Autor: Meliá Pericás, Josep. 
   Los errores de Arias     
 
 Informaciones.    03/07/1976.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

LOS ERRORES DE ARIAS

Por Josep MELIA

EL pasado II de mayo escribí un artículo titulado «Arias no debe seguir». Desde la Presidencia del

Gobierno se inspiró una sistemática campaña de réplica. «Puede estar tranquilo el señor Meliá», escribió

«Pueblo» en un editorial a toda página. En algunos periódicos de provincias se me llamó caradura y se me

acusó de tener mala uva. «Solidaridad Nacional» contestó con. un artículo titulado >Un grave errar de

Josep Melíá», que terminaba con estas palabras: «El arraigo de los periodistas de la oposición en la

opinión pública es bastante más discutible que la presencia de Arias al frente del Gobierno. Señor Meliá,

la ligereza de este artículo de ayer es on grave error. El tiempo lo confirmará.*

Estas eran las tesis oficiales hace menos de dos meses. Arias no quería dimitir. Sus colaboradoreí

Insinuaban que terminaría su mandato presidencial. (El propio Rey, a quien Arnaud de Borchgrave había

atribuido comentarios poco gratos para la gestión de Arias, negaría, primero en Santo Domingo y después

en Nueva. York, que existieran fricciones.) Un gran sector de la opinión pública, más acostumbrado ft

Interpretar las palabras que los hechos, vería en aquello» desmentidos un signo de estabilidad. Pero eran

ganas de engañarse. Desbordado, simple espectador de un partido de tenis, viendo pasar pelotas por

delante de su tribuna. Arias era apenas un observador distinguido del combate político, un lastre para el

cambio, el albacea del pasado. Su presencia al frente del Gobierno, por consiguiente, era Insostenible.

Primero, por su propia incapacidad para encajar el reto de las nuevas realidades. Segundo, porque

aprovechándose de la situación, se estaban montando operaciones en favor de determinadas personas y

grupos que comprometían gravemente la estabilidad de la Monarquía

A tenor de esta realidad, la cuenta atrás para el dia D había comenzado casi desde el comienzo mismo de!

reinado de don Juan Carlos. Arias siguió en su puesto menos por su capacidad para inspirar confianza que

por si temor que producía la necesidad de sustituirlo. El Arias de los días de la Monarquía ha sido sólo

una sombra de aquel gobernante que tanta esperanza levanto con su discurso Sel 12 de febrero de 1974.

De error en error, desguarnecido, ha visto cómo su popularidad decrecía, cómo la Prensa, que en su

momento le defendió y le salvó de la crisis, se volvía unánimemente en su contra; cómo los sectores

politizados eran cada vez más escépticos acerca de su dominio de las claves del Poder. De un Arias de los

aperturistas habíamos pasado a un Arias patrimonializado por el «bunker», defendido por los

inmovilistas1 a capa y espada. De un Arias tolerante y conciliador, a un Arias destemplado. Sólo así se

explica que sus últimos tiempos hayan sido una larga cadena de afrentas a los periódicos y revistas, a

quienes incluso se les regateaba el derecho a sobrevivir y a publicar anuncios oficiales, y una serie de

descalificaciones a las opciones legítimas de la oposición.

La crisis estaba cantada. Lo hemos dicho una y otra vez arrostrando el riesgo de no acertar en el dato

cuando lo que se intentaba era describir estados de situación y no de anticipar las noticias. Para el

comentarista, el hecho de que las noticias oficiales no se atengan a la realidad de los procesos profundos

de la fenomenología política, no supone una contradicción. Es uno de los datos de su ecuación. El tema

consiste en saber por qué entonces no se desencadenó la sustitución de Arias y ahora si.

Porque lo que está perfectamente claro es que Arias seguía sin querer dimitir. Es más, ignoraba la

Inminencia del peligro. Cuando ya estaba decidida su suerte, cuando ya se le había citado para la

audiencia real —en lugar tan poco frecuente como en el Palacio de Oriente—, cuando ya Fernandez-

Miranda había citado ai Consejo del Reino, sin decirles para qué, pero sabiéndolo sin duda, Arias

celebraba la fiesta de su paso del Ecuador como presidente. Era el miércoles, último dia de Junio. No

sabía nada todavía. Pero el Rey había ya adoptado IB decision de relevarle.

¿Por qué? un ministro le contó a un amigo suyo de Barcelona: «Por todo, por todo, por todo.» Razones,

en efecto, no faltan. Son tantas, que si algún punto oscuro dejan es el de saber cómo se consintió que las

cosas llegaran tan lejos, que las equivocaciones fueran tantas, tan graves y tan comprometedoras. Lo mas

difícil es situar correctamente la gota que colmó el vaso de agua. ¿Fue el día de San Juan durante la

entrevista del Rey con el Jefe de la Casa Real en una habitación de la clínica Barraquer? ¿Ha sido

atendiendo al consejo de dos Ilustres militares que se han adelantado a ciertos movimientos de los

nostálgicos del ínmovilismo? Todo se Irá confirmando. Pero no serviré sino para añadir nuevos

ingredientes al coctel de la curiosidad de los coleccionistas de epifenómenos. La corriente subterránea

fluía de manera incesante desde hace mucho tiempo. La crisis no manaba. Pero estaba ahí. Contenida,

cegada, alimentada, con errores, traducida en divergencias, en tensiones en el seno del Gobierno, en Ia4ta

de acierto a la hora de coordinar los diferentes puntos de vista, en incapacidad para asumir el futuro

libremente y sin hipotecas. Estaba ahí. Cualquier fraile lego habría sabido leer que los discursos del Bey,

¡os mensajes del presidente a las Cortes y a la televisión estaban escritos en dos idiomas diferentes. Y´ lo

que es más grave, pensados desde dos planteamientos muy contraríos, y casi incompatibles, de lo que es

la legitimidad y las exigencias de una convivencia sin exclusiones y asentada sobre la soberanía del

pueblo, con la caída de Arias se sustancian graves fallos en el planteamiento de la reforma de los que el

presidente posiblemente no era responsable. Todo queda en el aire. La reforma constitucional y el

referéndum pueden ahora discurrir por otros cauces. La crisis ha llegado en el momento Justo en el que

los errores habrían adquirido carácter irreparable. Se ha ejercido la autoridad, pues, para consolidar la

Corona. Y los respaldos que se le buscarán tendrán sin duda esa fuerza avalista Imprescindible para

concillar la necesidad del cambio con el funcionamiento de la legalidad.

En mós de un sentido, por consiguiente, la caída política de Arias es una noticia positiva, que reabre las

esperanzas de este castigado país. Para muchos, sin embargo, que creimos en el Arias de los primeros

días, que lo apoyamos, este final no deja de producirnos una cierta tristeza. No tanto por habernos

equivocado como porque el país haya perdido un tiempo precioso liando parte de su fe a una carta

Inviable. Arias quería pasar a la historia y posiblemente no obtendré el Juicio que esperaba conseguir.

Ahora que muchos harán leña del árbol caído, lo lamento. Lo digo con toda la autoridad de quien le ha

criticado con dureza y sin piedad, limpiamente, defendiendo el superior derecho de España y de los

españoles. V lo lamento, sobre todo, porque todo se ha perdido por falta de condiciones para administrar

el poder de gestión que se habla puesto en sus manos. Por fallos humanos no por motivos de orden

exterior o por condicionamientos insuperables. Con Arias, ademas, cae el último Gobierno del

franquismo. Ahora debe ser posible, de verdad, el primer Gobierno de la Monarquía, el primer

Gobierno de la nueva época.

 

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