Autor: Fuster i Ortells, Joan. 
   Fantasmas que vuelven     
 
 Informaciones.    28/08/1976.  Páginas: 2. Párrafos: 6. 

FANTASMAS QUE VUELVEN

Por Joan FUSTER

EL asunto ha sido muy comentado por la Prensa de medio mundo: de medio, al menos. Se trata de la

escandalosa «caza de brujas» que parece haberse desencadenado en la República Federal Alemana. Es,

desde luego, la «caza del rojo», y, como suele ocurrir en estos casos —porque tos precedentes abundan—,

no hace falta que alguien sea exactamente «rojo» para que la jauría oficial se le eche encima. Las noticias

que han trascendido inducen a creer que la situación empieza a ponerse fea. De momento, un tupido tamiz

administrativo impide el acceso a determinados empleos a cualquier persona sospechosa de profesar ideas

incorrectas. Por ejemplo, el individuo objeto de suspicacias no puede ser funcionario del Estado —

oficinista, maestro de escuela, conductor de locomotora, quizá ni cartero—. y la congelación profesional

puede ir bastante más allá. Cuentan también que las censuras legales o subrepticias frenan no poco el

trabajo en el ramo intelectual. Otras anécdotas, de relevancia menor desde el punto de vista periodístico,

pero igualmente significativas completan el panorama. Supongo que la excusa justificatoria será que la

operación consiste, y no más, en una «defensa de la Constitución». Y hasta es probable que digan:

«Defensa de las libertades públicas.»

Por supuesto, eso ha ocurrido y puede ocurrir en las mejores familias, y valga el giro. Ya lo acabo de

insinuar. Un bello «precedente» sería, sin ir más lejos, el norteamericano del senador McCarthy. Este

sujeto pasó a la historia por su genial capacidad de persecución y por la no menos enorme habilidad que

tuvo para que le tolerasen, o le aprobasen, la maniobra. Si en los «libres» Estados Unidos pudo

desarrollarse aquel episodio ignominioso, ¿qué cabs esperar de una Alemania que aún no ha digerido el

nazismo? De entrada, un observador ingenuo podría imaginar que, mandando alternativamente o

camuflados, unos señores que se llaman «socialistas» y unos señores que se llaman

«demócratascristianos», el problema resulta inverosímil. Los caminos de la hipocresía política son muy

curiosos, si bien se mira. Por ahí anda suelto cada «socialista:» y cada «demócratacristiano» que Dios nos

guarde de caer bajo su férula. Me abstengo de aventurar paralelismos amenazadores, caseros, porque

correría el riesgo de que me acusasen de incordiar y de boicotear nuestras divertidas «plataformas

unitarias». No estará de sobra desconfiar por principio. Un viejo refrán castellano aconseja: «Cuando las

barbas de tu vecino veas rapar, pon las tuyas a remojar». El uso de rasuradoras eléctricas no altera el

planteamiento.

De todos modos, cuando se habla de Alemania —de ambas, ¡ay!—, uno no puede evitar un escalofrío

especial. Me gustaría evitar equívocos. No soy de los que opinan que un fulano, por ser esto o lo otro —

alemán, o inglés, o francés, o...—, queda fijamente condicionado en su comportamiento civil. Sin

embargo... En los tinglados germánicos de hoy, ¿pesa mucho o nada «su» tradición mejor, la de Heine y

Schiller, la de Thomas Mann, !a de, si me apuran, de Kant, de Hegel, de Nietzsche, de Marx, de Einstein,

de etcétera? ¿O priva todavía Hitler? ¿No da una miaja de angustia que el debate se centre en un

«Kulturkampf» y un «Mein Kampf? Después de fa derrota del 111 Reich. la "democracia», apoyada por

!os occidentales —las potencias occidentales, se entiende—, no ha sabido consolidarse sin las consabidas

adhesiones de hipotéticos «trasfugas» nazis. Era inevitable. A! darle la vuelta a la tortilla, los cambios de

casaca —de camisa— tuvieron que ser infinitos. El nazi que esquivó las represalias iniciales, a la larga,

volvió a intervenir. Las denuncias de la presencia «ex nazi» en los altos cargos de ta República Alemana

Federal se han repetido: «socialistas», «demócratacristianos». ¿Era inevitable? Me temo que sí. Al fin y al

cabo nadie —en Alemania y fuera de Alemania— era tan "antinazi» como decía. Ni Adenauer ni Brandt.

