Autor: Villar Arregui, Manuel. 
   El Senado, en las Cortes Constituyentes     
 
 El País.    07/06/1977.  Página: 9. Páginas: 1. Párrafos: 12. 

EL PAÍS, martes 7 de junio de 1977

OPINIÓN

TRIBUNA LIBRE ELECTORAL

La constitutiva ambigüedad de la ley para la Reforma Política explica, aunque nojustífica, la opción por

un sistema bicameral en el próximo Parlamento. La alternativa que se planteó al legislador reformista le

enfrentó con dos opciones: el neto reconocimiento de que e! sistema de la supralegalidad del franquismo

había periclitado y debía ser sustituido por una Constitución de nueva planta o la apariencia de que, desde

los presupuestos de aquel sistema, era posible una modificación, más o menos paulatina, de la legalidad

fundamental para su evolución hacia la norma suprema en una Monarquía Constitucional. Corrían los

tiempos en que, desde las formaciones de la oposición democrática, se había acuñado el término ruptura.

Obedecía a las exigencias implacables de la lógica. No era posible que, por vía de evolución, las

estructuras que habían cobijado un régimen autocrático pudieran, en virtud de su propio dinamismo

interno, engendrar un marco normativo apto para una verdadera democracia. Este era —y no otro— el

sentido de la expresión ruptura, significante equivalente al de solución de continuidad. Desde las todavía

poderosas fuerzas residuales del autoritarismo se oponía la reforma a la ruptura y ¡a tesis dé una

modificación de las Leyes Fundamentales, tan alicorta como fuera posible, a la de redactar, tras unas

elecciones libres, una Constitución nueva inspirada en principios democráticos.

La ley para la Reforma Política ha venido a reconocer la ineludible necesidad del cambio, con solución de

continuidad. Mas lo ha hecho desde la apariencia de un cierto continuismo. Se han respetado los

preceptos procesales de la legislación del franquismo. La sensación de normalidad —la de que aquella ley

no había de desembocar necesariamente en la convocatoria de Cortes Constituyentes— se acentuó con la

previsión de que el futuro Parlamento respondería al patrón del bicameralismo. Por este camino, la

concesión otorgada a las fuerzas inmovilistas perjudica la funcionalidad de las nuevas Cortes, cuya tarea

prioritaria y acaso única —y esta es tesis hoy común a casi todas las formaciones políticas— ha de

consistir en elaborar una Constitución democrática.

Un primer análisis de la cuestión conduce a concluir que el Senado, en unas Cortes en apariencia

ordinarias y en realidad Constituyentes, resulta una institución disfuncional. El debate sobre !a nueva

Constitución habría sido más rápido, más operativo y aún más representativo de la voluntad popular en

una Cámara única, formada por diputados elegidos en virtud de sufragio secreto, universal y directo con

arreglo a criterios de estricta proporcionalidad.

El Senado que la ley para la Reforma Política configura significa una concesión hecha a las fuerzas

inmovilistas y residuales. De los tres tipos de Senado que el Derecho constitucional comparado ofrece, el

Senado de la ley para la Reforma Política responde a un tipo obsoleto de Senado «conservador»,

concebido como freno o como contrapeso del dinamismo de la otra Cámara. El hecho de que la

composición del Senado responda a un criterio de igualdad y el de que la circunscripción electoral

coincida con el territorio de cada provincia permitieron, en su momento, presumir que la composición del

Senado se traduciría en una fuerte prima a los vestigios, aún .potentes, aunque minoritarios, de las

estructuras residuales del franquismo. Su vigencia, por virtud de ¡a inercia histórica, era tanto mayor

cuanto menor es e! nivel industrial de la provincia, la incidencia cultural en sus habitantes y, en suma, el

grado de politización de sus electores. Conseguir que provincias de tan densa y plural población como ¡a

de Madrid tengan el mismo número de representantes en el Senado que otras de estructura rural y

ganadera, de escasa densidad de población y de nulo desarrollo político ha sido una clara concesión hecha

por el legislador reformista en favor del continuismo. Se agudiza esta conclusión al advertir que la

elección de senadores habrá de responder a criterios mayoritarios y no a criterios proporcionales. Y

todavía se agrava, en Virtud de la función colegisladora que al Senado se atribuye, en cuyo cumplimiento

la segunda Cámara puede aprobar o reprobar las leyes, sea cual fuere su rango, que el Congreso de

Diputados le remita. Desde la perspectiva de noviembre de 1976, en que Alianza Popular parecía haberse

adueñado de la voluntad del electorado, un Senado así concebido significaba un seguro contra la veleidad

constituyente del Congreso.

Las fuerzas democráticas tienen que aceptar este reto político. Y han de hacerlo tanto en el trance de las

elecciones cuanto-en el dinamismo ulterior del Senado si logran, su presencia mayoritaria en él.

