Autor: Ruiz Gallardón, José María. 
   Las ventajas de la izquierda     
 
 ABC.    16/12/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 10. 

LAS VENTAJAS DE LA IZQUIERDA

Con una insolencia explicable (al menos para mí, pues no tengo ningún motivo para dudar

de la sinceridad de sus convicciones) Alfonso Guerra, destacado líder del P. S. O. E., ha dicho

y reiterado que la alternativa de poder que representa su propio partido puede, en cuanto se lo

proponga, deshancar al Gobierno de la U. C. D.

Desde mi propia perspectiva, situada en las antípodas ideológicas, pienso, no obstante, que

existen datos objetivos que apoyan la afirmación del líder socialista, aunque no son ni tan

decisivos, ni tan propios de sus méritos como pudiera él mismo creer y, sobre todo, no

constituyen, todavía, dificultades absolutamente imposibles de contrarrestar. Quizá no esté de

más, por lo dicho, que analicemos más de cerca el caso.

Es evidente, en principio, que la clientela socialista del P. S. O. E. es numerosa. Por la doble

circunstancias de que el P. C. E. tiene demasiada historia —y demasiado contaminada de

horrores de difícil olvido—, el P. S. P. está en trance de autoidentificación, o como se dice

ahora, atraviesa un período de crisis de personalidad, todo ello avalado por el hecho de que las

masas asalariadas españolas constituyen un inmenso sector de nuestra población hábilmente

capitalizado por Felipe González una vez que logró, allá en Suresnes, deshancar al viejo,

demasiado viejo, Rodolfo Llopis.

Nadie, por otra parte, más propicio a dejarse halagar, y aun embaucar, que ese sector del

pueblo español, por promesas de cuyo cumplimiento sólo es lícito, en política, hacerse cuestión

cuando ocupe el Poder el P.S.O. E., si es que llega a conseguir sus propósitos. Pero lo que me

parece muy claro es que constituye una grave ingenuidad pretender ganarse a la masa

trabajadora sobre argumentos de que es conveniente para los intereses de aquéllos el despido

libre y la congelación de rentas salariales. De seguro que lo tomarían a broma, cuando no a

propósitos bastardos. Y, sin embargo, hay que decirlo con toda claridad, es la demagogia el

principal aliado del socialismo gonzalero porque es muy fácil prometer paraísos que no pueden

alcanzarse si no es desde el poder que no tienen. Esa música suena y sonará siempre muy

bien en los oídos de los trabajadores, aunque esté interpretada por una orquesta cuyo viento,

madera y metal no pueda sonar hasta que su director consiga formar gabinete.

Y con esa ventaja de demagogia irresponsable juega el P. S. O. E. y no seré yo quien niegue

eficacia a su acción. Eficacia, tanto más cuanto que este país nuestro había conseguido

desproletarizar importantes sectores de su ciudadanía, elevados a la categoría social de clases

medias—y por ello, en principio, proclives a un cierto conservatismo—, pero con unos líderes

no socialistas, no marxistas —y que además ganaron las elecciones— que, en lugar de mimar

sus propias bases, les auguran remedios copiados del adversario. No deja de resultar

tristemente curioso que el Gobierno nacido del 15 de junio, en lugar de organizar, como Dios

manda, a sus propias huestes en tomo a los principios socio-económico-políticos que les dieron

la victoria, se haya dedicado a una triple y suicida acción.

En primer lugar se ha caído en el error de pretender arrebatar a la izquierda sus propios

argumentos. Y ello, aunque parezca insólito, para convencer a la derecha. Los ejemplos están

en la mente de todos. Y, claro está, el experimento ha constituido el más rotundo fracaso.

Hablar a la burguesía española de autogestión empresarial, de cerrar las fuentes crediticias y,

ambas cosas, sin la contrapartida del despido libre y, al tiempo, coquetear —hay otros verbos

más sonoros, pero que omitiré por ahora— con el ala más civilizada —pero no la menos

marxista— del socialismo, sólo podía producir lo que ha producido: irritación, desconcierto y

desilusión a raudales. Se equivocaban de auditorio.

