Autor: Pemán Pemartín, José María. 
   Negociar     
 
 ABC.    15/09/1976.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 11. 

NEGOCIAR

BUENO sería que nosotros, los vehementes hispanos, estuviéramos ahora inventando una nueva

forma constitucional basada en un desarme de extremismo polémico y una apacible tendencia al diálogo!

Recuerdo que cuando, siendo yo muy ¡oven, Ruiz-Giménez fundó una revista con el titulo de ´Cuadernos

para el día´ logo», ya anunciaba el mecanismo auditivo y equilibrado sobre el que se quería montar ¡a

renovación del pensamiento.

No se sentaba con esto que ios españoles fueran del todo alérgicos a un pacifismo racional del diálogo:

cuando muchas de sus mejores entregas de emoción o inteligencia fueron trasladadas a la imprenta en

forma de diálogo; así, la teología escriturarla en los ´Nombres de Cristo», de fray Luis de León; /a

«gramàtica» en los ´Diálogos de la Lengua», de Luis Vives; así, la narrativa de la Celestina». El mismo

Quijote está mat entendido por los que lo consideran una expresión restallante de la vehemencia española

tan quijotesca cuando en realidad la misma contextura del libro —en definitiva un diálogo entre Quijote y

Sancho Panza— se plega a un examen ana lítico y dual de sus temas. Américo Castro extrajo mucho ¡ugo

de auténtico cervantismo como gemelo de la moderación equilibrada del pensamiento de Erasmo, quizá el

europeo más dialogante de le época.

Fue sutil y penetrante Eugenio d´Ors en su apotegma: ´La elocuencia consiste en la seguridad de ser

escuchado.» Ni Alcalá Galiano, ni Moret, ni Castelar, ni Donoso, ni Vázquez de Mella emplearon

ninguna forma dialogada. Ellos afirmaron con entusiasmo, con una sintaxis alargada y metáfora vistosa y

candente, con lo cual tenían sus salones o auditorios rebosantes de oyentes. Una pelota y un paredón le

basta ´a un español forzudo para jugar al frontón. En cuanto la pared «inter pósita» se convierte en red se

ha inventado el tenis y los españoles han empezado a volverse Ingleses, holandeses o suecos.

Pero ahora, de pronto, ios españoles se han puesto a dialogar y organizar cenas y almuerzos con salsa de

política, Tierno Galván almuerza con Suárez; /as Comisiones Obreras dialogan con los Sindicatos y los

ministros. En las profundidades semánticas del idioma, como en las algas del fondo del mar, se conservan

inmensos almacenes de proteínas dialécticas. Los mismos heterodoxos españoles fueron hombres de

afirmaciones redondas, no de diálogos puntiagudos. Así, Sánchez, el Brocense, en su espíritu filosófico y

su planteam/enfo eminentemente escéptico, lo hace be¡o un título despiadado: «Quod nihll scltur» (Que

nada se sabe). Lo mismo en la vacilante y dubitativa doña Oliva Sabuco de Nantes, o el abate Marchena.

Menéndez Pelayo se declaraba, con razón, católico a machamartillo, pero de vez en cuando suspendía su

jornada de forjador y herrero y marchaba como Apolo en el cuadro velazqueño a hacerle una visita a

Vulcano a su fragua, los heterodoxos españoles, por su sorpresivo «suspense», le divertían mucho a don

Marcelino.

Hasta que llegaron a la vida intelectual y universitaria de España los Sainz del Río, los Giner o los

Azcárates, en esa oleada de «krausismo», que era como un •kantismo» aguado al servicio de la institución

libre, para ser usado en forma de pomada cutánea sobre las erupciones de la piel soleada de Hispània con

sus sarpullidos y pedanterías.

España, tomándole a Horacio algo más que sus bien medidos exámetros, se sirvió de la postura clásica det

«carpe diem»t del *beatus ille qui procul negotll» o la •escondida senda* que buscaba fray Luis había

comprendido que el «oc/o» resumió la elegante postura clásica, mejor que en el italiano, por ejemplo, el

«do/ce far niente». Comprendió que era la negación del ocio, el •negoclo»~. Se diría que el valor clásico

aprobaba en su entraña coloquial et postulado de aquel tratante de mulos en Jerez: ´Negocio que no da

para levantarse a las doce, no es negocio.»

Pero por muy asombroso, que nos parezca esa tesis genuinamente bética empieza a inyectar en Europa

con dosis nueva de tranquilizante y lentitud. La política, por tanto tiempo olvidada de la vida de

intercambio racional y humano, empezaba a pensar si no podría intentarse una devolución de eficacia e

importancia al verbo ´negociar».

No sé si todo ese esperanzado optimismo se volatilizará al ponerse en contacto con la vida.

Todos los partidos, todos los países, todos los prebeligerantes querrían negociar sus tesis varias. Ya por io

pronto esa confianza casi mágica en la vieja sabiduría proverbial del ´hablando se entienden las gentes

implica, por io menos, un tiempo más lento, una fe en una posible esperanza, un renuevo de la

sensibilidad civilizada; en fin, en cualquier caso, [un buen negocio!

José María PEMAN

De la Real Academia Española

 

< Volver