Autor: López Aranguren, José Luis. 
   La palabra escrita y la organización de la democracia     
 
 El País.    27/07/1976.  Páginas: 1. Párrafos: 6. 

OPINION EL PAÍS martes 27 de julio 1976

La palabra escrita y la "organización" de la democracia

JOSÉ LUIS L. ARANGUREN

Estamos viviendo unos meses de lucha por la democracia a muy diferentes niveles; a través de los todavía

insuficientemente legalizados partidos, de los sindicatos, de la espontaneidad más o menos regularmente

canalizada de sociedades profesionales, asociaciones de vecinos, asambleas de empresa y de estudiantes,

comunidades de padres de niños en los colegios, manifestaciones públicas, autorizadas o no... No, nunca,

a través de «las masas». La gran paradoja del régimen franquista es que se denominase «democracia

orgánica». Por supuesto que no era democracia. Pero tampoco tenía nada de realmente «orgánica». Los

obreros, sometidos a la burocracia paraestatal de tos llamados sindicatos verticales, eran reducidos a la

condición de masa inorgánica, de la que solamente a partir de las asociaciones católicas HOAC y JOC, de

las Comisiones Obreras después, lograron en parte salir, precisamente «organizándose». La sociedad de

consumo, en la que artificial, precipitadamente, se ha sumido a) país —y el precio de este insostenible

ascenso en el nivel de vida, sobre la base del turismo y de las divisas ahorradas por la mano de obra

exportada, se va a empezar a pagar ahora—, es ni más ni menos que sociedad de masas. La radio y, sobre

todo, la televisión, dirigida por el durante tantos años Ministerio de Desinformación, ha servido

eficazmente al designio de masificación del país. El régimen franquista no ha sido democracia orgánica,

sino, por el contrario, autocracia masificante, inorgánica.

Claro está que a la expresión democracia orgánica, falsificada por el franquismo, la ha dejado éste

imposible para nosotros. Pero uno de los principales problemas que se plantearán tan pronto como se

desemboque, de verdad, en la democracia, será el de hacer ésta más orgánica u organizada, más directa y

desde la base, menos unilateralmente de partidos políticos, menos unilateralmente «representativa» de lo

que en otro tiempo fue. Aunque, por supuesto, el régimen representativo y de partidos sea condición sine

qua non de toda democracia moderna, imposibilitada para el gobierno inmediato del pueblo por el pueblo.

Hoy, en contraste con lo que ocurría en los años treinta, se siente la necesidad de complementarla. Es

decir, de dotar de forma a la expresión política a lo ancho de todo el espectro social, de configurar y

«organizar* la democracia. Un Estado, en tanto que destruye las organizaciones intermedias (o las

arrumba, como la URSS ha hecho con los «soviets»), las somete dictatorialmente, como en España se ha

hecho con los municipios y el sindicato, o mantiene anacrónicamente la apariencia de una

representatividad de la llamada «célula familiar», por otra parte hoy a todas luces desintegrada,

implantaftífc régimen totalitario. Pues totalitarismo no es sino autocracia, aparato estatal y, por debajo,

masa inorgánica. El sarcasmo de llamar democracia orgánica a lo que hemos padecido responde, en

definitiva, a nuestra adulteración del modelo fascista, teñido de corporativisme verbal para contentar a la

derecha católica tradicional.

He citado al principio los principales agentes de reorganización de la participación política, frente a la

masificación franquista, pero omití hacer mención del muy importante de la prensa, al que quiero dedicar

párrafo aparte. La teoría establecida —McLuhan dixit— a la que ha rendido culto el Ministerio de

Información, desde Fraga, a veces sin saberlo —no me imagino a un Sánchez Bella, por ejemplo, versado

en estas cosas—, es la de que lo importante es controlar enteramente los mass media de la nueva Era,

pues la prensa carecería de incidencia sobre —otra vez— la masa y, moviéndose en pequeños circuitos

cerrados, sólo convencería a los residuales partidarios de la comunicación alfabetizada, de antemano

persuasibles y, por tanto, ya irrecuperables. Y sin embargo en España las cosas están ocurriendo de muy

otra manera. El país cambia rápidamente ante nuestros ojos. (Otro día veremos hasta qué punto, según

creo, se trata de un cambio, bien meramente oportunista —lo que, como síntoma, es importante y pienso

que positivo—, bien más superficial de lo que podría parecer.) Desde que se ha roto el monopolio de la

desinformación, una parte de la prensa y, por supuesto, ésta, de factura muy clásica, en la que escribo,

está reconformando la mentalidad colectiva, mediante la palabra escrita. Y, en cambio, la televisión,

perdida ya toda credibilidad, empieza a ser usada, aparte su función umversalmente estupefaciente, para

proporcionar en directo el espectáculo de la política y sus actores, pero de ningún modo como medio de

interpretación válida de los acontecimientos. Así, el «ver» y el «interpretar» se disocian. La TV vale para

lo primero, pero su descrédito aumenta por días en cuanto a lo segundo.

El cambio hada el descrédito es ´ importante y en un cierto sentido, en cuanto generalizado, muy grave.

Del teatro a puerta cerrada —El Pardo, la Presidencia y los Ministerios, las Cortes—, al que ningún

español ajeno a la clase política tenía el menor acceso, hemos pasado a la política como «espectáculo», a

la vista de todos y, con frecuencia —Arias Navarro y sus melodramas, los «números» de Fraga, la crisis

última con su intríngulis, sus intrigas y su desenlace— espectáculo penoso, carente de dignidad,

representable pero impresentable.

Sí, el hermetismo franquista tenía sus ventajas, y mientras se mantenía como tal, es decir, en silencio,

podía inspirar el respeto propio de los políticos arcana. Eramos relativamente pocos los que,

soportándolo, y qué remedio, disponíamos de la válvula de no tomarlo intelectualmente en serio. Dentro

de poco, si las cosas siguen así, nadie tomará en serio al Gobierno de turno, y esto, repito, es muy grave.

Un régimen político razonablemente asentado debe estar igualmente alejado de la sacralización y de la

burlería.

Un amigo de mi edad solía decir que nuestra generación ha sido la última en conservar respeto a sus

maestros. En un cierto sentido, el del antiguo concepto de «respetabilidad» estamental, probablemente

tenía razón. Mas los intelectuales necesitarán siempre, para seguir siéndolo, tener, en cuanto tales,

autoridad moral. Y lo mismo les ocurre a los políticos.

 

< Volver