Autor: Moreno González, Juan Pedro. 
   El ingreso en la Universidad     
 
 Informaciones.    11/05/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 24. 

EL INGRESO EN LA UNIVERSIDAD

Por Juan Pedro MORENO GONZÁLEZ

(Catedrático de la universidad Complutense de Madrid.)

EL Ministerio de Educación y Ciencia comienza, una vez más, su consulta a las Facultades, para saber el

numero de alumnos que pueden admitir éstas en el próximo curso. • Con desgana y desilusión, los claus-

tros, y en su nombre, los decanos, contestarán, «para que quede constancia», que sus Facultades solo tie-

nen capacidad para un número determinado de alumnos.

pero todos sabemos lo que pasará...

Al filo del mes de octubre, miles y miles de españoles en edad universitaria, cargados de Ilusiones y

Justos merecimientos, harán largas colas en las secretarias de las Facultades intentando hacer realidad un

digno sueno, ser universitarios.

Los profesores y autoridades académicas de las Facultades y Escuelas Especiales harán horas extraordina-

rias, exprimiéndose el cerebro en un Intento de hallar el medio justo de seleccionar los mejores para

cubrir las plazas disponibles.

En el mejor de los casos, se admitirá un 20, un 30 ó un 100 por 100 más de las capacidades reales de los

Centros. Pero al final de este esfuerzo, volverán a sentir, una vez más, la desesperanza de su inutilidad.

Cuando salgan las listas de admitidos, surgirán las cartas de los padres disconformes, los antedespachos

de ministros, jerarquías eclesiásticas, militares y políticas, se llenarán de padres angustiados; los

empleados de correos tendrán que hacer horas extraordinarias y los teléfonos repiquetearán en los

Decanatos y Rectorados. Los demagogos harán su agosto en los medios de difusión y, en un momento

determinado, surgirá esa reunión dé urgencia en la que las altas autoridades universitarias serán llamadas

a capitulo para comunicarles una decisión gubernamental: «Nadie puede quedar excluido de la

Universidad , una vez más habremos dado un paso hacia la destrucción de nuestro estamento

universitario.

Los pasillos de nuestras Facultades y Escuelas Especiales serán testigo de las caras de desaliento en sus

profesores, de reuniones urgentes de los Claustros, de dimisiones y de lamentos... Una vez más se repetirá

la misma historia que viene sucediendo año tras año, hasta que las Universidades desaparezcan como

tales.

Es ahora cuando debe alzarse la voz y decir ¡basta!, es ahora el momento de planificar e informar; es

ahora, con la debida antelación, cuando debe considerarse el problema en conjunto y tomar las oportunas

medidas.

Y el problema no es que nuestros hijos precisen una plaza universitaria, la merezcan o no; el problema no

es que todos tengamos derecho a entrar en la Universidad; el problema no es, en definitiva, que todos y

cada uno nos creamos capacitados o vocacionalmente llamados a la Medicina, a la Abogacía, a la

Ingeniería, etc.

El problema es que nuestra comunidad necesita un número determinado de abogados, ingenieros o de

médicos. El problema es que la formación de estos profesionales cuesta dinero al resto de la comunidad

nacional y que la Universidad es la encargada de formar y administrar este recurso intelectual en bien de

esa comunidad.

El problema es que quienes pagan esa formación universitaria no son sólo los padres de los alumnos, sino,

ante todo, la gran masa de españoles, cuyos hijos seguramente no pueden o no quieren ser universitarios.

El problema es que las Facultades no tienen recursos para formar un número de profesionales ilimitado, y,

en. consecuencia, al repartir los mismos recursos entre más número de alumnos, cada estudiante tendrá

menos enseñanza teórica, menos prácticas, menos atención por parte de los profesores, dando como

resultado más tiempo libre, más disconformidad, más protesta, más politización, más pintadas... más

actividades no ya extraacadémicas, sino antiacadémicas.

Si el objetivo es hacer desaparecer la Universidad, no cabe duda que se ha elegido el mejor camino.

Una profesión no tiene razón de ser si no es para servir a la comunidad, y ha de servirla no sólo con su

preparación, sino también con el número de miembros adecuado. Seria, pues, lógico estudiar cuál es el

número y la preparación que cada una de nuestras carreras universitarias precisa para mejor cumplir sus

fines. Establecido este número, distribuyase entre las diferentes Facultades, con arreglo a sus medios, y si

es necesario, créense las oportunas. Hágase ana lista nacional de Universidades con las p1azas

disponibles, confecciónense unas normas claras de acceso y otorguese en una convocatoria nacional, la

opción a todos los estudiantes del país de acceder a las pruebas, de cualquiera de las Facultades e incluso

de varias.

Pero si este Ideal no puede alcanzarse para el próximo curso, atengámonos a las plazas disponibles en

cada Universidad, de acuerdo con sus recursos, y dediquemos todos los esfuerzos a mejorar la enseñanza

por una vea.

Selecciónense sin miedo, pero coa justicia, y de seguro obtendremos un grupo de estudiantes suficiente e

Interesado que aprovechará unas enseñanzas adecuadas y que serán capaces de servir a los intereses del

país y no a los propios; pero, ante todo estructúrese ahora, no en septiembre, antes de que nuestros hijos

se crean con derecho a algo que no les pertenece, antes de que se hagan ilusiones vanas.

Cuando el número de aspirantes a una carrera universitaria es mayor que las necesidades del país, debe

seleccionarse a los mejores, y para ello deben establecerse criterios objetivos con los que proteger, de un

lado, los Intereses de la comunidad, que emplea sus recursos en formarlos, y a la cual deben servir con la

adecuada preparación. De otro, a los individuales, para que nadie resulte injustamente rechazado.

Queramos o no, la selectividad existe, bien sea al principio de la carrera, antes de comenzarla o en el

transcurso de la misma. En el primer caso, ni la comunidad, ni el alumno, ni los padres han perdido otra

cosa que el incumplimiento de un deseo.

En el segundo, el alumno pierde su tiempo, muchas veces irrecuperable; el padre, su esfuerzo económico,

y la comunidad, su inversión, Infinitamente mayor que la de la familia.

Ese alumno que desertó, que agoto convocatorias, no ha ganado nada, pero sus compañeros perdieron la

atención que los profesores tuvieron que dedicarle a él, que se traduce en la oportunidad de una mejor

formación que repercutirá, lógicamente, en un peor servicio a la comunidad.

Creemos, pues, que debe plantearse de una vez por todas la selectividad, y si el Gobierno la tiene miedo,

que consulte al país; si el país la rechaza, significará que desea un aumento en los impuestos para poder

subvencionar, una enseñanza universitaria a todos los españoles.

Hágase, por fin, una política universitaria y no política a costa de la Universidad.

 

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