Espero que no se me acuse de «racísmo" si confieso mi candida aprensión acerca de «lo alemán»,

globalmente considerado. Ellos fueron los «racistas), y han de pencar hoy, «a posteriori», con la réplica

automática. Los vencedores de la última guerra mundial, Churchill, Stalin, Roosevelt, De Gaulle —¿a

quién venció nunca De Gaulle, excepto en el truco electoral?—, pensaron, y pensaron bien, que convenía

«despedazar» a Alemania. Se limitaron a dividirla en dos. Y ellos no se dividieron, claro está. Desmontar

la eterna Alemania belicosa era una tontería si Francia, y Gran Bretaña, y la Unión Soviética, y los

Estados Unidos continuaban «concentrados". El imbécil de Maurfac se regocija ante el espectáculo de una

Alemania dividida, mientras cultivaba su grotesco y pernicioso «chovinísme» de pollastre galo. La

multisecular guerra francoprusiana quedaba en pie. Sólo que con otro enfoque. El revanchismo ale. mán

ya no será «nacional»: será de «clase». Las dos Alemanias son, aparentemente, dos mundos. Pero, entre

pecho y espalda, el mandamás de Bonn añora a Hitler. Para él, el indígena —alemán— que no se somete

es... Pongamos: un cliente de Dachau. No lo dicen así. Guarda las formas. Aunque no demasiado. Se les

ve el rabo. ¡Y tanto!

¿Me permiten ustedes fa trascripción de un chiste? Tal vez les sea familiar y archisabido. No importa. La

cosa era un emigrante celtibérico que se ganaba el jornal en una fábrica alemana. «Lo nuestro eran

cochecitos para niños. Pero las piezas, combínaselas como las cobinases, siempre daban una

ametralladora.» El «milagro alemán» de aquel ministro gordo que no recuerdo cómo se llama, ¿era eso?

Probablemente, no. El indicio jocoso no es de desdeñar, sin embargo. Y otro chascarrillo. No recuerdo

quién me lo contó. Era un judío milagrosamente escapado del Gran Pogrom, que regresó a Alemania para

arreglar algunos papeles y marcharse en seguida. Un su amigo ario intentaba retenerle. Hitler murió; se

acabaron las SS; todos somos liberales. El semita, con estudiada displicencia, alegó: «Sí, sí... Pero

mañana volveréis a las andadas, y nos llevaréis a las cámaras de gas a los judíos y a los barberos...» El

otro saltó en seguida: «¿Por qué a los barberos?» El rasgo de humor, y de humor negro, pone la piel de

gallina. El viquingo nohitleriano había reaccionado espontáneamente: ¿el barbero? Ni por un instante

pensó en el judío: un penoso automatismo «social» seguía funcionando en su interior. Y «sin non é

vero...».

No hay que engañarse. Después de tantos años del hundimiento del III Reich, cuando ya los

supervivientes de las generaciones nazis deben estar llenos de alifafes y establecidos en un «gagá»

insoluble, los resortes mentales —y los políticos, por descontado— de la antigua violencia no parecen

haber agotado sus posibilidades ni su avidez. Bajo otras etiquetas, con nuevos pretextos, la actitud no ha

cambiado en exceso. Entre nosotros, la historia puede fácilmente repetirse. En el panorama de ta futura

«democracia» que están cociendo ya se detectan síntomas alarmantes. Quizá sea verdad aquello de que

uno termina semejándose al enemigo que combate. No sé. No me convence la explicación. Me inclino por

otra; los hábitos profundos del comportamiento cívico —y del comportamiento familiar, y cultural, y lo

demás— se aprenden y se heredan desde unas situaciones muy concretas. Variará la superficie doctrinal,

y hasta la buena voluntad será indiscutible, pero la remora conservará su vigencia inconsciente. O no tan

Inconsciente, sí bien se mira. Estén ustedes al tanto. Lo que se avecina no son tortas y pan pintado. De

momento, nos concentramos en el reproche al "bunker". Si Dios no lo remedia, tendremos (a oportunidad

de comprobar cuánto de «bunker» nos reservan, para mañana, las joviales escuadras de la "democracia».

Y que conste que me gustaría equivocarme en el augurio. Pero ¡qué quieren que les diga!

 

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