos). Mas también quiero tener muy présenles todas

estas subjetividades: regiones y nacionalidades (interrelación entre el regionalismo intraestatal y el

internacional y comunitario europeo); sindicatos (sin una presencia internacional de unos sindicatos aptos

para una acción internacional, muchas organizaciones pierden su identidad: OIT, Comunidades Europeas,

ECO-SOC, etcétera); partidos (los más destacados se integran en familias ideológicas internacionales,

pensando en términos comunitarios europeos el fortalecimiento de la asamblea ^o asambleas— y del

Parlamento de las comunidades reclama esa alineación internacional), e individuos a los. que hoy no es

posible negar su subjetividad internacional.

En este marco es donde debemos fijarnos para precisar la política internacional de una España

democrática que está comprometida en la tarea de transformar a fondo el orden internacional existente,

haciéndole, ante todo, humano, de democracia real (sólo si la logramos a escala internacional la podremos

dar autenticidad a nivel doméstico) y progresivamente socializador. Y para ello comencemos actuando en

el campo de la ética y de la cultura. Sin romper con la manipulación que de la cultura hacen los Estados y

los grupos de presión no podremos lograr el apoyo humano que nos permita cambiar ei signo de la

Historia. Elhombre no puede ser libre en un Estado opresor ni el Estado puede ser independiente en una

sociedad internacional oligárquica.

MARIANO AGUILAR NAVARRO

Miembro de la candidatura Senadores para ¡a Democracia, por Madrid

 

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