Autor: Garrigues, Antonio. 
   El político y la política     
 
 ABC.    29/10/1976.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 13. 

EL POLITICO Y LA POLÍTICA

LA primera cuestíón que se plantea en torno al tema es la relación entre pensamiento y acción, entre

contemplación y ejecución. En el ser humano, el pensamiento y la acción no pueden estar enteramente

desligados. El hombre de pensamiento hace pensamiento, que es un hacer, una acción. El hombre de

acción no puede actuar sin que a la acción precede alguna forma de pensamiento, por leve que sea. Pero la

bipolaridad existe y, aunque ninguno de los dos polos es excluyeme del contrario, el predominio de uno

de ellos imprime carácter, sea la actividad pensante, sea la operante.

Pues bien, la política suele catalogarse en esta última actividad. Al propio tiempo hay incluso una cierta

hostilidad respectiva, recíproca, entre el político en cuanto hombre de acción y el intelectual en cuanto

hombre de pensamiento. Un político puro, un puro «animal político», como fue don Indalecio Prieto lo

expresa asi: ´Sobre los Intelectuales —exclusivamente intelectuales— prefiero en el Gobierno a los

hombres de acción. Acaso tenga origen envidioso mi antiguo desdén por la Intelectualidad; desdén que,

desbordándome, no pretendo disimular.»

Ortega y Gasset en su ensayo «Mirabeau o el político», con una prosa deslumbrante, expresa en estos

términos esa bipolaridad: "La política de Mírabeau —dice— era una política clara. Tan clara que el

Continente no ha podido seguir durante todo un siglo una política que ta anticipada genialmente por él.

Ahora bien, una política es clara cuando su definición no lo es. Hay que decidirse por una de estas dos

tareas incompatibles: o se viene al mundo para hacer política, o se viene para hacer definiciones.»

A Ortega le >seduce, diría más, le cautiva, la capacidad de acción de Mirabeau, que describe

maravillosamente en sus, en verdad, increíbles avatares. Pero como buen intelectual —y Ortega lo ha sido

prodigiosamente— no de/a de señalar la otra cara de la moneda; es decir, el desdén del intelectual por el

político: ´Esta carencia de vida interior —dice del hombre de acción— da a la existencia privada del gran

político un cariz de relativa vulgaridad, cíe basteza. Ni sus ideas ni sus gustos son precisos, originales,

retinados. Mirando desde la óptica de un intelectual, el hombre de acción vive en constante "à peur pres"

íntimo. Poco más o menos le es todo igual, porque le parece irreal. Lo importante para él son los actos.

Cuando miente, en rigor no miente, porque no está adscrito intimamente a nada determinado.»

En cuanto a la política, como el tema es inmenso, voy a limitarme a traer solamente algunas sentencias

sobre ella de dos de las más grandes cumbres del pensamiento humano: Aristóteles y Santo Tomás.

Para Aristóteles >el bien supremo del Estado es la unión de sus miembros porque evita toda disensión

civil»."La virtud debe ser el primer cuidado de un Estado que merezca verdaderamente este titulo y no lo

sea solamente de nombre.» ´Todas las artes, todas las letras tienen un bien.por fin. Y el primero de todos

los bienes debe ser el fin supremo de la más alta de todas tas ciencias, y esta ciencia —es decir, la más

alta de todas las ciencias— es la política. El fin de toda política es la justicia.»

En Santo Tomás, tan unido al pensamiento aristotélico, que cristianiza, sobre la sociedad política se lee:

"El bien y la salud de una multitud que vive ¡unta es conservarse conforme y unida, que es lo que

llamamos paz; y si ésta falta se pierde la utilidad de vivir en compañía.»

Leonardo de Vinci decía de la pintura, que es también un arte como la política: "El pintor que retrata por

práctica y a ojo, sin razonar lo que hace, es como un espejo que reproduce las cosas que se le ponen

delante, sin comprenderlas.» Tampoco comprende nada el político que no razona la política que hace.

Un puro hombre de acción es un puro animal político, donde lo que más cuenta es la animalidad; humana,

pero la animalidad. Hacen, pero no saben lo que hacen. Se mueven porque son movidos por el oléale de la

política, pero no sabendónde van. Pero el hombre contemplativo que se mete o se de/a envolver en la

acción política, siendo incapaz de asumirla, puede ser más nefasto porque más racional y más soñador. Y

el sueño de le razón produce monstruos. Cabalgando en una acción que ha desencadenado, pero que no

controla, camina desbocado. Conocedor del mundo abstracto de las ideas, pero desconocedor del hombre

nacido de mujer con su grandeza y su miseria, sus capacidades y sus puerilidades, asi como de lo que

lleva en su seno; es decir, en la gleba de que ha sido formado, de trigo y de cizaña creciendo,

desarrollándose inseparablemente, puede, en su dogmática ignorancia, querer encerrar la vida en los

esquemas más abstractos e

Inhumanos; y desprovisto como está de todo anclaje en el acontecer histórico real, verse llevado y traído

por el viento como el tamo de las eras.

El político no puede ser ni el autor del drama que contempla su puesta en escena sin intervenir en ella, ni

el actor que memorlza y representa sin saber nada de cómo se ha engendrado, ni qué esfuerzo ni qué

dolores le han dado vida. El político tiene que ser un autoractor. Tiene que tener una inteligencia, unos

saberes, un entendimiento propio del drama que es la política y, a/ mismo tiempo, tiene que tener también

la capacidad digamos psicofisica de actuarla, de realizarla, de representarla. David —y pocos hombres de

acción como él— fue un gran poeta y Salomón un rey sabio. Alejandro Magno se educó con Aristóteles.

César escribió la admirable «Guerra de las Galias». Isabel la Católica se rodeaba de los hombres letrados

de su tiempo. El cardenal Cisneros hizo la guerra y la Biblia poliglota. Carlos V tuvo de preceptor a

Adriano de Utrech —luego el Papa Adriano VI—. Los grandes reyes de todos los tiempos promovieron la

cultura y las artes. Napoleón es el promotor y el autor de su Código Civil, y escribe ep Moscú, que en ese

momento es el ojo de la tormenta que va a estallar, el Reglamento de la ^Comedie Française». Disraeli

fue un escritor; no un gran escritor, pero sí un buen escritor y así sucesivamente. Esto que se dice del arte

de la política puede aplicarse a todas las artes —ya hemos visto lo que decía Leonardo de Vinci del arte

de la pintura—. Ni aun el arte de torear puede practicarse sin inteligencia. Todo gran torero tiene la teoría

de su propio arte.

En eso consiste la grandeza de la política y del hombre político. Y por eso, porque no hay nada más difícil

que pensar y hacer, nada más misterioso y profundo que la palabra; pero la palabra creadora (porque en el

principio de ia acción fue el Verbo), es por lo que tantas veces se han divinizado y se siguen divinizando,

desde Moisés hasta nuestros días —^aunque sea ahora una divinización secularizada, como la de Lenin,

Mao Tsétung— a los grandes conductores de hombres. Tienen como un carisma que les saca y les separa

de la masa humana y les coloca en un nivel distinto.

El político es, pues, una mezcla, un compuesto de saberes y de prudencia. La ciencia —la política es una

ciencia— es para saber; la prudencia —la política es un arte— es para obrar. Un politico inteligente sin

prudencia es un peligro público. Uno prudente, corto de entendimiento, no será tan peligroso, pero será

estéril. No mover las cosas que están quietas puede tener tanto de sabiduría como de necedad, porque la

agitación por la agitación es nefasta. Pero no mover lo que tiene que ser removido es locura.

Antonio GARRIGUES

 

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