Autor: Ruiz Gallardón, José María. 
   La calle, la reunión de la Moncloa y sus consecuencias     
 
 ABC.    08/10/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 8. 

ABC. SÁBADO, 8 DE OCTUBRE DE 1977.

APUNTE POLÍTICO

La calle, la reunión de la Moncloa y sus consecuencias

Por José María RUIZ GALLARDON

¿Doscientas mil? ¿Medio millón? ¡Qué más da! Anteanoche la calle madrileña era un hervidero de

manifestantes, sus gritos y sus pancartas. Y su servicio de orden, que funcionó adecuadamente. Es un

hecho, es una realidad con significación propia. Veamos cuál es ésta. Tiene relación con el deseo de don

Adolfo Suárez de conseguir un pacto entre todos los grupos políticos.

En efecto, el presidente Suárez ha convocado para este fin de semana a tres representantes de todos y cada

uno de los partidos políticos con plaza, en el Congreso. Alrededor de la mesa se sentaran —y no creo que

sólo para oír— desde los comunistas de Santiago Carrillo hasta los hombres de Alianza Popular. El

presidente tratará de explicar su programa económico, que se sabe que es duro. Y tratará también de

llegar a un cierto consenso de, al menos, no beligerancia activa. Es difícil que lo logre, pero puede

conseguirlo. Bien. Supongamos que lo consigue. Me temo que ese simple acuerdo va a servir de muy

poco o, por mejor decir, de nada. A no ser que...

La razón de este mi inicial pesimismo es que los señores parlamentarios de izquierdas convocados por el

presidente del Gobierno, van a acudir a la cita, precisamente, como «parlamentarios». No como jefes de

partidos que tienen a la vez su correlativa —pero independiente— central sindical. De éstas no llevan

mandato explícito alguno, aunque todos sabemos que sí tienen autoridad sobre ellas. Pero una autoridad

que presumiblemente no van a querer ejercitar en menoscabo de su propia conveniencia frente a la base

obrera.

Por tanto, aún en el supuesto de que don Adolfo Suárez consiga un cierto acuerdo sobre su necesario y

doloroso plan de estabilización —llamemos a las cosas por su nombre—, ello será con los partidos, no

con los sindicatos que formalmente fueron quienes movilizaron anteanoche aquella masa humana. El

posible acuerdo de la Moncloa sería así un mal remedo del necesario pacto social. En el mejor de los

casos, a izquierda no tratará de apuntillar al Gobierno en las Cortes: dejará que lo arrastren en la calle, en

el taller, en el tajo.

Como todo esto lo sabe, sin duda, el presidente, sospecho que tiene un argumento decisivo en sus manos.

Que a mí me parece excelente y además el único positivo y válido: el ejercicio de la autoridad fundado en

la aplicación de la Ley.

Si sus medidas económicas salen triunfantes de las Cortes, si ya no caben —o no deberían caber— más

excusas, por aquello de los regímenes autonómicos o de la amnistía, el camino está muy claro: aplicarlas

inflexiblemente. Tenemos que trabajar más y exigir menos. Todos.

En la manifestación callejera madrileña el ministro más atacado fue el del Interior. ¿Por qué? Sin duda

porque en él veían los manifestantes la representación de la autoridad y equivocadamente la tachaban de

antidemócrata. Bien: pues sin autoridad no hay Democracia. Sin respeto a la Ley no hay Estado de

Derecho. Y sin Democracia, Ley y Autoridad, lo que no hay es Estado. Sencillamente. (Y Dios me libre

de calificar a Martín Villa de «enemigo de la Democracia». Eso que lo hagan otros. Acaso ministros. Para

mí el señor Martín Villa es tan demócrata, por lo menos, como sus compañeros de Gabinete.)

Y esa creo que es la baza del presidente Suárez: conseguir un consenso democrático para algo tan

elemental como que se aplique la Ley. Y luego, aplicarlo: a lo cual yo llamo gobernar.

J. M. R. G.

 

< Volver