Autor: Garrigues, Antonio. 
   Maquiavelismo, ética y política     
 
 ABC.    08/12/1976.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 10. 

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MAQUIAVELISMO, ÉTICO Y POLÍTICO

ES necesario que un p r í n c ipe que desea mantenerse aprenda a poder no ser bueno y a servirse o no

servirse de esa facultad según que ¡as circunstancias lo exijan.» •No tema (el principe} incurrir en la

infamia aneja a ciertos vicios si no puede sin ellos fácilmente conservar su Estado, porque si se pesa bien

todo hay una cierta cosa que pareceré una virtud, por ejemplo la bondad y la clemencia, y que si la

observas formará tu ruina, mientras que otra cierta cosa que parecerá un vicio formará tu seguridad y

bienestar si la practicas.» *Un principe no debe temer, pues, la infamia aneja a la crueldad cuando

necesita de ella para tener unidos a sus gobernados e impedirles faltar a la fe que le deben.» «Se presenta

aquí la cuestión de saber si vale más ser temido que amado. Se responde que seria menester ser uno y otro

¡untamente; pero como es difícil serio a un mismo tiempo, el partido más seguro es ser temido, primero

que amado, cuando se está en la necesidad de carecer de uno y otro de ambos beneficios.» "Cuando un

principe dotado de prudencia ve que su fidelidad en las promesas se convierte en perjuicio suyo..., no

puede y aun no debe guardarlas, a no ser que él consienta en perderse.»

Hasta aquí Maquiavelo a través de unas cuantas muestras del «maquiavelismo». No que el maquiavelismo

sea invención suya. El maquiavelismo es a la política como la sombra al cuerpo; siempre unido a ella,

desde siempre. Pero Maquiavelo dio su nombre al "maquiavelismo» porque nunca antes de él se habían

explicitado las leyes "físicas» de la pasión de mando, de la erótica del poder con más despiadada lucidez y

también, desgraciadamente, con más realismo.

Para él la ética no es una norma de conducta. Se entiende, para el principe. Debe serlo, por el contrario,

para los subditos frente a él. Para el principe es sólo un arma más entre las que dispone el poder. Cuando

al principe conviene una conducta ética, se usa la ética; cuando no, no. Eso es todo. San Agustín dijo:

´Ama y haz lo que quieras.» Maquiavelo le dice al príncipe: conquista el poder y haz h que quieras.

Porque el fin justifica los medios y antes del deber ser está e! ser. El ser o no ser el César. Esa es la

cuestión para él. Lo otro nada. La ley del éxito prima sobre la ley moral. El principe está sobre ella y,

como el hombre es malo por naturaleza, es un villano, pars dominarle hay que tratarle mal, villanamente:

Paradójicamente. >£/ Principe», de Maquiavelo, es un tratado de la villanía contra la tendencia histórica

de deificación del que manda.

La despiadada lucidez de Maquiavelo deslumhró a ios políticos renacentistas. El Emperador Carlos V,

que muere cristianamente recluido en Yuste, se confiesa lector asiduo del politico florentino, aunque su

política no fuese nada *maqiuiavélica». El problema, grave problema.

fue para los teóricos políticos católicos del barroco. Su antimaquiavelismo fue absoluto, irreconciliable.

Ya en 1583, el primer índice de libros prohibidos incluye entre tas obras reprobadas todas las ediciones de

la obra de Maquiavelo. Para el pensamiento político católico el maquiavelismo es una here¡ia. y el padre

Suárez, aquilatando más, cree que, más que de herejes, se trata de ateos.

Pero había que encontrar un acuerdo entre ¡a razón moral y la razón de Estado. La Ley de Dios es una

norma para que todo hombre —incluido el político— se salve, pero no es ni puede ser une norma

especifica de "salvación» política. Y el político, por muy cristiano que sea, quiere «salvarse» también

politicamente.