En segundo lugar, y con el nada elegante afán de que sus propios y aun autoritarios pasados

fueran olvidados o perdonados, en lugar de dirigir sus baterias contra sus naturales

adversarios, muchos de los triunfadores de junio han iniciado melifluas y complacientes

charletas hasta con el comunismo, en busca, acaso, de un futuro apoyo parlamentario que

jamás hubieran necesitado de pactar con quienes tienen parecido origen y común clientela.

Grave error de táctica que ha dividido a quienes debieron siempre permanecer en buena

armonía dado lo similar y coherente de sus respectivas ideologías. Pero error nacido

principalmente del feroz ataque que en su día desataron los que hoy prefieren dialogar con los

eurocarrillistas y no con la otra derecha tan civilizada al menos y con mayor sentido de la propia

coherencia.

Pero, sobre todo, en tercer lugar, los gananciosos del mes de junio han demostrado tener muy

poca fe en la fortaleza y racionalidad de sus propias y proclamadas creencias, por esa poca fe

ceden, ceden y ceden. Temen —y se equivocan— que España sea mayoritariamente

monárquica. Y para que el P. S. O. E. acepte —aun con displicentes reticencias— que la forma

del Estado se inscriba en el texto constitucional, pasan por numerosas concesiones en otras

parcelas. Cuando lo cierto es que por los méritos acumulados en el corto espacio de tiempo

que va desde el 22 de noviembre de 1975 hasta hoy, no hay ninguna Institución, ninguna

persona, ni dentro ni fuera de España, que encuentre entre nuestros compatriotas tan unánime,

tan sincero y tan racional consenso como el que acompaña a nuestra Monarquía y a nuestro

Rey. A este respecto conviene recordar, de una vez por todas, que la Institución Monárquica no

es moneda de cambio y que sólo en ella se fundamentan las grandes columnas sin cuya

permanencia se vendría abajo nuestro solar español: la unidad de la patria, la función

constitucional permanente de nuestras fuerzas armadas, y la consolidación de un sistema

estable, en orden, y basado en el Imperio de la Ley.

No creen tampoco, y por último, nuestros políticos en la honda raigambre de los principios

cristianos que han hecho del nuestro un pueblo con civilización específica. Y así, temen que se

les tache de clericales cuando lo que verdaderamente está hoy desprestigiado, en España y en

el mundo, después del Concilio Vaticano II, es, precisamente, cualquier brote de

anticlericalismo —muy del regusto socialista—. Renán es hoy varios siglos más viejo que Pío

IX. No; tampoco creen en la libertad como base del sistema económico, ni en la libre empresa

—que para ser libre, antes tiene que ser empresa, esto es, jerarquía— incurriendo así en una

colosal contradicción con sus manifestaciones de ayer, más electoreras que programáticas. Y

se asustan ante la realidad, natural y consagrada por la Historia, de una región con siglos de

régimen autónomo y específico, con fueros y tradiciones gloriosas y españolísimas, Navarra, a

la que están dispuestos a ortopédicamente insertar en una Euzkadi inventada por el señor

Arana.

Y así podría seguir con ejemplos «ad nauseam». Pero baste por hoy con lo dicho. Porque, en

efecto, en diciembre de 1977 —y es a esto a lo que iba— a la izquierda socialista española le

han llovido muchas, muchísimas ventajas. De las que se aprovechará, naturalmente. Mi único

propósito al escribir este artículo ha sido reconocerlo. Pero dejando constancia al tiempo de mi

opinión: las ventajas de que hoy goza el P. S. O. E., y le pueden llevar al Poder, no le son

propias ni adquiridas principalmente por su inteligencia, voluntad y constancia. Son regalos que

le ha hecho y le hace cada día el partido magmático hasta ayer y el Gobierno que de él ha

surgido.

José María RUIZ GALLARDON

13/XII/1977

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