¿Cuál sería la función de un Senado de .amplia base democrática en el período constituyente? No parece

razonable atribuirle una pasiva espera, durante los meses que el Congreso de Diputados emplee en la

preparación del texto constitucional. El Senado ha de operar, con prácticas que aspiren a convertirse en

hábitos constitucionales, desde e! día en que inaugure sus sesiones. Hará falta un amplio despliegue de

imaginación. En primer lugar, el Senado ha de ir en busca de su futura identidad. Ha de encontrar, desde

el presente inmediato, el lugar futuro en el marco de la Constitución democrática, en cuya elaboración

debe cooperar activamente. La función del Senado no puede ser otra que la de representar a las regiones y

a ios países y la de simbolizar, al propio tiempo, el pluralismo y la autonomía de sus pueblos y su

solidaridad en la irrevocable unidad de España.

Mientras el Congreso de Diputados debate el primer texto de la nueva Constitución, ef Senado

sftbeaprestarse a establecer comisiones de investigación y de encuesta, de iniciativa, de cooperación para

resolver los acuciantes problemas que España y sus regiones tienen inaplazablemente planteados. No ha

de incum-birle sólo una función fiscaliza-dora de la iniciativa del Gobierno, sino la de servir de cámara de

resonancia de los vivos problemas que cada región plantea para aprestar, en intima conexión con. las

colectividades de base, las soluciones que exijan. El vacío legal, en que la actividad del Senado ha de

desarrollarse durante los primeros meses a partir de su creación, ha de ser colmado por el Senado mismo.

Si. como todo permite esperar, una mayoría de demócratas accede a sus escaños, puede y debe ocuparse

de trazar las líneas del modelo del Senado regional del futuro, elegido, por cada uno de los distintos

países que integran España, en función ponderada de los habitantes que Sos pueblan. Le corresponde pre-

figurar el marco normativo al que hayan de ajustarse los estatutos de autonomía de países y de re-

giones.~Ambas tareas son compatibles con una pluralidad de acciones de carácter sectorial que estén

siempre en íntima conexión con las necesidades reales advertidas en cada una de las circunscripciones

hoy provinciales y, en su próximo futuro, regionales.

Es necesario que el Senado conservador y remora, concebido por la ley para la Reforma Política, se

convierta en .un Senado dinámico, democrática, en intima conexión con las bases regionales de las que

procede y celador de su función de intercomunicación entre aquéllas, para dar respuesta al tema del actual

y profundo desequilibrio regional.

La respuesta democrática al reto político de la ley para la Reforma, en lo concerniente al Senado, exige un

paso previo: lo-grar,que sean demócratas quienes ocupen los escaños de esta Cámara.

La batalla electoral por el Senado cobra singular importancia política en provincias como la de Barcelona

o la de Madrid. Como es sabido, los sectores inmovilistas lucharon por conseguir que prevaleciera el

criterio mayorita-rio para la elección de Senadores y aun por el de introducir correctivos en el criterio

proporcional para la elección de diputados en el Congreso. Si, (ras haber triunfado la .tesis de la

aplicación del criterio mayoritario para cubrir los puestos de Senadores, la provincia de Madrid, con

ingente número de votos populares, consigue llevar al Senado a tres personas de inequívoca significación

democrática, podrá decirse, con verdad, como recordaba en un mitin reciente de Senadores para la

Democracia ese gran político que se llama José María Areilza, que las próximas elecciones habrán sido

las primeras de la democracia y no las últimas del franquismo.

El sistema mayoritario para la cobertura del Senado ha aconsejado, entre otras fuerzas democráticas, a la

Federación de la Democracia Cristiana, a Alianza Liberal y al Partido Socialista Obrero Español a

promover "y a apoyar una Agrupación de Electores que ha propuesto una candidatura unitaria y plural al

mismo tiempo. Cada uno de los hombres que la componen procede de ia militancia en un partido

indiscutiblemente democrático. Son partidos distintos ideológicamente. En este sentido, el conjunto de

esos tres hombres simboliza, simultáneamente, e! pluralismo y la unidad. Se trata, probablemente, de la

oferta política más ajustada a la efectiva demanda del pueblo madrileño. Hoy, todavía, es una minoría la

que ha dado el paso de afiliarse a un partido, aunque sea mayoría la que opta por un cambio democrático

que le permita seguridad, estabilidad, justicia, libertad y dignidad. El común denominador de los tres

candidatos que Se-nadores para la Democracia aglutina es.su carácter auténticamente democrático. La

autenticidad tiene su origen en la autonomía o independencia de los partidos de que cada uno de los

candidatos procede respecto de cualquier instancia de poder. En la vida democrática, sólo es auténtico lo

que se origina en la base popular, en la sociedad. Los partidos que han apoyado a la Agrupación Electoral

proponente de esta candidatura y que prestan ahora su respaldo a la candidatura misma tiene, junto a otras

fuerzas políticas, qué, en general, se han abstenido de proponer candidaturas para el Senado, la virtud de

ia independencia y, por lo mismo, de la autenticidad. Democristianos, liberales y socialistas son las tres

grandes familias que han construido, sobre las ruinas de fascistas y de nazis, ia Europa democrática de

hoy.

Para un Senado democrático, dinamizador del proceso constituyente y confígurador delfuturo Senado de

las regiones, es necesario que el pueblo de Madrid elija senadores demócratas.

MANUEL VILLAR ARREGUI

Presidente del Comité de Madrid de la Federación de la Democracia Cristiana y candidato al Senado por

Madrid en la candidatura Senadores para la Democracia

 

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