El ^hallazgo» lo halló Gradan con el •casuismo», conforme al espíritu de la Compañía d& Jesús a que

perteneció. Mas la verdadera clave del acuerdo entre la sencillez y le astucia la dio el jesuíta padre

Sánchez con la idea de la "intención dirigida». Así, «se puede responder a una injuria incluso con la

espada, dirigiendo la Intención no a vengarse, sino a evitar la infamia». Y asi, «si tu enemigo procura

hacerte daño • no debes desear su muerte por un sentimiento de odio, pero sí para evitar tu propio

perjuicio». Pascal se rasgaba las vestiduras. Según él la Compañía quería tener unidas dos cosas tan

opuestas: la piedad y el honor. Lo que sorprende es la sorpresa de Pascal. Unir la sencillez de la paloma y

la astucia de la serpiente, el hombre y la mujer en una sola carne, Dios y el hombre en una sola Persona,

eso es el cristianismo. Y en esa armonía, en esa concordia entre términos opuestos —aparentemente—

reside el secreto de la vida misma.

Contemporáneamente, Ortega y Gasset, en "Mirabeau o el Político», refiriéndose a los conceptos de

magnanimidad y pusilanimidad, es sin disputa —dice— más fácil y obvio no mentir que ser César o

Mirabeau (aunque no es lo mismo ser César que Mirabeau). Y añade: "Ni fuese exagerado afirmar que la

inmoralidad máxima es esa preferencia invertida en que se exalta lo mediocre sobre lo óptimo, porque la

adopción del mal suele decidirse sin pretensiones de moralidad y, en cambio, aquella subversión se

encarece casi siempre en nombre de una moral falsa, claro esté, y repugnante.»

Es verdad que hay virtudes magnánimas y virtudes menores, así como hay bienes superiores e Inferiores.

Lo que no hay es el parámetro para medir una y otra cosa y. en su defecto, el peligro es tomar como

medida la más falaz de todas, es decir, el éxito o el fracaso. El pequeño político es el que corre detrás del

éxito, es el demagogo.

La virtud de la magnanimidad no pone de acuerdo la razón moral y la razón de Estado más que si usa, al

usarla, no una •no moral» ni una inmoralidad, sino una moral también magna, magnánima. La

magnanimidad es la grandeza y elevación del ánimo frente a las adversidades y la inconsistencia del

acontecer humano. Es la virtud del político; no que toma, sino que merece ese nombre. Este último tiene

siempre que estar, optando no entre el bien y el mal, sino entre unos y otros bienes en la inmensa gama

del bien. Porque el mal no puede ser optativo como lo fue para Maguiavelo. No sólo por una razón moral;

también por una razón práctica. No está demostrado, ni lo demuestra Maquiavelo, que el mal sea rentable.

La muerte desastrada, aquí en España, de César Borgia, uno de sus prototipos del maquiavelismo, asi lo

prueba; y lo prueba a la larga, y aun a la corta, toda la Historia. Pero la escala, la gradación de bienes, de

los grandes a los pequeños, es ilimitada y compleja. Cuando el político opta —como debe hacerlo— por

el bien superior no niega el bien inferior, sino que lo asume. Y si no lo hace así, sino al contrario, no hace

un bien menor; sino, como lo vio Ortega, hace un mal. La omisión del bien mayor posible en beneficio de

un bien menor es, sencillamente, un mal; un mal de omisión que es una de las formas del mal. Para

concordar la sencillez con ¡a astucia no basta con esquivar el mal, sino que hay también que no quedarse,

si es posible, en la calderilla de los bienes menores que es estulticia. , No se trata de lucubraciones. La

política, la más alta de todas las ciencias para Aristóteles, puede caer, como la religión, en el más negro

«bizantinisme». Caer en eso del sexo de los ángeles o el de la democracia. Política de los políticos, por

los políticos y para los políticos. Un circulo que se cierra sobre sí mismo y del que queda extramuros una

cosa que se llama la gente, gente, el país.

En la democracia tiene que oírse la voz del pueblo que, cuando no es manipulada —¡y lo es con tanta

fretuenciaf—, es la voz de Dios. Esa voz verdadera, no falseada, tiene el seguro instinto de buscar y

entregarse a los hombres que le sirven y rechazar a los que se sirven de él. Es una voz que llama a los que

tienen vocación de servicio, que es la rnés alta vocación del hombre y la más noble y más digna, como ha

dicho el Rey Don Juan Carlos.

Antonio GARRIGUES

 

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